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El Hegel de D’Hondt: LA DIALÉCTICA DE LA VIDA

El francés Jacques D’ Hondt revela el lado más humano del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel en su biografía.

El Hegel de D’Hondt

El Hegel de D’Hondt

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada - escritor

07:00 / 01 de agosto de 2018

Podría hacerse el lector de estas líneas la idea de un filósofo extremadamente racional —cuyo pensamiento sistematizó de manera casi matemática la historia y el devenir—, que encierre en su corazón sentimientos tan vulnerables y hasta nobles como los que puede encerrar el corazón de un santo cristiano? No lo creo. Tampoco lo pudo imaginar el que escribe esto, no hasta que leyó la biografía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel escrita por el profesor francés Jacques D’Hondt, cuyo título es sencillamente Hegel (Editorial Tusquets, Barcelona, 2002).

Hegel fue enterrado el 16 de octubre de 1831 en Berlín; el nutrido cortejo fúnebre, en el que había personas de todas las clases y condiciones de Prusia, seguía el féretro con los ojos llorosos porque estaba consciente de que acababa de perder a uno de sus grandes hombres.

Había nacido en Stuttgart 71 años atrás, en 1770. Hegel tuvo relevancia en distintos ámbitos, incluso en esferas públicas o estatales, a pesar de que éstas estuvieron siempre relacionadas con la filosofía. Apoyó la represión autoritaria y apostó por un Estado represor, pero si el mundo venera al filósofo germano no es por su incidencia en los asuntos gubernamentales (cosas al fin efímeras), sino por la sistematización definitiva de la historia: la elaboración del carácter dialéctico y revolucionario de todo proceso histórico.

¡Hablamos del autor de la Fenomenología del espíritu!, actualmente considerada, tanto por sus intérpretes cuanto por sus detractores, como una obra esencial del pensamiento universal. Pero tal libro tuvo un adverso destino en su tiempo. En principio no halló editor, y cuando lo halló, no encontró lectores capaces de entenderlo.

Como se dijo en el primer párrafo de esta recensión, la idea de un filósofo humano parecería en un principio casi descabellada. Todos creemos que en la mente de un pensador riguroso y cerebral, como en las de Kant, Marx, Sartre, Heidegger y Hegel, existen matemáticas en forma de palabras; todos creemos que en sus corazones solamente hay logaritmos en forma de pensamientos. Pero no es así. Hegel, o al menos el Hegel que nos presenta D’Hondt, es un humano muy humano (para hablar con el filósofo del Zaratustra y del Anticristo), una persona capaz de quedar despechado por una mujer no correspondida y de llorar a mares por la muerte de un ser querido; un hombre con deslices y aciertos.

Como muchos grandes del mundo, Friedrich Hegel nació en el seno de una familia de clase media para abajo, casi humilde. Hijo de un funcionario fiscal y contemporáneo de otros grandes del pensamiento y las artes como Hölderin, Beethoven, Schiller y Schelling, luchó desde su juventud por amalgamar una filosofía que explicase el devenir de los tiempos y el origen y el final de la historia universal. Podría decirse que es el teórico principal y fundador de la Historia como ciencia. Fue un romántico y se entusiasmó por los acontecimientos que originaron las espadas y los cañoneos de Napoleón. Tuvo relaciones con el joven filósofo francés Víctor Cousin.

Comenzó trabajando como un desconocido, como preceptor privado en Berna; leía obritas y novelas populares a la par que sendos tratados de filosofía y libros clásicos de los autores grecolatinos. Fue el autor de una filosofía historicista que en su tiempo era tomada como oscura y esotérica, muy inentendible como para ser cierta. Pero este hombre, el de los alambicamientos filosóficos más retorcidos, se enamoró varias veces, fue un soñador como los hombres más sencillos y asistió a fiestas y reuniones junto con amigos entrañables e igualmente intelectuales y buscadores de verdades aún ocultas para el mundo. Embarazó a una mujer de posición humilde y tuvo un hijo que no fue aceptado nunca por la sociedad, pero que, sin embargo, recibió un día la bendición de un capitán de las artes y el pensamiento: Johann von Goethe.

Al final de su vida —como Newton al final de la suya—, Hegel posa, no sin orgullo y altivez, para pintores y retratistas que lo inmortalizan en lienzos y mascarillas.

D’Hondt ha escrito mucho más que la biografía de un filósofo alemán. Ha compuesto la secuencia de una serie de elementos históricos y ambientales que hacen a un hombre: la historia como creadora del espíritu de una persona; ha descubierto la dialéctica no de la historia, sino de la vida de un hombre; ha indagado la manera de revisar un alma complejísima, tan compleja como las ideas que se remueven en el pensamiento de un filósofo griego. D’Hondt cumple con el objeto primordial del biógrafo, objetivo trazado cabalmente por el mismo Hegel: “El interés de la biografía parece ser lo más opuesto a un objetivo universal, pero tiene como trasfondo el mundo histórico con el que está entremezclado el individuo; hasta lo que es inicialmente subjetivo, lo humorístico, etcétera, remite a este contenido y realza este interés”.

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