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Historias Cruzadas

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Actrices. La película dirigida por Tate Taylor es un genuino festival de interpretaciones femeninas: Emma Stone, Viola Davis, Octavia Spences, Jessica Chastain...

Actrices. La película dirigida por Tate Taylor es un genuino festival de interpretaciones femeninas: Emma Stone, Viola Davis, Octavia Spences, Jessica Chastain...

La Razón / Pedro Susz K.

00:00 / 22 de enero de 2012

La industria comienza a “calentar” el ambiente previo al Oscar 2012 con la “oportuna” puesta en cartelera de los títulos que pintan para candidatos en distintas categorías, en varias de las cuales bien podría figurar Historias cruzadas contando, como lo hace, con todos los ingredientes que suelen atraer el voto de los miembros de la Academia: asunto trascendente (el racismo y la lucha por los derechos civiles); tratamiento apto para todo público (drama, emoción, lágrimas a raudal, gotitas de comedia); y un genuino festival de interpretaciones femeninas que aseguran al menos varias nominaciones, y eventualmente un par de estatuillas en el rubro.

Basada en la novela homónima (The Help es el título original de una y otra, sin parentesco alguno con la traducción libre al español) de la hasta entonces ignota novelista Kathryn Stockett, la trama se remonta a principios de los años 60 y se desplaza a Jackson, capital del estado de Misisipi, donde rige todavía el apartheid más ominoso y las relaciones raciales se restringen al de sirvientes con patrones, o, para el caso, entre señoras y criadas.

Si bien la data de los eventos contados tiene apenas medio siglo, es por momentos tan impensable cuanto la película muestra que perfectamente podríamos suponer estar en pleno siglo XVIII. Pues no, los Estados Unidos, paradigma de la “libertad” y de la “democracia” admitían en su territorio, en pleno siglo XX, prácticas inadmisibles no sólo en ese momento sino en cualquiera.

Mientras las señoras blancas juegan bridge, se desvelan por estar a la moda y matan el tiempo montando eventos benéficos en favor de los niños del África —a los negros conviene quererlos siempre y cuando se encuentren lejos—, las sirvientas negras hacen todo el trabajo, incluida la crianza de los niños blancos desatendidos por sus parientes biológicos atareados atendiendo un cúmulo de ridículas actividades sociales.

El conflicto dramático asume el mecanismo clásico: buenos contra malos, atravesando todas las líneas argumentales. Así la blanca mala, casi una caricatura de la mismísima Cruella de Vil, está personificada por Hilly Holbrook. Es una racista de cuerpo entero empeñada en convencer a sus amigas de la necesidad de impedir que las criadas negras usen el mismo inodoro de la familia, para evitar exponerla al riesgo de tenebrosas infecciones, cruzada a la que adicionalmente aporta una “iniciativa legislativa” orientada a prohibir que “la ayuda”, apelativo sofístico para la servidumbre, tenga acceso a los baños de las mansiones, obligando a sus dueños a construir retretes especiales y aislados.

En la vereda opuesta Eugenia

“Skeeter”, todo ojazos, sentimientos, simpatía y ganas de escapar a las convenciones del medio, acaba de concluir sus estudios de periodismo y de ser reclutada por el periódico local para hacerse cargo de la columna femenina. Pero como de los menesteres caseros lo ignora casi todo, se ve obligada a recurrir a los consejos de las sirvientas negras de sus amigas —la suya “propia”, a la cual quiere con la devoción debida a quien le dispensó todos los cuidados a lo largo de la niñez y la adolescencia dejó la casa mientras ella estudiaba, en un confuso episodio cuyos detalles son guardados celosamente en secreto.

De allí a interesarse por las historias personales de sus “asesoras” y a compilar los testimonios recogidos en un libro de ribetes escandalosos resta el paso necesario para que la trama encuentre su desenlace agridulce aunque más bien sesgado hacia el lado del estereotipado final feliz.

El contrapunto a ese dúo de personajes blancos, está condensado en las figuras de Aibeleen y May, sufridora en silencio la primera, locuaz y arriesgada la segunda, al punto de tomarse revancha de su prepotente ama —Hilly— haciéndole ingerir un apetitoso pastel elaborado en realidad con la materia prima de sus excrementos.

El tratamiento, extendido a lo largo de dos horas y pico, innecesariamente moroso en varios tramos y en otras tantas subtramas, que viene sustentado básicamente en el excelente desempeño histriónico de todo el elenco, con especial realce en el de las estupendas actrices negras, combina a mansalva fórmulas y clichés apuntados en línea directa a los lagrimales del respetable. Parecida en ello a sonados antecedentes como Conduciendo a la Srta. Daysi (Bruce Beresford, 1989), o, más lejanamente a El color púrpura (Steven Spielberg, 1985) aunque se esfuerza notoriamente por sortear algunas de las desmesuras de tono de aquellas y, por lo general, elude los golpes bajos para conmover con armas bastante nobles, no necesariamente creativas u originales. Entre otras con el protagonismo conferido a las mujeres, en un medio donde el racismo y el machismo andaban a la par, relegando a los varones a roles secundarios, bastante desairados, en la vida retratada quiero decir.

La contención de tono se traduce de igual manera en el cuidado para datar la historia en el tiempo de las convulsiones de la época Kennedy, con Martin Luther King predicando en favor de soluciones pacíficas al contencioso racial y Malcom X propugnando la salida por el desastre, marco temporal aludido mediante un par de apuntes, lo cual vis­­to el común estado de desinformación de la generación digital puede significar un handicap en contra de ésta, pero para la película es un proceder airoso en afán de sortear las tentaciones del didactismo postizo.

Hay quien entiende que la anécdota del pastel obsequiado por May a Hilly funciona involuntariamente como una metáfora extensible al grueso de la producción hollywoodense última y a su habilidad para empaquetar, en apetitosos envoltorios, rellenos de la peor estofa. Sin ser puntualmente aplicable a este digno esfuerzo de Tate Taylor —digno dista una enormidad de ser sinónimo de perfecto o cosa por el estilo—, no es una visión desacertada de las políticas de la gran industria. Basta si no ver los adelantos de los estrenos por venir.

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