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‘Genero’, lo existencial, lo político y lo artístico

Las razones del arte que no pueden ser escuchadas por quienes dicen razonar acerca de la ‘naturaleza’ del arte.

Escena. Diego Aramburo en la presentación de ‘Genero’, en el Centro Cultural de España.

Escena. Diego Aramburo en la presentación de ‘Genero’, en el Centro Cultural de España.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Van de Wyngard / Poeta y filósofo

00:00 / 09 de mayo de 2018

Cómo dar razón de lo inmensamente conmovedor de esta acción y del proyecto que la sostiene? Conmovedor por cuanto —con fecha “2 de mayo de 2018”— ha ocurrido un auténtico desgarro en la persona de un sujeto, en su vida y en la posición misma de la que este sujeto se ha dislocado para siempre. Algo ha muerto ante y entre nosotros… Conmovedor, además, puesto que ha ingresado en un proceso irreversible y de frente a lo incierto —en adelante, su definición existencial no será otra que “alguien en tránsito”, aunque en términos jurídicos, y para todos los efectos administrativos que se deduzcan de ello, será simplemente: “de sexo femenino”—. Más si contamos que, con este “proyecto/obra (procesual)” realizado en el nombre de sí, se realiza también una fisura a nombre de todos quienes ven allí una posibilidad de acción mutante colectiva, de mutación posible —ya se verá en qué sentido alquímica— para una subjetividad mayor que la meramente individual y, por ello, transversal. Se trata de una acción radicalmente incierta, dijimos, pues no se conocen de antemano las consecuencias del proceso, tanto internas como externas.

La fatalidad que ha decidido encarar es que quedará irremediable y radicalmente solo, como sujeto “en crisis”, ante los embates de una doble (o triple) indignación: la de quienes sienten estremecerse la “institución natural” de los géneros y la de quienes se sientes “naturalmente” propietarios de su cuestionamiento (y también de quienes, ni por una ni por otra militancia, sienten, pero aun más quisquillosamente, sienten ofendida la legitimidad de lo artístico, que dicen custodiar…).

Pongo el acento en que Diego Aramburo ha requerido conjugar a la vez, en esta decisión de obra, al menos tres dimensiones en una: la existencial, la política y la artística, sin concesiones con quienes quisieran que las unas no se vean comprometidas con las otras (o de que, en alguna de ellas, no haya sido suficientemente pulcro como correspondería al campo propio de su competencia). Me ocupo ahora solo de un sobrevuelo sobre esta triple dimensión, dejando para otra entrega un pormenor de lo que se ha querido jugar lúcidamente en cada una y de un modo entrelazado.

En la acción de desvestirse de los ropajes de hombre, puesta en escena por el bailarín que fungió de avatar suyo, retumbó la poderosa intención de des-investirse de los atributos masculinos, que toda la colosal acción aramburiana representa. Un des-investirse, tal vez, más que de un género, de la larga y cruel deformación que ha hecho de lo masculino un sitio políticamente intolerable (“yo ya no consigo soportar”, dice Aramburo, pensando en ya no llevar más el peso de la “angustia histórica” que “la normalización de un lenguaje” conduce forzosamente a “pensar y actuar de un modo tendencioso”).

Despojarse de estos investimentos ha sido un acto de radical abdicación, por parte de quien no puede hacer otra cosa que realizar sobre sí un proceso intransitivo de venir a declinar, expresa y voluntariamente, a los derechos y ventajas recibidos, y ceder en ello algo propio (una soberanía, una dignidad, un derecho, una potestad y/o una facultad), mientras aún se está en uso de los mismos (resuena esto sobre el fondo que ha sido la anterior obra poética de Mónica Velásquez, precisamente titulada Abdicar de lucidez, como significativo nombre de un oxímoron y de una posibilidad por hallarse). También podría tener el sentido de desheredarse o de desposeerse, en su propia persona, de lo que le ha sido entregado en posesión (tal como estaba contemplado, por ejemplo, en el Derecho Romano en relación con un hijo). Es un dimitir (al uso de un poder permanente), y no un mero renunciar (como si se hubiese tratado de una labor o puesto asignado y provisionalmente ocupado).

¿Cómo hacer esto, si no se está motivado (y justificado) por un asunto del deseo, de lo supuestamente erróneo de una categoría impuesta (que, mal que mal, los demás podrían, aunque a disgusto, finalmente comprender)? En primer lugar, ella (Aramburo) no puede sacarse el discurso que lleva inscrito en el adiestramiento de su figura masculina; entonces, solo le queda acentuarlo y llevarlo a su extremo: tomar la fuga que la nueva configuración de la ley le permite.

“Paradójicamente, tengo que ser más racional que nunca para ser capaz de enunciar, comprensiblemente, mi posición, lo que digo, lo que hago, y calmadamente”, voz del audio de la acción.

La parte II se publicará en el siguiente número de Tendencias.

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