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Jojo Rabitt: la comedia como arte mayor

Taika Waititi dirige esta película candidata a cinco premios Oscar.

Jojo Rabitt está en un campamento para niños nazis

Jojo Rabitt está en un campamento para niños nazis Foto: cdn.hipertextual.com.jpg

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Molina - periodista

00:00 / 29 de enero de 2020

Una metáfora es una figura retórica, es decir, un instrumento de expresión que permite referirse a una cosa o un concepto mentando otra cosa u otro concepto, a fin de descubrir aspectos de los primeros que, de otra manera, quedarían escondidos. Estamos ante una operación de sustitución: se dice “agua” por “lluvia”, se emplea “diente” en lugar de “apetito”, etc. Las posibles relaciones entre el sustituto y lo sustituido son muy diversas; de ahí la riqueza infinita de la metáfora, que es la del lenguaje mismo.

Una de estas relaciones es la contradictoria o irónica: primero, un hecho o un concepto ordinarios están en la mente del público; segundo, el ironista los refiere de una manera que discrepa con esta representación promedio y, por esto, sorprende y causa perplejidad.

Normalmente, este procedimiento tiene un “efecto cómico”, el cual fue definido por Henri Bergson como un desajuste entre un determinado acontecimiento y el marco en el que este debiera acontecer, que está prefijado en la mente del observador. Por ejemplo, en el marco de los hábitos y las creencias del siglo XVII y los siguientes, que los sucesivos lectores han de considerar “la realidad”, Don Quijote repite las acciones de los caballeros andantes, las cuales corresponden con un tiempo muy anterior. En esta discrepancia, y en las variaciones a las que da lugar (un bacín se usa como yelmo) reside la comicidad de la novela de Cervantes.

Las comedias funcionan sobre la base de estas metáforas o desajustes irónicos entre lo que se cuenta (que es conocido por el lector o el espectador) y la forma inusual que esto mismo adquiere en la narración. Ahora bien, cuando resulta que el referente son unos hechos terribles y dolorosos —la guerra, el asesinato, la muerte—, entonces estamos ante una clase particular de comedia, el género de la “comedia negra”.

Con lo cual llegamos —¡al fin!— al tema de este artículo, que no es otro que Jojo Rabitt, la comedia negra del escritor, director y actor neozelandés Taika Waititi, candidata al Oscar a la mejor película de 2019. Waititi, también nominado al Oscar al mejor guion adaptado, es conocido entre nosotros por haber revivido la franquicia de Thor —que aburría mortalmente— con su graciosa secuela Thor Ragnarok.

Jojo Rabitt es una metáfora irónica sobre el fascismo (por tanto, tiene una particular actualidad para los bolivianos). Relata temas que todos conocemos: la situación de Alemania bajo Hitler, un poco antes del final de la Segunda Guerra Mundial, así como la adhesión fanática a las ideas racistas y totalitarias. Y lo hace en un tono y desde una perspectiva “desajustados” y, por tanto, capaces de provocarnos risa.

El visor descentrado a través del cual observamos el horror es una pareja dispareja (un recurso cómico recurrente): Jojo, interpretado por Roman Griffin, es un niño de 10 años que se considera a sí mismo nazi, que tiene como amigo imaginario a… Hitler, y que, al mismo tiempo, no es capaz de matar ni a un conejo (y por eso lo apodan despectivamente “Rabbit”). Su madre (Scarlett Johansson, nominada al Oscar por la faena) es una luchadora antifascista que aloja clandestinamente a una judía en su casa y cuenta los días para que se consuma la derrota de Alemania en la guerra.

En muchos pasajes, la película es muy graciosa e incluso hilarante. Pero también es más que eso. Para explicar este aserto voy a recurrir nuevamente a Bergson, que en su estudio sobre la risa diferencia entre efectos cómicos superficiales y profundos. Lo hace de la siguiente manera: un hombre distraído va caminando y, zas, cae a un pozo; se produce un efecto cómico superficial o mecánico. En cambio, si el hombre cae en el pozo porque andaba tras una estrella, produce un efecto cómico de mayor calado. Dicho de otra manera: el humor puede ser simple humor, pero el mejor tiene una facultad alegórica, lo que significa que alude asuntos serios de un modo simbólico peculiar, que resulta imposible de lograr por otros medios. La alegoría humorística es desacralizadora: rebaja y revela al mismo tiempo.

Jojo está en un campamento para niños nazis, donde se habla de los judíos como si se tratara de personajes fantásticos: tienen cuernos, tienen cola, pero al mismo tiempo, contradictoriamente, nadie sabe cómo reconocerlos. Un oficial de las SS (Sam Rockwell) coincide: “Es verdad, si no se ponen esos sombreros graciosos, me confundo”.

Continuando con Bergson, recordemos que, según este filósofo francés, el humor no apela a la emoción, sino a la “inteligencia pura”. Incluso cuando reímos porque alguien se echa un pedo, obra en nosotros un mecanismo intelectual, el cual nos permite visualizar un estereotipo. Si en cambio visualizáramos al apestoso como individuo, nos identificaríamos con él y no podríamos reírnos. De ahí que desde Aristóteles se considere a la comedia un juego mental, inapropiado para tratar temas elevados y, en suma, un arte menor.

Las mejores comedias no se limitan a provocar risa, ese puro producto de la inteligencia. Saltan del nivel metafórico en la que están planteadas a la realidad a la que este alude, y si la realidad es melancólica, se tornan melancólicas (las mejores películas de Charles Chaplín, por ejemplo); y si terrible, terribles, etc. No puedo referir detalladamente en qué consisten estos saltos en Jojo Rabbit, ya que serían spoilers, pero puedo decir que la grandeza de este filme consiste precisamente en su habilidad de pasar con acierto, sin estridencias ni traspiés, de la alegoría humorística a la descripción dramática. Gracias ello, gracias a la perfección de sus transiciones, podemos terminar su visionado entre lágrimas... Tocados en la cabeza y tocados, al mismo tiempo, en el corazón.

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