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Casi un Gigoló

Ficha técnica - Título original: Fading Gigolo. Dirección: John Turturro. Guión: John Turturro. Fotografía: Marco Pontecorvo. Montaje: Simona Paggi. Diseño: Lester Cohen. Arte: Sarah Frank. Efectos: Dana Schechter, Glenn Allen. Música: Abraham Laboriel, Bill Maxwell. Producción: Bill Block,  James Debbs, Scott Ferguson, Paul Hanson. Intérpretes: John Turturro, Woody Allen, Vanessa Paradis, Liev Schreiber, Sharon Stone, Sofía Vergara, Tonya Pinkins, Jade Dixon, Aubrey Joseph, Dante Hoagland, Isaiah Clifton, Michael Badalucco, Aida Turturro, Allen Lewis, Rickman Teddy, Bergman Ness. EEUU/2014.

Casi un Gigoló

Casi un Gigoló

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 01 de junio de 2014

Para los directores —no muchos— que lo convocan —no muy a menudo—, John Turturro es un actor fiable según pudo constatarse hace ya buen rato en Haz lo correcto (Spike Lee, 1989), Barton Fink (Joel y Ethan Coen, 1991), Quiz Show (Robert Redford, 1994) y con menos destaque en los últimos años. Turturro ha probado asimismo fortuna como director en seis ocasiones, incluyendo ésta, Casi un gigoló, siempre con muy modesta repercusión crítica y de taquilla.

Pero ahí anda y tan menguado no debe ser su prestigio si en la oportunidad consiguió convencer a Woody Allen y Sharon Stone de ponerse en algunos de los roles principales. Allen, se sabe, no se siente muy a gusto actuando en película dirigidas por otros, prefiere siempre dirigirse sin intermediarios.

Digo esto pues resulta claro que su personaje ha sido siempre uno y el mismo sea quien fuese que estuviese a cargo de la realización e indistintamente del rol asignado. O mejor, cuando Woody accedió a ponerse a órdenes de otros, éstos debieron adecuar de entrada los papeles a ese personaje misógino, agobiado por las dudas, tímido con las mujeres, mordaz con el entorno, un intelectual neoyorkino de pies a cabeza en suma.  

El trato entonces —imagino— debe haber consistido en reincidir, aun cuando en la ficción el sujeto se llame Murray Schwarz. Y eso puede ser un convite para quienes continúan disfrutando del Woody de siempre, pero no será del gusto de aquellos a quienes les resulta excesivo semejante monocromatismo, vigente hace casi medio siglo en la filmografía de un grande que tal vez no supo poner punto final a tiempo.

Turturro, director, guionista e intérprete principal es Fiore, florista amigo de Murray-Allen, librero a punto de poner fin a su actividad. “Pensar que mi abuelo abrió esta librería, mi padre la agrandó y ahora a mí me toca cerrarla”, se lamenta en off mientras empaca los restos del naufragio.

Por casualidad se presume —en Casi un gigoló nada resulta demasiado claro— mientras andaba de consulta con su dermatóloga, Murray se entera que esta última anda en busca de candidato para un menage-a-trois. Resuelve entonces proponerle la aventura a Fiore. La idea es que el amigo florista asuma un desafío que por razones obvias el librero ya no se encuentra en condiciones de afrontar.

Ambos se beneficiarían con el asunto, Fiore por doble partida y Murray con parte de la generosa retribución que la dermatóloga ansiosa se encuentra predispuesta a oblar. Lo de la doble partida viene a cuento pues la proponente del juego-negocio es Sharon Stone, quien lleva muy bien los cincuenta y pico de años cumplidos.

Mejor todavía cuando la tercera en liza resulta ser la colombiana Sofía Vergara, un mujerón, si bien como actriz su desempeño resulta, por decir lo menos, lamentable.

Mientras la banda musical no para de sonar, alternando una que otra composición ad hoc pero mayormente conocidos momentos de jazz, aporte con seguridad  de Allen, conocido por su afición, poco a poco un gran enigma se fue instalando en el ánimo de este cronista.

Está bien que Sharon se encuentre bastante urgida de socorro para atender urgencias muy entendibles. Pero ¿y Turturro? Porque, la verdad sea dicha, el tipo no da el físico para arrasar de manera tan abrumadora con cuanta dama se le ponga, literalmente, enfrente.

Y es que amén de los servicios prestados a las apetecibles señoras del menage en cuestión, adicionalmente debe atender a Avigal una viuda, madre de seis hijos, judía ortodoxa que rehuye estrecharle la mano a un hombre para no caer en pecado y sin embargo entra inmediatamente en trance , en llanto en realidad, no bien Fiore la roza. La viuda está interpretada por Vanessa Paradis, significativamente menos opulenta que las otras protagonistas principales y sin embargo aureolada en los medios norteamericanos poco menos que como una diosa terrena, de aquellas que Playboy pone mensualmente a disposición de sus lectores.

De alguna manera, la distanciada resignación de Fiore en el cumplimiento de sus tareas, ejecutadas con la misma delicadeza con la cual manipula las flores, pudiera ser una pista posible para justificar el improbable encanto que ejerce sobre sus clientas, en todas las acepciones del término. Lo suyo es una suerte de abnegada de resignación al cumplimiento del deber, labor ejecutada con la impasividad de una esfinge.

GALERÍA. Otros personajes, no menos bizarros, completan la galería. Murray convive —¿está casado?, como mucha otras cosas en la película no se sabe bien— con una fornida afroamericana, madre de cuatro hijos, especialista en comida soul. Su presencia en la trama es otra incógnita, como lo es la del policía jasídico interpretado por Liev Schreiber, quien se encuentra perdidamente enamorado de Avigal, detesta por tanto a Fiore y se aprovecha de su autoridad para intentar impedir cualquier contravención religiosa tan “grave” como la relación sentimental entre aquella y el florista, de convicción religiosa desconocida.

Todo resulta ser, en el hilván de la trama, una adición de anécdotas y personajes que no suman a la contextura narrativa del asunto. Con gran esfuerzo, y una pizca de arbitrariedad, podría inferirse que Turturro se propuso hacer una comedia ligera mechada con apuntes a propósito de los dilemas de la madurez varonil, de la confluencia de vertientes raciales, culturales y religiosas en el cosmopolitismo neoyorkino o, hilando ya casi demasiado fino, a las connotaciones de la prostitución masculina en un entorno donde las soledades conviven con la indetenible agitación circundante.

Humorada minimalista, en definitiva, Casi un gigoló tiene a lo largo de buena parte de su discurrir la apariencia de un ejercicio arbitrario, cuyo tono zumbón se agota en la primera mitad del relato, con momentos agradables y otros francamente insostenibles. Si no termina en un fiasco mayúsculo es solo gracias a la levedad impresa por Turturro a su composición de Fiore, extensiva por lo demás a la de Allen, disfrutable, lo decía arriba, únicamente para sus seguidores incondicionales, y a la propia manera de tratamiento cinematográfico de un trabajo exento de pretensiones, que su propio autor no se toma nunca demasiado en serio ¡Faltaba más!

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