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José Óvejero ‘La ficción es fundamental para vivir...’

Es un escritor prolífico, pero también crítico y reflexivo sobre su propia obra y sobre la literatura en general

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 13 de julio de 2014

José Ovejero (1958) es un madrileño que pasa muy poco tiempo en Madrid. Viaja. Viaja mucho y escribe. Escribe cuentos, novelas, libros de viaje, poemas, ensayos… Y en todos los géneros su obra es reconocida. La invención del amor ganó el Premio Internacional de Novela Alfaguara en 2013. Un año antes, en 2012, La ética de la crueldad recibió el Premio Anagrama de Ensayo. China para hipocondriacos le significó el Premio Grandes Viajeros en 1998. Al parecer siempre fue así, su primer libro de poemas —y también el primero en su extensa bibliografía—, Biografía de un explorador, ganó el Premio Ciudad de Irún en 1993. Pero aunque “disfruta la soledad y le encanta escribir”, también que le gustan otras actividades que le ponen en contacto con la gente “de verdad”. “Vivir con mis personajes está muy bien —dice— pero no solo se trata de vivir con las palabras y los personajes”. Por eso cuando no escribe le gusta dar conferencias o conducir talleres de escritura. Así, estuvo en Cochabamba para participar en el Octavo Encuentro de Escritores Iberoamericanos realizado entre el 2 y el 5 de julio. Y luego en La Paz a principios de esta semana para dar un taller de escritura en el Centro Cultural de España en La Paz.

— Usted es un escritor que se mueve entre varios géneros. ¿Por qué? ¿Qué le permite variar de escritura?

— Yo no he tomado la decisión voluntaria de escribir en distintos géneros. Es más bien el reflejo de un interés, de un gusto por la experimentación y de algo que tiene que ver, quizás, con el origen de mi escritura. La escritura no como un lugar al que escaparse del mundo, no como una negación de la vida, hay autores que dicen que la literatura es más importante que la vida. No, la literatura es parte de la vida y lo que hace es enriquecerla, ampliar tus horizontes y ponerte en contacto con otras sensaciones. Siempre he tenido la sensación de que la vida es demasiado estrecha y que la literatura me la ensancha. Entonces, escribir diversos géneros es un deseo de abarcar al máximo, de buscar todo lo que pueda encontrar.

— En esa variedad, empecemos por La invención del amor. Un personaje, Samuel, lleva una vida aparentemente tranquila y segura. Pero un azar, una llamada equivocada que le anuncia la muerte de alguien a quien él no conoce, Clara, lo echa a un camino sin retorno: el de inventarse una vida y una historia de amor, le da la posibilidad de salir de su mundo… ¿Qué clase de historia es esa?

— La verdad, yo no suelo saber por qué hago las cosas. Se me ocurren. Se me ocurre, por ejemplo, la posibilidad de que a alguien lo llamen en la madrugada y que le digan: Clara ha muerto. Pero él no conoce a ninguna Clara. Eso es una historia. ¿Por qué? No tengo la más remota idea. Entonces me pongo a escribir a ver qué pasa. Lo que sí me doy cuenta es que la novela tiene que ver con el azar, pero no es una novela sobre cómo el azar cambia nuestras vidas, sino cómo la cambiamos nosotros. El azar está en la llamada, pero ese azar podría ser absolutamente inocuo si Samuel habría hecho lo que haría todo el mundo, decir: Te has equivocado de número. Está el azar, pero la decisión es de Samuel. Esa decisión le lleva a otros lugares, a vivir otra vida. Y quizás por eso hace lo que hace, porque él se miente, como nos mentimos todos. Se dice que está bien, pero no está bien del todo, necesita un poco de pasión, un poco de vértigo. No se atreve a reconocerlo, pero empieza a encontrarlo con esa suplantación.

— La novela parecería decirnos que vivir es también inventar e inventarnos, que vivir es contar y contarnos. Un personaje dice que leemos novelas para sumar vidas a nuestras vidas.

— La ficción es fundamental para vivir. Sin ficciones no saldríamos de nuestra casa, no nos levantaríamos de la cama si no tuviésemos la imaginación de algo, de un sitio al que podemos llegar, de algo que puede pasar. Para vivir tenemos que inventar, tenemos que engañarnos. Eso me permite hablar en la novela del enamoramiento, de cómo el enamoramiento es una ficción que nos permite, sin embargo, llegar a sentimientos reales. Y hablar de la literatura, porque es una novela, aunque no lo parezca, sobre cómo la creación, la imaginación de seres que no existen —Clara no existe— nos permiten llegar a nuestras propias necesidades, a nuestros deseos, a nuestras frustraciones.

— El mundo que se retrata en la novela es un mundo sin entusiasmo, sin grandes riesgos, un mundo un poco triste, desesperanzado.

— La novela está escrita en el contexto del Madrid de estos años, de la España de estos años y, por tanto, también de la crisis del desencanto. Hoy día no creemos en las grandes ideologías, casi nadie cree en verdad en la transformación del mundo. Hemos llegado a unas vidas en las que lo mejor que te puede pasar es que no te pase nada. Pero eso supone una pérdida enorme de pasión, de  esperanza, de ilusión. La ciudad que retrato es una ciudad un poco así, el Samuel que retrato es alguien así.

— En la novela se dice que el enemigo mayor de la felicidad no es el dolor sino el miedo…

— Parece que uno de los grandes objetivos de nuestras sociedades es darnos seguridad. No es darnos la felicidad, sino que estemos seguros. Que nuestros barrios sean seguros, que las calles sean seguras, que no nos pueda pasar nada. Eso lleva un componente de miedo que es paralizador. Y es algo de lo que también habla esta novela. No solo Samuel sino también Karina (la hermana de Clara) son personajes fascinados por Clara. Porque ella se atrevió y ellos no.  Puede que le haya salido mal, pero ellos se dan cuenta que la decisión de Clara fue la correcta.

— Pasemos al ensayo. El tema de Ética de la crueldad es complejo. La propia palabra nos instaura en un territorio que preferimos ignorar. Huimos de ella, parecería o quisiéramos creer que la civilización es la negación de la crueldad. ¿Cómo es posible una ética de la crueldad?

— Hay dos niveles en la crueldad. Uno es la crueldad que se realiza en el mundo real, con seres vivos. Yo no creo que la civilización sea la eliminación de la crueldad, lo que hace la civilización es ocultarla. No creo que seamos menos crueles, con los animales por ejemplo. Me puedo comer un pollo con buena conciencia porque no veo cómo lo tratan, no veo las descargas eléctricas a los cerdos. Lo que hace la civilización es diluir las responsabilidades. Pero de lo que yo hablo en el libro no es de ese tipo de crueldad, sino de la crueldad en el arte y de su función. Hay una función de la crueldad que es puramente espectacular, la crueldad que nos divierte, como las películas de Tarantino. Pero es una crueldad que no me interesa artísticamente, me parece demasiado banal, en el fono es como decirle al espectador: Te voy a dar exactamente lo que quieres. Y a mí no me gustan los artistas que le dan al espectador lo que quiere. Lo que yo quiero son artistas que le den al espectador lo que no quiere. Y ahí entramos a la ética de la crueldad. Yo creo que hay autores crueles, que lo que hacen es sacudir al espectador, poner en tela de juicio sus valores y confrontarle con sus deseos ocultos, con sus pulsiones más oscuras. Y creo que esa crueldad tiene un valor ético en el sentido que lo que hace es, de alguna manera, posibilitar un cambio, toda vez que no somos conscientes de toda esa parte oscura que llevamos todos.

— Con esa visión estudia a autores muy diversos...

— Hay una serie de autores crueles que no son banales, que no son espectaculares sino que tienen un programa moral. Y a muy distintos niveles. Goerges Bataille con la sexualidad, Elfriede Jelinek mostrando el horror que puede ser la familia, las opresiones y represiones que hay en ella; Cormac McCarthy con Meridiano de sangre parece decir: Queréis épica de Estados Unidos, pues os voy a dar épica. Esa es la historia de Estados Unidos: sangre, avaricia y brutalidad. Y así. Mucha gente me dice que no pueden leerlo. No lo puedes leer, les digo, pero vas a ver a Tarantino. Aceptamos otro tipo de violencia pero no esa que de verdad nos hace pensar, que nos pone en tela de juicio. Los libros que de verdad son importantes son los que de alguna manera nos transforman. Y algunos autores lo consiguen, no te dejan indiferente. Te hacen sentir cosas que no querrías sentir, pero al mismo tiempo te hace consciente de ellas.

— Entre los autores que estudia está el uruguayo Juan Carlos Onetti. ¿Por qué?

— La crueldad no solo es aquello que sucede con violencia física, hay una violencia psicológica. A mí me parece que los autores crueles en un sentido psicológico son aquellos que ponen en tela de juicio nuestras creencias, los que desmontan nuestras seguridades. ¿Qué hace Onetti en El astillero? Lo que en El astillero te está diciendo una y otra vez es que no hay esperanza, no te engañes, no hay esperanza. Todo es mentira. Me parece fascinante esa especie de persecución consecuente de la negación, de la negación de estos artilugios a los que nos aferramos y que son en la inmensa mayoría falsos. ¿Por qué el era un autor así? Para mí el problema de Onetti que no es capaz de ver que la ficción y la invención también tienen una parte positiva. Onetti lo destruye todo, me parece un autor tremendamente cruel en ese sentido.

— Cerremos hablando de la poesía. En Nueva guía del museo del Prado escribe poemas sobre pinturas, es una suerte de traducción del lenguaje visual al lenguaje escrito.

— Ese libro tiene mucho que ver con las cosas que vengo pensando en los últimos años. La literatura que realmente me interesa es la que intenta mirar detrás de la fachada de las cosas, la que intenta ver aquello que no se nos cuenta, aquello que no queremos ver. En la Nueva guía del Museo del Prado más que contar lo que estoy viendo en el cuadro intento contar es lo que el cuadro no cuenta, incluso, lo que el propio museo  no cuenta. Eso es lo que hago con los cuadros. Hay uno que es el fusilamiento del general Torrijos, un cuadro histórico, heroico, enorme. Yo me di cuenta que en la parte baja hay una mano sobre la tierra de alguien que han fusilado pero que no es parte  de la historia. Entonces yo me pregunto quién es esa persona, ese muerto anónimo. Más que reproducir o intentar contar con palabras lo que veo, estoy intentando contar lo que no veo. Al final del libro hay un poema en el que hablo con los pintores del Prado y les pregunto dónde están los judíos torturados por la Inquisición, dónde los moriscos expulsados de España, dónde están las mujeres violadas, todo eso que no está en la historia oficial, eso que no entra en un museo.

— Es una visión severa de la historia y de sus representaciones, pero ante Santo Tomás usted se inclina…

— Pues sí, ante Santo Tomás me inclino. Es justo el santo que hace aquello que no se debe hacer, es el único al que no le basta la fe, el que lo que quiere hacer es tocar, hurgar en la herida. Ante Santo Tomás me inclino…

La incredulidad de Santo Tomás

(Stom, Matthias)José OvejeroPorque sabes que la carne engaña menos que la voz    bienaventurado;porque necesitas hurgar en la herida,tocar el cuerpo para saber que es cuerpo    bienaventurado;porque no te basta la palabra de ningún diosbienaventurado;porque humildemente alargas la mano, palpas,hueles, examinas,antes de asentir con la cabezabienaventurado;porque no temes al ridículo de quien desciendea los detalles,bienaventurado.Patrono de los incrédulos,de los que dudan,de los que fruncen el ceño,de los que desconfían de milagros y apoteosis,Tomás, eres el único santoante el que me inclino.Del libro Nueva guía del Museo del Prado. 

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