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Jardiel Poncela, sesenta años

Literatura. Un perfil con aire de homenaje del escritor, dramaturgo y gran humorista español . Cuando un pobre come merluza, es que uno de los dos está muy mal”. Así veía el mundo Enrique Jardiel Poncela, de cuya muerte se cumplieron ayer sesenta años. Se definía como “un hombre feo, bajito y verdoso”. Se autodedicó una de sus novelas con la frase “A E.J.P, mi peor enemigo”. Su lema era: “El artista, como las cometas, sólo toma altura con el viento en contra”.

Jardiel.“Hombre feo, bajito y verdoso”.

Jardiel.“Hombre feo, bajito y verdoso”. Foto: Internet

La Razón / Marcos Ordóñez, crítico

00:00 / 19 de febrero de 2012

Adorado y detestado, censurado por ambos lados, por la derecha y por la izquierda, jovial y amarguísimo, su personalidad humana y literaria es una de las más complejas y difíciles de atrapar de toda la historia de las letras españolas. Jardiel fue una contradicción ambulante. Tenía fama de señorito porque le gustaba vivir bien, pero siempre trabajó como un forzado: cuatro novelas —Amor se escribe sin hache, Espérame en Siberia, vida mía, Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? y La tournée de Dios (1932)—, más de treinta comedias, varios guiones, libros de viajes, miles de artículos y relatos cortos. Fue director, escenógrafo y productor de sus propias obras. Fue un gigante de metro cincuenta.

Para aguantar el ritmo que se había impuesto bebía litros de café negro y se drogaba con centraminas, que le reventaron la cabeza. Si leemos Agua, aceite y gasolina o Blanca por fuera, Rosa por dentro pensaremos que era vomitivamente machista, y tendremos razón. Pero si leemos El sexo débil ha hecho gimnasia, pensaremos que es la más contundente proclama feminista de la posguerra, y también tendremos razón. Era racista y defensor de la raza negra: El amor sólo dura dos mil metros se cierra, insólitamente, con un poema reivindicativo de Lanston Hughes.

En sus novelas y comedias encontramos lo mejor y lo peor de su carácter: altísimos vuelos de un humorismo vanguardista y art déco, alternando con zafiedades ideológicas y concesiones psicologistas para retener al público en la sala. Sus prólogos, vehementes hasta la paranoia, son el testimonio más vivo y apasionado de la intrahistoria del teatro español, desde la década de los 30 hasta los años 50.

El franquismo, que tanto defendió, no le salió a cuenta. Sus novelas, escritas antes de la guerra, fueron prohibidas por inmorales (por eso dejó de escribir narrativa). Sus comedias, acusadas de frívolas e incomprensibles, cuando no de heréticas (Cuatro corazones con freno y marcha atrás) tuvieron innumerables tropiezos. Ganó fortunas que perdió en casinos, en viajes, y en su propia compañía teatral. Se enfrentó a una crítica cerril y a un público adocenado y conformista. “El autor que no es artista —decía— se dirige al público existente; el autor que es realmente artista tiene que hacerse con un público que no existe aún”. Ésa fue su poética y ése fue su calvario.

Jardiel murió el 18 de febrero de 1952, enfermo, agotado y loco. Alfonso Sastre escribió: “Era un poderoso islote de talento e ingenio en continua y heroica pugna con la mediocridad ambiental; una lucha desigual, salvaje, que acabó destruyéndole”.

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