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Juan Pérez (Rulfo para el mundo)

México celebra los 100 años del nacimiento de un escritor irrepetible, que eligió un nombre tan contundente como sus novelas.

El escritor mexicano Juan Rulfo. Foto: Ricardo Salazar

El escritor mexicano Juan Rulfo. Foto: Ricardo Salazar

La Razón (Edición Impresa) / Alfonso Gumucio Dragon /Director de cine

00:00 / 11 de junio de 2017

Qué habría sucedido si el joven becario del Centro de Escritores hubiese firmado sus primeros textos literarios con el apellido de su padre? ¿Las palabras que componen un nombre definen de algún modo la percepción que se tiene de una persona? No lo sé, pero sí me parece que el nombre Juan Rulfo le va mejor que Juan Pérez al nombre Pedro Páramo, el protagonista de la extraordinaria novela del mexicano.

Rulfo, como todos le conocemos ahora, escogió el segundo apellido de su padre y no el primero. De no haber sido así los dos clásicos de la literatura contemporánea de México, Pedro Páramo (novela) y El llano en llamas (cuentos) se hubieran publicado como obras de quien en sus primeros resúmenes biográficos —escritos a mano con lápiz o mecanografiados por él mismo— se autoidentificaba como Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, hijo de Juan Nepomuceno Pérez Rulfo y de María Vizcaíno Arias.

La elección de llamarse Juan Rulfo no es casual. Nótese la contundencia de los títulos de sus dos libros emblemáticos: la sonoridad y el ritmo de Pedro Páramo, donde la “p” explota en los labios dos veces, o el llanto sugerido por la “ll” reiterada en El llano en llamas. Rulfo era tan cuidadoso con cada palabra que labraba que probablemente pensó detenidamente su nom de plume mientras escribía sus primeros relatos. Lo mismo podría decirse de su firma. He encontrado por lo menos siete firmas diferentes en documentos rubricados por él, pero no como si estuviera buscando una identidad sino más bien la que le convenía estéticamente. ¿Cómo hacía para cobrar los cheques de su beca?

Ahora que se cumple el centenario del nacimiento de Rulfo su país se acuerda de él con homenajes y reconocimientos. Es como si los dos breves libros que publicó desplegaran alas en un alto vuelo o multiplicaran sus reflejos como los cristales de color en el interior de un caleidoscopio. A 31 años de su muerte quizás estaría sorprendido de tanta alharaca: 100 actividades a lo largo del año.

Se publican o reeditan biografías, como Noticias sobre Juan Rulfo, de Alberto Vital, o estudios sobre su obra como Ladridos, astros, agonías, de Víctor Jiménez, y se traducen sus libros a más idiomas, como al náhuatl. En México abundan conferencias, coloquios, debates, ciclos de cine con películas inspiradas en su obra o producciones en las que participó.

La Fundación Rulfo conserva los negativos de las 6.000 fotografías que tomó, algunas de ellas exhibidas en una gran exposición en Puebla, mientras en una muestra en la Biblioteca Nacional en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se exhiben los retratos que hizo de Rulfo su amigo Ricardo Salazar —originario también de Jalisco—, muy poco difundidos. Cautiva la belleza de estas fotos, que ratifican esa expresión entre melancólica y aburrida del escritor. La muestra incluye también otras fotografías en las que se le ve con sus colegas del Centro Mexicano de Escritores, como Alí Chumacero, Ricardo Garibay y Juan José Arreola.

En las vitrinas colocadas a puertas de la silenciosa sala de lectura de la biblioteca se exhiben documentos originales: cartas firmadas por Rulfo, los primeros esbozos de su biografía que él presentaba como becario o para acompañar la publicación de sus primeros relatos, y los primeros manuscritos y textos mecanografiados del relato Los murmullos: 330 páginas que se convertirían en las 130 de la novela Pedro Páramo.

Tanto homenaje no está exento de controversia. Se han producido varios desacuerdos entre los herederos de Rulfo y las instituciones que le rinden homenaje. En algunos casos, con el celo de quienes heredan sin mérito propio lo que otro produjo, la Fundación Rulfo se ha negado a coauspiciar ciertas actividades. Y hay una historia detrás de todo esto: Rulfo consideraba que en México, su propio país, se lo “ninguneaba” (verbo típicamente mexicano, por algo será). Esto se lo dijo a René Zavaleta cuando coincidieron casualmente en el departamento que Rulfo alquilaba a Enrique Arnal y Nina Tamayo en Ciudad de México.

En ese mismo departamento conocí a Rulfo un día que fui a visitar a Nina y Quico, hacia 1982. Pasé a la sala y allí, sentado en un sillón de espaldas al ventanal con un cigarrillo entre los dedos, estaba alguien cuyo rostro era inconfundible: Juan Rulfo. Le estreché la mano y luego de unas pocas palabras quedé tan callado como él, por respeto a esa forma que tenía de estar por el mundo con una sencillez que apabullaba, como si quisiera ser invisible. Hablamos del Instituto Nacional Indigenista (INI) donde él trabajaba desde hacía mucho. Casualmente yo estaba haciendo una consultoría para el Instituto Interamericano Indigenista (III) que dirigía Óscar Arze Quintanilla.

Probablemente Rulfo estaba allí para recoger su alquiler. Esa fue la única vez que estuve con él. Lo recuerdo como un hombre taciturno, de pocas palabras, no muy entusiasta a la hora de hablar con alguien, metido quizás en un mundo imaginario en el que se refugiaba para aislarse del mundo rudo que lo rodeaba.

Probablemente otros bolivianos conocieron también personalmente a Rulfo en congresos internacionales y tal vez tuvieron conversaciones más extensas con él. Su temperamento me recordaba mucho al de Óscar Cerruto: la misma obsesión por corregir una y otra vez los textos incluso después de publicados; el mismo perfeccionismo frente a cada frase, cada palabra y cada signo ortográfico; la misma capacidad de síntesis para decir más con menos y conservar solo lo esencial sin acudir a más recurso que la precisión y la belleza del lenguaje.

Ahora, décadas más tarde, he tenido la oportunidad de estar en Ciudad de México el martes 16 de mayo, cuando se cumplieron 100 años del nacimiento del gran escritor mexicano, que se hizo gigante parándose sobre dos libros de escasas páginas, donde cada frase está labrada para que no le sobre ni le falte nada.

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