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Jackie

Larraín entrega un ensayo sobre la dificultad de conciliar los sentimientos y la imagen pública en el que Portman se mimetiza en la esposa de Kennedy.

Imágenes del film Jackie

Imágenes del film Jackie Foto: zinemauneak.eus

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - Crítico de cine

00:00 / 26 de marzo de 2017

El de Primera dama, un título honorífico más bien ridículo si se piensa un poco, ha sido por lo general el modo elegido para nombrar a quienes esta sociedad de profundos y arraigados modales misóginos atribuye una función decorativa, de ornamentación de los por lo general sórdidos entresijos del poder, reservado al género opuesto.

En su tiempo Jacqueline Lee Bouvier, la cual —a pesar de lo sugerido por el apellido era hija de un corredor de bolsa y una ama de casa de Southampton— se convirtió en el modelo perfecto del rol recién señalado. Pero al mismo tiempo debió asumir, posiblemente a su pesar, un papel del todo opuesto cuando la tragedia desbarató de cuajo, en segundos apenas, planes y sueños. En esa instancia Jackie se sobrepuso al perfil que hasta entonces había elegido personificar, impregnándolo de una profunda ambigüedad.

Tal es la materia de este ensayo biográfico en buena medida atípico. Comenzando por el dato en principio llamativo de que fuese un director chileno el elegido por el productor Aronofsky para hacerse cargo del asunto que parecía cantado para un connacional de los Kennedy, y del propio Aronofsky. Pablo Larraín (Santiago, 1976) fue en su momento el realizador de la notable No (2012), a propósito del plebiscito perdido en 1988 por Augusto Pinochet y es asimismo autor de Neruda (2016), otro biopic atípico, apuntan los comentarios.

El mayor rasgo diferencial de Jackie es empero el tipo de aproximación al personaje elegido por Larraín. Dejando de lado la progresión dramática lineal y cronológica, al igual que la remisión a situaciones anecdóticas del pasado próximo o lejano para intentar explicar las reacciones sicológicas de ésta en el trance medular abordado por un relato que se focaliza en el desconsuelo y en las tensiones entre lo público y lo íntimo, tan propias por lo demás de las celebridades obligatoriamente desdobladas entre esos dos ámbitos. Por eso no hay mención alguna a la infancia o a la adolescencia de Jacqueline, ni tampoco a su futuro segundo matrimonio con el magnate Onassis.

La película, que se concentra en las 96 horas posteriores al asesinato de John F. Kennedy en Dallas el 4 de noviembre de 1964, pivotea sobre dos ejes. El primero: la visita guiada por la entonces todavía no demasiado popular Sra. Kennedy a la Casa Blanca para un especial televisivo emitido en 1962 por las cadenas CBS y NBC, con el supuesto propósito de mostrar los cambios en la decoración por ella propiciados. El otro: la entrevista que ésta ofreció en su casa de Massachussets al periodista Theodore White —aquí innombrado— pocos días después del evento que marcó la vida de la biografiada y, asimismo, el imaginario de una generación más allá de las fronteras de los Estados Unidos.

La elección de ambos momentos atiende justamente a la idea de contrastar las paradójicas facetas de Jacqueline. El del tour por la residencia oficial del presidente pone en evidencia su esfuerzo para construir una imagen glamorosa y distendida, insinuando que una ráfaga de aire fresco circulaba por los pasillos de aquella casa gracias a una nueva generación, la cual pronto adoptaría la moda camp indirectamente promocionada por ella al investir esa imagen suelta, poco avenida a las rigideces del protocolo y la tradición. Así de paso se distanciaba del papel de simple acompañante ornamental de su marido, reservándose el de la protagonista de un renovado modo de ejercicio del poder, desvestido del boato heredado.

Por su lado, la entrevista trae a colación a una mujer que enfrenta un momento especialmente trágico, con su mundo convertido en ruinas, lo que no le impide en absoluto prolongar, en otro registro, esa búsqueda de un lugar propio en medio del vendaval de la política.

Lo subrayan los múltiples flashbacks al momento del homicidio; a los eventos inmediatos que atiende cubierta con el mismo sombrero pill-box, al igual como con el traje Chanel rosa manchado de sangre y de los restos del cerebro de su marido desparramados por el disparo fatal; pero especialmente a su forcejeo con los servicios de inteligencia y con los principales colaboradores del extinto respecto al sepelio, que éstos aconsejaban reducir a un acto más bien modesto, contrastando con su obcecada exigencia de una ceremonia por todo lo alto, un espectáculo memorable en definitiva, como en efecto aconteció.

Aquella controversia entre bambalinas, pormenorizadamente abordada por el relato, ratifica la certera intuición de Jacqueline para la puesta en escena, un útil primordial de la política espectáculo, —como ya había evidenciado el tour por la Casa Blanca—, acento este último que permite comprender el motivo por el cual Larraín eligió focalizarlo sobre los dos episodios mencionados para intentar descifrar, desde un punto de vista personal, el temperamento de su protagonista.

Para no dejar duda alguna al respecto, en un momento se dice a sí misma con descarnada franqueza: “Parece como si lo hubiera hecho más para mí que para homenajear a Jack”, a propósito de aquel imponente cortejo fúnebre que la televisión se ocupó de afincar en la memoria de medio mundo.

El director, puso como condición innegociable para hacerse cargo del film que Natalie Portman aceptara ser la protagonista. Y acertó en la elección, no tanto por el parecido de la actriz con el personaje real, sino con el retrato que de éste dibuja la película sobre un compacto guion de Noah Oppenheim narrativamente puesto en imagen sin fiorituras formales, con un ritmo pausado, atento siempre al esfuerzo mimético de Portman —quien roza en algún momento la caricatura— pendiente del mínimo ademán, a cada réplica y a su entonación, sin fingir en absoluto aquella falsa objetividad simulada por infinidad de biografías rodadas bajo la cómoda coartada de anunciarse “basada en hechos reales”.

Larraín no rehúye la sordidez, pero sí la exaltación icónica, centrado en escarbar las dificultades para conciliar, el dolor, el duelo y la apostura, el sentimiento del fin súbito e irremisible de un momento existencial y la necesidad de ponerle fin con la elegancia impostada que se les exige a las figuras públicas más allá de sus propias flaquezas humanas, aun a riesgo de colocarlas en la antesala del desvarío ante la lógica, aplastante, incertidumbre de un porvenir no imaginado.

En definitiva Jackie, ya lo decíamos, elige parecerse al ensayo antes que a la crónica, y a esa opción responde de manera solvente con la adecuación entre el propósito y los recursos utilizados para alcanzarlo.

Ficha técnica

Título original:  Jackie

Dirección: Pablo Larraín

Guion: Noah Oppenheim

Fotografía: Stéphane Fontaine

Montaje: Sebastián Sepúlveda

Diseño: Jean Rabasse

Arte: Halina Gebarowicz, Mathieu Junot.

Efectos: Hank Atterbury, David Danesi.

Música:  Mica Levi

Producción: Darren Aronofsky, Martine Cassinelli.

Intérpretes:  Natalie Portman, Peter Sarsgaard,

Greta Gerwig, Billy Crudup,

John Hurt, Richard E. Grant,

Caspar Phillipson, John Carroll Lynch –

CHILE, FRANCIA, USA/2016

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