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Ida Vitale: ‘No se usa la poesía para convencer’

La escritora uruguaya, de 92 años, recoge en Madrid el Premio Reina Sofía 

Ida  Vitale. Foto: Residencia de estudiantes

Ida Vitale. Foto: Residencia de estudiantes

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Ximénez - El País

00:00 / 30 de noviembre de 2015

La memoria de Ida Vitale llega muy lejos. Recuerda que de niña, en el salón de una casa en Montevideo, después de la cena se desplegaban los mapas sobre la mesa y su familia, de ascendencia italiana, seguía la guerra de España recreando los últimos avances que contaban los periódicos y la radio. Son recuerdos remotos de una persona de 92 años, intelectualmente robusta y con energía para despachar casi de noche una sesión de fotos y una hora de entrevista, y después seguir discutiendo con su marido, Enrique Fierro, sobre si los poetas sicilianos son, en general, los mejores de Italia. “Todavía mi límite es más físico que psicológico”.

La uruguaya Ida Vitale recogió la semana pasada en Madrid el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el máximo reconocimiento en su género. “Una sorpresa. Y un poco tarde. Tarde, no por otra cosa que por la edad, que complica un poco más la existencia”, decía hace un par de semanas en su casa de Austin (EEUU). “Siempre que ha habido un reconocimiento me ha parecido un exceso. Siempre es como un milagro. Uno se pregunta quién y por qué tuvo esa peregrina opinión”.

La biografía de Ida Vitale está marcada por una infancia en un entorno intelectual. “Mi casa era muy pedagógica, todos eran profesores. En casa había libros, sobre todo en italiano, que yo no entendía. Pero el libro era algo familiar. En una feria me regalé un ejemplar de Pinocho y Chapete, que era lo que me regalaban cuando era chica. Lo que más saqué en limpio de aquellos libros fue la combinación de ciertos colores que me encantaban. Un verde aceituna… quizá fue la primera vez que tuve conciencia de que un libro puede ser bonito”. Lo recuerda en contraste con el primer libro que tuvo, Las aventuras de Nils Holgersson, en una edición pequeña con fotos en blanco y negro y una letra diminuta “que hoy no sería aprobada ni para adultos”.

EXILIO. Años después, esa vida quedaría marcada por el exilio para huir de la dictadura de Uruguay (1973-1985). “Enrique dio una conferencia y ahí estaba un embajador de México que tenía muy claro lo que estaba pasando en Uruguay. A los dos días alguien llamó y preguntó: ‘¿Ustedes se van a México?’. Yo le pregunté de dónde sacaba eso y me dijo que se lo había dicho el embajador. Citó a Enrique y le explicó que le constaba que la cosa venía mal y que él podía sacarlo como becario”.

Vitale y Fierro llegaron a un México que para entonces ya había acogido a las víctimas de todas las desgracias del siglo hasta ese momento, desde los españoles hasta los chilenos. “México es el país más generoso del mundo. Fue llegar y encontrar trabajo. A la semana, estar traduciendo un libro. Un país tan rico y con tanta gente, cómo es de generoso en el plano intelectual”. Volvieron a Uruguay tras la dictadura, donde Fierro fue director de la Biblioteca Nacional. En 1989, de nuevo por el trabajo de él, se instalaron en este pequeño piso frente a la Universidad de Texas, en Austin. Lleva allí desde entonces, con un inglés muy rudimentario –“Aquí todos los que uno necesita hablan español”– y casi sin libros, porque la biblioteca de la universidad es monumental.

Shakespeare. Los recuerdos de México son la base de un libro que debía haber terminado hace dos meses, pero que sigue corrigiendo. “Es mi deuda de gratitud con México, con esos años. Dejar el país puede ser muy doloroso, pero yo empecé a encontrar unas posibilidades que antes no tenía”. El libro se titulará Shakespeare Palace. “Cuando llegamos fuimos a una casa ruinosa en la calle Shakespeare. El libro empieza con los personajes de esa casa, lo que fue un poco el principio”.

Vitale ha sido citada como una maestra de la concisión, autora de una poesía precisa como un telegrama donde no sobra ni una sola palabra. “En general, la corrección tiende a eliminar. El único método es desconfiar, revisar, volver…”. “No me preocupa la dimensión de los poemas como un problema en sí, sino la relación con lo que uno quiere decir. Si se puede decir en menos… Es la desconfianza lo que me lleva a reducir o a concentrar. Siempre hay más seguridad cuando las palabras son más precisas. Cuando uno utiliza muchas palabras rodeando la idea que es esencial, simplemente puede ser que uno no haya encontrado la palabra que lo concentra todo”.

Ese rechazo a las palabras de adorno no le distrae de la estética, que considera “la primera obligación de la poesía”. “No se usa la poesía para convencer a la gente de que tiene que dejar de ser analfabeta o que tiene que cumplir unos principios éticos. Hay muchas cosas importantes que no son tarea de la poesía. Yo admiré mucho a Neruda, que es un enorme poeta. Pero no sé si lo más interesante es su poesía política. Siempre pienso que nadie ha querido a través de la pintura convencer a nadie de que tiene que hacer tal o cual cosa. Entonces, ¿por qué le cargan a la poesía con esa responsabilidad? Quizá lo que más me gusta es la música porque no me encarrila hacia nada”.

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