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James Salter, el novelista que regresó

El autor de la sutil y exquisita ‘Quemar los días’, que le otorgó una fama merecida pero tardía, fallece a los 90 años.

EVOLUCIÓN.  Siempre admirado por otros escritores, Salter supo transitar del mundo personal a horizontes más amplios. Foto: aspenpublicradio.org

EVOLUCIÓN. Siempre admirado por otros escritores, Salter supo transitar del mundo personal a horizontes más amplios. Foto: aspenpublicradio.org

La Razón (Edición Impresa) / Mateo Cardiel - EFE (Nueva York)

00:00 / 28 de junio de 2015

La muerte, que ya se había llevado hace muchos años a sus coetáneos Richard Yates o Jack Kerouac, esperó más por el escritor James Salter y le dejó durante décadas como casi único y resistente testigo de aquella evolución literaria de un mundo al que estos escritores sacaron del cascarón, con sus contradicciones, deseos y frustraciones renovadas.

Salter, nacido en 1925 y que murió este viernes en Sag Harbor (Nueva York), tal vez no fue la voz más punzante de su generación, pero sí fue la que más duró, la que dejó que el barniz del tiempo revalorizara poco a poco una obra que, jalonada de grandes títulos como Años Luz o Juego y distracción, quedó un tanto en el olvido hasta que al fin resurgió en 2013 gracias a un vigoroso y reconocido canto de cisne, Todo lo que hay.

El tiempo era, quizá, el principal protagonista de su obra. Su paso inexorable sobre los principios, las pulsiones, los afectos y las verdades de sus personajes, a los que siempre muestra atrapados entre el impulso visceral y la responsabilidad moral. Constantemente en la cuerda floja, vacilando entre la libertad y el egoísmo.

Juventud. “Tiendo a pensar que todo el mundo es tan mayor como yo, que todos saben lo que yo sé, y eso evidentemente no es verdad. La gente tiene ganas de charlar conmigo y son muy amables por hacer el esfuerzo, pero en el fondo no saben de lo que les estoy hablando. Eso es lo que me hace notar que soy viejo, y lo que hace sorprenderme de que todavía me sienta joven”, decía Salter al presentar su última novela, en abril del año pasado.

“Estamos tan influenciados por la gente que nos rodea, sobre lo que esperan que seas, que se enmaraña todavía más la perspectiva sobre tu identidad. Al final, todo se reduce a preguntarte si estás satisfecho”, decía. Parece que él lo había logrado. En los últimos días, se describía así: “plácido y satisfecho, pero todavía con inquietudes”.

Su vida, no en vano, era en buena medida como la de sus personajes: llena de capítulos. Y éstos eran complementarios y coherentes algunas veces y otras, paradójicos. Nacido con el nombre de James Arnold Horowitz, a los 20 años se graduó en la academia militar de West Point, donde se formó como piloto de caza. Se alistó como voluntario en la guerra de Corea y allí sirvió en más de un centenar de misiones de combate en una intensa carrera militar de 12 años que al final cambió por la máquina de escribir.

Su primera novela supuso la transición de un mundo a otro: The Hunters, en la que hablaba sobre su experiencia bélica. Fue entonces cuando decidió cambiar su nombre al de James Salter. Después de esto tomó la decisión de levantarse del diván y empezó a escribir historias menos autobiográficas, tanto en guiones para el cine como en la literatura. Pero a pesar de conseguir retratos magistrales de las vidas largas, no recibió el premio PEN/Faulkner hasta que en 1988 publicó la colección de relatos Anochecer.

Siempre le quedó, eso sí, la facilidad para usar las palabras con la precisión de su mejor disparo, pues no en vano su prosa fue calificada por muchos críticos como de le mot juste (la palabra exacta), en la que se identificaban entre sus claros referentes nombres tan importantes y distintos como Ernest Hemingway, Henry Miller, André Gide y Tom Wolfe. Y actuó a su vez como influencia para Richard Ford, entre otros.

SEXO. Salter se ganó —hasta una edad ya avanzada— una merecida fama de mujeriego tan empedernido que a veces se le confundió con un misógino por reivindicar que, en su época, el sexo era otra cosa. “Soy una persona con un fuerte impulso sexual, pero reconozco que las nuevas generaciones tienen que lidiar con un tipo de mujer que a mí me intimidaría, mucho más preparada y desafiante”, aseguraba.

Casado en dos ocasiones y padre cinco veces, su vida y su emotividad vivieron un momento crítico cuando la muerte sorprendió a una de sus hijas, una herida que, dijo, “no se cura nunca”. Pero Salter consiguió disfrutar de la paz en los últimos años de su vida, en su casa en una zona rural de Nueva York, donde vivía con su segunda mujer, Kay Elderedge, y al fin recibía reconocimiento, la merecida cosecha de tan larga carrera.

ENERGÍA. Se quedó en la categoría de candidato al premio Pen Malamud de historia corta en 2012 pero fue galardonado en 2013 con el premio Windham Campbell y, en 2014, figuró como candidato al Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Durante aquellos años en los que escribía sin voluntad alguna de publicar paseaba mucho y, cuando concedía alguna entrevista, se encargaba de recoger él mismo en coche al periodista. “La vida corriente no tiene por qué significar menos energía. La energía no tiene por qué estar en lo extraordinario”, aseguraba en su acogedor salón, sin dejar de reconocer que, a pesar de que él se siguiera sintiéndose joven, “con la edad la poesía desaparece, se pierde la capacidad para la sorpresa y el asombro”.

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