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García Márquez, en sus palabras

Un repaso a los momentos más destacados de 'Vivir para contarla', el libro de memorias que Gabriel García Márquez publicó en 2002

La Razón (Edición Impresa) / Rosa Mora - periodista

00:00 / 20 de abril de 2014

A Gabriel García Márquez le faltaba un mes para cumplir los 23 años y vivía en Barranquilla, donde colaboraba en el diario El Heraldo, cuando su madre, Luisa Santiaga Márquez, le pidió que la acompañara a Aracataca para vender la casa de sus padres, el coronel Nicolás Márquez, Papeleo para sus nietos, y Tranquilina Iguarán. Gabo, o Gabito, como le llamaban familia y amigos, no tenía ni un centavo. Le pidió a su admirado Ramón Vinyes, “el viejo maestro y librero catalán”, que le prestara 10 pesos. Solo tenía seis y se los dio. Cuando se los devolvió, el viejo maestro se emocionó.

“Luisa Santiaga tenía 45 años. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta”, Cuenta García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla (2002).

La única manera de llegar a Aracataca desde Barranquilla “era una destartalada lancha a moto”, luego, un tren fantasmal. “Hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo”.

La familia había llegado a Aracataca 17 años antes del nacimiento de Gabo, “cuando empezaban las trapisondas de la United Fruit Company para hacerse con el monopolio del banano”. El abuelo había huido de Barrancas perseguido por el remordimiento: había matado a un hombre en un lance de honor. “Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlos. Desde que tuve uso de razón me di cuenta de la magnitud del peso que aquel drama tenía en nuestra casa, pero los pormenores se mantenían en la bruma”.

Allí, en la casa de Aracataca, nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927. “Debí llamarme Olegario, que era el santo del día, pero nadie tuvo a mano el santoral”. Así que le pusieron de urgencia el primer nombre de su padre (Gabriel Eligio). Durante mucho tiempo se creyó que había nacido el 6 de marzo de 1928 y se dijo que había elegido esa fecha porque en ese día ocurrió la terrible matanza de bananeros. “La única discrepancia entre los recuerdos de todos fue el número de muertos”. ¿Tres o 3.000? “Tantas versiones encontradas han sido la causa de mis recuerdos falsos”. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo recuerda para contarla mañana”.

Gabo aclara en sus memorias que falsificó la fecha de su nacimiento para eludir el servicio militar.

En esa época Gabo se debatía entre el deseo de sus padres de que estudiara una carrera académica, el periodismo que, en principio le atraía de una manera empírica y, sobre todo, su voluntad de ser escritor. Empezó a dibujar tiras cómicas antes de aprender a leer, pero cuando el abuelo Márquez le regaló un diccionario le despertó tal curiosidad que lo leía como una novela. Estudió bachillerato y dos años y unos meses de derecho. “Desde mis comienzos en el colegio gané fama de poeta, primero por la facilidad con que aprendía de memoria y recitaba a voz en cuello los poemas clásicos y románticos españoles”.

En el Liceo de Zipaquirá, le aconsejaron que se cortara sus bucles de poeta, impropios de un hombre serio, que se modelara el bigote de cepillo y que dejara de usar camisas de pájaros y flores. Lo hizo años después. Devoraba libros, los primeros, como El Conde de Montecristo o La isla del tesoro los sacaba de la biblioteca escolar. Luego los que le prestaron sus amigos: Borges, Graham Greene, Aldous Huxley, Chesterton, William Irish, Katherine Mansfield, Faulkener. Se le atragantaron Ulises y El Quijote, los leyó muy joven, y luego los recuperó. La metamorfosis de Kafka le reveló un camino nuevo.CARRERA. “La verdad, sin adornos, era que me faltaban la voluntad, la vocación, el orden, la plata y la ortografía para embarcarme en una carrera académica”. La ortografía fue su calvario: “Me costó mucho aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llamara eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así”. Recuerda en sus memorias el bochorno que sintió cuando en el Liceo de Zipaquirá escribió exhuberante o cuando su madre le devolvía las cartas con la ortografía corregida, incluso cuando ya era reconocido como escritor. Dice que sus benévolos correctores creían que se trataba de erratas.

Esta lucha le duró toda la vida. Muchos años después, en el I Congreso de la Lengua Española, en Zacatecas (México) pasmó a los asistentes con su combativa propuesta: “Jubilemos la ortografía: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota y pongamos más uso de razón en los acentos escritos”.

Empezó a fumar a los 15 años y llegó a las cuatro cajetillas diarias hasta que con el paso del tiempo, un médico en Barcelona le examinó los pulmones y le dijo que en dos o tres años no podría respirar. Lo dejó sin ansiedad, al momento.

Gabo se confiesa en Vivir para contarla, tímido, con miedo a la noche y la oscuridad, porque es cuando “se materializan todas las fantasías”. Tenía pavor al teléfono y al avión. Tanto así, que cuando tuvo que volar a Medellín para hacer un reportaje, le acompañó su amigo Álvaro Mutis.

Pasó muchas penurias, se alojó en pensiones de tres al cuarto, tuvo que empeñar la máquina de escribir que le habían regalado sus padres, pero todo en él transpiraba energía, alegría caribeña, entusiasmo, humor y pasión. Descubrió el sexo con apenas 13 años, fue como una explosión. Su padre, que tenía una botica homeopática, le envió a cobrar una factura en un burdel y una prostituta le hizo hombre sin cobrarle.

Conoció al amor de su vida, Mercedes Barcha, en un baile en Sucre organizado por Cayetano Gentile, vestida de organza. Casi en seguida le propuso casarse, pero ella le respondió: “Dice mi padre que aún no ha nacido el príncipe que se casará conmigo”, pero ese príncipe fue Gabo. Gentile es el Santiago Nasar de Crónica de una muerte anunciada. Cuando escribió la novela, su madre, Luisa Santiaga Márquez, le pidió que si tenía que escribir sobre él lo hiciera como si fuera su propio hijo. Le hizo caso.

La música fue otra de sus pasiones, como el cine. “Mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel”. En otra ocasión, cogió las maracas de un conjunto tropical y pasó más de una hora tocándolas y cantando boleros.

El viaje con su madre a Aracataca fue decisivo. “El modelo de epopeya como la que yo soñaba no podía ser otro que el de mi propia familia, que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo, sino testigo inútil y víctima de todo”. Saqueó los recuerdos de su familia. La huida de los abuelos de Barrancas. La historia de sus padres, Luisa Santiaga y Gabriel Eligio. La matanza de los bananeros en Aracataca. El asesinato en Bogotá de Jorge Eliécer Gaitán, candidato a la presidencia, el 9 de abril de 1948, que el escritor vivió en directo. Los liberales acosados. Todo esto está en las novelas de Gabriel García Márquez.

En un artículo, La casa de los Buendía. Apuntes para una novela, explica cómo decidió escribir Cien años de soledad: “Como lo que me contaba mi abuela”.

‘El deber revolucionario de un escritor es escribir bien’

El 22 de julio de 1967, poco antes de la publicación de ‘Cien años de soledad’, García Márquez le escribió esta carta a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza    en la que cuenta cómo arma sus ‘mamotretos’

Compadre:

Estoy tratando de contestar con estos párrafos, y sin ninguna modestia, a tu pregunta de cómo armo mis mamotretos. En realidad, Cien años de soledad fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande.

Desde entonces no dejé de pensar en ella, de tratar de verla mentalmente, de buscar la forma más eficaz de contarla, y puedo decirte que el primer párrafo no tiene una coma más ni una coma menos que el primer párrafo escrito hace veinte años. Saco de todo esto la conclusión que cuando uno tiene un asunto que lo persigue, se le va armando solo en la cabeza durante mucho tiempo, y el día que revienta hay que sentarse a la máquina, o se corre el riesgo de ahorcar a la esposa.

Lo más difícil es el primer párrafo. Pero antes de intentarlo, hay que conocer la historia tan bien como si fuera una novela que ya uno hubiera leído, y que es capaz de sintetizar en una cuartilla. No se me haría raro que se durara un año en el primer párrafo, y tres meses en el resto, porque el arranque te da a ti mismo la totalidad del tono, del estilo, y hasta de la posibilidad de calcular la longitud exacta del libro. Para el resto del trabajo no tengo que decirte nada, porque ya Hemingway lo dijo en los consejos más útiles que he recibido en mi vida: corta siempre hoy cuando sepas cómo vas a seguir mañana, no solo porque esto te permite seguir mañana, no solo porque eso te permite seguir pensando toda la noche en el principio del día siguiente, sino porque los atracones matinales son desmoralizadores, tóxicos y exasperantes, y parecen inventados por el diablo para que uno se arrepienta de lo que está haciendo. En cambio, los numerosos atracones que uno se encuentra a lo largo del camino, y que dan deseos de suicidarse, son algo así como ganarse la lotería sin comprar billete, porque obligan a profundizar en lo que se está haciendo, a buscar nuevos caminos, a examinar otra vez todo el conjunto, y casi siempre salen de ellos las mejores cosas del libro.

Lo que me dices de “mi disciplina de hierro” es un cumplido inmerecido. La verdad es que la disciplina te la da el propio tema. Si lo que estás haciendo te importa de veras, si crees en él, si estás convencido de que es una buena historia, no hay nada que te interese más en el mundo y te sientas a escribir porque es lo único que quieres hacer, aunque te esté esperando Sofía Loren. Para mí, esta es la clave definitiva para saber qué es lo que estoy haciendo: si me da flojera sentarme a escribir, es mejor olvidarse de eso y esperar a que aparezca una historia mejor. Así he tirado a la basura muchas cosas empezadas, inclusive casi 300 páginas de la novela del dictador, que ahora voy a empezar a escribir por otro lado, completa, y que estoy seguro de sacarla bien.

Yo creo que tú debes escribir la historia de las tías de Toca y todas las demás verdades que conoces. Por una parte, pensando en política, el deber revolucionario de un escritor es escribir bien. Por otra, la única posibilidad que se tiene de escribir bien es escribir las cosas que se han visto. Tengo muchos años de verte atorado con tus historias ajenas, pero entonces no sabía qué era lo que te pasaba, entre otras cosas porque yo andaba un poco en las mismas. Yo tenía atragantada esta historia donde las esteras vuelan, los muertos resucitan, los curas levitan tomando tazas de chocolate, las bobas suben al cielo en cuerpo y alma, los maricas se bañan en albercas de champaña, las muchachas aseguran a sus novios amarrándolos con un dogal de seda como si fueran perritos, y mil barbaridades más de esas que constituyen el verdadero mundo donde tú y yo nos criamos, y que es el único que conocemos, pero no podía contarlas, simplemente porque la literatura positiva, el arte comprometido, la novela como fusil para tumbar gobiernos, es una especie de aplanadora de tractor que no levanta una pluma a un centímetro del suelo. Y para colmo de vainas, ¡qué vaina!, tampoco tumba ningún gobierno. Lo único que permite subir una señora en cuerpo y alma es la buena poesía, que es precisamente el recurso del que disponían tus tías de Toca para hacerte creer, con una seriedad así de grande, que a tus hermanitas las traían las cigüeñas de París.

Yo creo por todo esto que mi primera tentativa acertada fue La hojarasca, y mi primera novela, Cien años de soledad. Entre las dos, el tiempo se me fue en encontrar un idioma que no era el nuestro, un idioma prestado, para tratar de conmover con la suerte de los desvalidos, o llamar la atención sobre la chambonería de los curas, y otras cosas que son verdaderas, pero que sinceramente no me interesan para mi literatura. No es completamente casual que cinco o seis escritores de distintos países latinoamericanos nos encontremos de pronto, ahora, escribiendo en cierto modo tomos separados de una misma novela, liberados de cinturones de castidad, de corsés doctrinarios, y atrapando al vuelo las verdades que nos andaban rondando, y a las cuales les teníamos miedo; por una parte, porque nos regañaban los camaradas, y por otra parte, porque los Gallegos, los Rivera, los Icaza, las habían manoseado mal y las habían malgastado y prostituido. Esas verdades, a las cuales vamos a entrar ahora de frente, y tú también, son el sentimentalismo, la truculencia, el melodramatismo, las supersticiones, la mojigatería, la retórica delirante, pero también la buena poesía y el sentido del humor que constituyen nuestra vida de todos los días.

Un gran abrazo, Gabo

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