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Hablar para los ojos

La inmensa obra ‘Bolivia: lenguajes gráficos’ recorre la historia de la comunicación visual en tres lujosos tomos cargados con fotografías y textos de gran calidad.

Libro "Bolivia Lenguajes gráficos".

Libro "Bolivia Lenguajes gráficos".

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador / La Paz

10:29 / 14 de noviembre de 2016

El tema que aborda el libro Bolivia: Lenguajes gráficos resulta tan extenso y casi inabarcable que no se agota a pesar de que se le dedique una publicación excepcionalmente editada, de tres tomos, 1.200 páginas y más de 1.600 ilustraciones. Este proyecto de la Fundación Simón I. Patiño, que se presentará el 30 de noviembre, se puso en marcha hace tres años con la idea de cubrir una laguna en las investigaciones y publicaciones bolivianas sobre la historia de los lenguajes gráficos en el país. El tema sí se había tratado antes aunque parcialmente, con interesantes aportes sobre dibujo, escultura, arquitectura y otros campos, pero nunca con esta metodología global que, con una mirada multidisciplinar, abarca desde la pintura rupestre hasta el diseño industrial y encuentra claves explicativas comunes a todos ellos y otras que marcan interesantes diferencias.

“Con lenguaje gráfico nos referimos a algo que es como una lengua, porque comunica pero que está construido a base de estímulos visuales”, dice María Isabel Álvarez Plata, quien ha ejercido de editora del libro junto a Michela Pentimalli, Jaqueline Calatayud y Rodny Montoya, quienes además unen sus artículos a los de otros 15 especialistas que se han esforzado por ser accesibles al lector medio sin por ello perder profundidad en sus análisis. “La labor principal de este equipo fue identificar grandes temas y asignárselos a expertos en muchos campos, como comunicadores, historiadores, literatos, diseñadores gráficos… dejándoles mucha libertad de enfoque”, asegura Pentimalli.

Parte del mérito del libro consiste en hacernos ver que tenemos el lenguaje gráfico delante de nosotros todos los días pero que, precisamente por ser tan cotidiano, normalmente no llama nuestra atención. Así recibimos sus mensajes en todo momento pero no somos conscientes de ello. Buena parte de estas imágenes que nos rodean forman unos códigos visuales que siguen ciertas pautas, con lo que ofrecen muchas pistas sobre quiénes somos como sociedad. Y también sobre quiénes hemos sido, porque los autores han encontrado una buena cantidad de motivos que cambian más o menos pero que se repiten constantemente desde la prehistoria, que han ido pasando de lo indígena a lo colonial y lo mismo se ven en la cultura tiwanakota que en la señalética de los edificios modernos, en los carteles comerciales del centro de la ciudad, en los mapas antiguos o en las portadas de los libros y los CD.

Los capítulos no están ordenados cronológicamente sino que siguen un “principio de contigüidad por asociación de ideas”, en palabras de Pentimalli. Así se puede pasar de los kipus a la imagen empresarial porque ambas manifestaciones del lenguaje gráfico tienen unos puntos en común —como los soportes en los que se presentan— y que, en algunos casos, el libro resalta con las “variaciones”, que son unos textos gráficamente diferenciados que facilitan la transición de un tema al otro. De todas maneras, Pentimalli reconoce que el orden que han establecido es muy subjetivo, que podrían haberse decantado por otros que también hubiesen sido funcionales, y anima al lector a moverse libremente por las imágenes y los textos hasta encontrar el trayecto que a él le sea más útil. Porque Bolivia: Lenguajes gráficos espera llegar al lector en general, pero sobre todo pretende convertirse en una herramienta de trabajo para académicos, investigadores y estudiantes de historia, comunicación, antropología, artes gráficas u otros campos relacionados.

Buen ejemplo de esta incitación a investigar se encuentra en las páginas dedicadas a la escritura andina, que según las teorías tradicionales no existió antes de la Colonia pero que sí podría encontrarse en los ideogramas, parecidos a los egipcios, o en los conjuntos de piedras dispuestos en espiral que este libro muestra y comenta. “Estos espirales están en los museos de todo el mundo —en el libro mostramos unos de Berlín—, hoy se siguen viendo en el campo boliviano y tienen un valor incalculable. Por eso hay que estudiarlos mejor”, asegura Álvarez Plata. “Y pasa algo parecido con el arte rupestre, aquí la gente conoce las cuevas de Altamira pero nada de lo que tenemos en Bolivia, que es solo para especialistas. Por eso el libro también es importante, porque pone en valor lo que es propio del país, desde lo más formal hasta lo más popular”.

De una de estas expresiones gráficas modernas y populares se encarga el comunicador Sergio Calero, quien analiza la evolución de las carpetas de los discos de rock y otros géneros nacionales en las que se pueden encontrar auténticas joyas del diseño que cuentan mucho —tanto como la música que llevan dentro— sobre la situación del país en el momento que se editaron, sobre cómo adaptar las influencias artísticas llegadas del extranjero a la cultura boliviana y cómo ésta recuperó su valor después de haber estado mal vista durante siglos. Y los capítulos dedicados a la cartelería o a las portadas de libros demuestran, por ejemplo, cómo en el siglo XX los artistas de Bolivia tenían un conocimiento lo suficientemente profundo de las vanguardias artísticas europeas como para utilizar sus innovaciones. Estas obras de arte y los objetos gráficos a los que se refiere este libro se encuentran en museos de La Paz, Cochabamba, Sucre y Tarija, pero también en los mercados, y los muros por los que la mayoría de los ciudadanos pasan todos los días. Así, el material de estudio sigue siendo inmenso y ofrece la oportunidad de, a partir de los hallazgos de este libro, continuar indagando en la identidad gráfica boliviana.

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