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Gabriel Mamani: ‘Escribir es sobre todo observar, pensar y ordenar todo el caos’

El narrador  describe su proceso creativo como la obsesión que debe pasar la prueba del tiempo.

El escritor Gabriel Mamani Foto: Álvaro Valero

El escritor Gabriel Mamani Foto: Álvaro Valero

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda / La Paz

01:04 / 26 de septiembre de 2018

Contener la emoción inicial que puede motivar la escritura es el principal consejo que el escritor paceño Gabriel Mamani puede dar. Ese primer destello puede manifestarse superficial y solo el tiempo y la obsesión pueden mostrar su fertilidad, así lo considera el autor del cuento Por ahora soy el invierno, primer lugar del Concurso Municipal de Literatura Franz Tamayo 2018.

— ¿Cómo fue el proceso creativo de este cuento?

— No creo en la emoción de imaginar algo y escribirlo inmediatamente. A veces esa sensación es traicionera. Con el tiempo ese entusiasmo se va erosionando, sobre todo en este arte tan sensible de la escritura. Por eso la literatura se escribe primero en la cabeza. Al principio siempre busco pensar obsesivamente en el tema que me ha llamado la atención, durante un mes o incluso más, y si me sigue emocionando recién comienzo a escribir. Además, luego de ese tiempo ya he generado más imágenes y cuando me animo a contar, tengo varios elementos y no me quedo en blanco. Por ejemplo, en este cuento, el motivo del fuego incluso condiciona el tono de la narración, que es lento, como si mientras se lee, también se estuviera consumiendo.

Ahora escribo crónicas para periódicos y tengo ese conflicto, porque la escritura periodística te exige cierta rapidez y un sentido de la oportunidad. Los temas no pueden guardarse.

¿Qué temas toca el cuento?

— El cuento tiene que ver con dos cosas: un incendio que se produce en una ciudad y, al mismo tiempo, las reflexiones de una mujer sobre su relación de pareja, cuya pasión está diluyéndose. Mi idea fue unir una historia común —como es una relación que está terminando— con un evento social, como un incendio forestal. Lo que he tratado de construir es una intersección entre estos dos eventos. Me baso en algo que pasó en Bolivia hace unos años, en el incendio de la Serranía de Sama, cerca de la ciudad de Tarija. Estaba viviendo en Brasil y vi en internet una foto que mostraba la serranía incendiándose en la noche y el fuego mostraba algo así como una sonrisa con el fondo oscuro del bosque. Todo partió de ahí, fue una imagen  poderosa.

— ¿Cómo se relacionan ambos eventos?

— Ineludiblemente, a partir del fuego. Y después también del frío. La mujer monologa sobre una relación que se va enfriando y de ahí nace el título: Por ahora soy el invierno. La pasión y el amor siempre empiezan como algo que se incendia. Por lo que quería jugar con estas sensaciones. En algún punto, cerca del final, esas dos tramas se unen y es la esencia del cuento.

También quería reflexionar sobre cómo un evento tan general puede tener efectos en un individuo. Pienso que estamos viviendo una vuelta al individualismo. Nos hacen creer en la meritocracia, en que cada uno tiene el poder de hacer que sus sueños sean reales. Y nos olvidamos de que lo que nos rodea, ya sea a nivel político, sociológico o ambiental, nos afecta de algún modo. No quiere decir que el cuento tenga alguna lección de ecología, para nada, pero me gustaba ver ese impacto.

El calor que consume el bosque afecta a la mujer y esa relación, que se va congelando, de algún modo también puede afectar a la sociedad. Como dice el escritor argentino Ricardo Piglia: “Yo y mi país estábamos enfermos”. Eso es clave para pensar Bolivia, a mí mismo y a mi sociedad.

— ¿Qué detonadores tiene su escritura?

— Me gustan las imágenes. Escribir es sobre todo observar, pensar y después ordenar todo el caos. Las imágenes son básicas porque a partir de ahí se puede imaginar o encontrar cosas que otros no ven. Cuando estoy escribiendo crónicas me gusta observar a la gente a la que entrevisto, la forma en que sonríe, si tiene tics, las contradicciones a las que se mete. La labor del escritor, como decía Montaigne (ensayista francés), “no es más que darle a cada cosa la palabra justa”. Y encontrar esa palabra es un proceso que necesita de mucha atención a lo que quieres contar, de mucho amor.

— ¿Qué diferencia la escritura de crónicas de la de cuentos?

— Si bien las dos son narraciones, tienen reglas y estrategias diferentes. En el cuento la historia no está ahí, no hay de qué aprehenderse. Alison Spedding decía que le era más fácil escribir no ficción porque no tienes que buscar tanto, ya tienes la historia; en cambio en la literatura no sabes dónde está, ni siquiera sabes si está, si existe. En la crónica hay una base. Y si bien escribiendo ficción también se hace un trabajo de recolección de información, es más interna. 

En la crónica, lo que me gusta  —y el cuento no me da— es la relación que guarda con la realidad. Siento que intentar hablar de temas actuales o polémicos en un cuento es panfletario.

La crónica permite incorporar una visión, incluso política —oportuna y necesaria— y que no podría ser parte de un cuento. Puedes dejar clara tu posición y narrar a partir de ella, como dice el escritor argentino Martín Caparrós. También es un género en el que puedes detenerte en aspectos minúsculos y darle recursos estéticos, con los que se refrigera la noticia, para que pueda leerse en el futuro.

Pérfil:

Nombre: Gabriel Mamani Magne

Nació en: La Paz, 1988

El escritor paceño estudió Derecho en la Universidad Mayor de San Andrés y cursó una maestría en Literatura Comparada en Brasil, de donde volvió este año. En 2012 ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil, con la obra Tan cerca de la luna. Ahora da talleres de escritura y escribe crónicas en el periódico Página 7.  

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