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Juan Ramón Jiménez por dentro

Más de medio siglo después de la muerte del poeta se publica por fin su autobiografía 'Vida', que se asemeja a un laberinto

La Razón (Edición Impresa) / Andrés Trapiello - El País

00:00 / 23 de marzo de 2014

Juan Ramón Jiménez fue uno de los hombres más desdichados y atormentados de su tiempo, habiendo sido también uno de los más grandes. Acaso por eso fue el escritor más combatido y parodiado de todos. “Más calumniado”, dirá él. No creo que ningún otro poeta viviera durante casi 60 años, desde sus 18, sacudido por ataques tan continuados de pánico, excusados en dolores físicos que lo mismo lo levantaban al vértice de la locura que lo hundían en la desesperación y la misantropía. Un verdadero infierno para un enfermo no siempre imaginario. Tanto como su obra, conmueve su vida, y anonada. Y pese a su extraña enfermedad, o precisamente por ella, escribiendo sin desmayo miles de páginas: poemas, aforismos, retratos, críticas, prosas, ensayos, recuerdos, cartas, conferencias, cuentos… y la mayor parte de ello de primer orden, con mil registros distintos, desde la lírica más exaltada hasta la sátira. “El martirio de escribir”, lo llamará. Nadie trabajó tanto como él, ni los grandes galeotes de la literatura. ¿Cuál fue, pues, la fórmula, cómo pudo entonces hacer posible que una obra tan colosal como esa cupiese en una vida tan rota como la suya? Yo creo que pudo ser esta: “No os toquéis en el dolor”. La historia de este dolor ve ahora la luz: “Si yo estuviera sano, sería uno de los hombres más grandes del mundo… ¡Ah, si supierais los gérmenes decididos a estallar que llevo dentro! ¡Si yo pudiera emplear mi vida entera en mi pensamiento! ¡Si mi salud igualara a mi voluntad, al ansia de saber, al afán de viajar, de obrar, de aniquilar, de construir!”, confesará. VIDA. Fue éste uno de sus libros más largamente acariciado y pensado, y otro más de los que truncó su muerte. Le importaba mucho, porque iba a ser la historia de su vida, pero también la de su voluntad: “Me he propuesto que sea, por encima de todo, honrado, exacto y justo”, dirá en uno de los prólogos, y después de decirnos que hace ya mucho que no se desnuda en público leyendo, confiesa: “Hoy me deshueso ante ustedes. Verán ustedes huesos escritos”. Tras muchos títulos provisionales, tituló este verdadero testamento vital y poético de una forma sencilla: Vida. Iban a ser mil páginas, y en quinientas se ha quedado en este primer tomo, muchas inéditas. Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881-Puerto Rico, 1958) conocía la importancia de su obra, y por ello sabía que su vida no podía dejarla en manos extrañas. Empezó a pensar en este libro hacia 1928: recuerdos, fragmentos de obras anteriores que hacían referencia a cosas de su vida pasada, cartas suyas y de otros, aforismos biográficos, poemas que le dedicaron, polémicas de los periódicos, sueños, genealogías estéticas, políticas y morales, retratos de amigos, familia, enemigos, conocidos y saludados, en fin: el siglo. Porque, y pese a ser un retraído, no hay ningún poeta español que conociera a tantas gentes ni hubo nadie que, pudiendo, no quisiera conocerlo a él. De la suma de todo eso, algo en verdad de locos, papelitos, carpetas, recortes, cajas, quedó este collage. Todo puesto en primer plano, como un presente sucesivo. Porque JRJ no creía mucho en la historia. Decía: la poesía es presente o no es. Y la vida, lo mismo: “Escribir poesía es aprender ‘a llegar’ a no escribirla, a ser, después de la escritura, poeta antes que escritura, poema en poeta, poeta verdadero en inmanencia consciente”. Todo esto lo cuentan Mercedes Juliá y María de los Ángeles Sanz Manzano en el estudio introductorio, y en los cientos de notas, documentadísimas, que vienen a completar los textos de JRJ. Porque de lo que estamos hablando es de un mosaico del que se han perdido o no se llegaron a escribir muchos fragmentos, pero del que existen otros mil que sus editoras han tratado de ordenar de una manera paciente y respetuosa con la posible voluntad del poeta. Claro que de vivir el poeta este libro no sería así (detestaba las notas, la filología en sus propios libros), pero eso no quiere decir que aquel libro difiriera mucho de éste: en los dos casos se parecería mucho a un pequeño laberinto. Desde luego la intención de JRJ con este libro era, en parte, hablar de sus orígenes, de su familia, de su vida, pero también de sus razones morales, para deshacer en lo posible la leyenda negra que lo persiguió desde muy joven: el sambenito de la cursilería que le colgaron no se sabe muy bien por qué, acaso porque fue un hombre pulcro, un editor exquisito y una persona de conducta recta; el baldón de su excentricidad e intransigencia para con sus contemporáneos (el tiempo le ha dado la razón casi siempre); o lo que se tenían por extravagancias de conducta (su intolerancia al ruido o al humo del cigarro, el trato expeditivo a los pesados, su higiene desaforada, a pesar de terminar diciendo aquello tan gracioso, “a todo se llega, he aprendido a ser sucio, y me parece bien”). ESPAÑOL. Y él, que tan grandes “caricaturas líricas” nos dejó (tuvo ojo de águila, y como crítico literario, un lince), no quiso dejarse fuera del fresco que pintó: “He sido niño, mujer y hombre; amo el orden en lo exterior y la inquietud en el espíritu; creo que hay dos cosas corrosivas: la sensualidad y la impaciencia; no fumo, no bebo vino, odio el café y los toros, la religión y el militarismo, el acordeón y la pena de muerte; sé que he venido para hacer versos; no gusto de números; admiro a los filósofos, a los pintores, a los músicos, a los poetas; y, en fin, tengo mi frente en su idea y mi corazón en su sentimiento”. Es decir, poco español. Esta Vida, es, además, como no podía ser de otro modo, muchas vidas, y JRJ, está atento a lo que los demás veían en él: “Me lo dijo Rubén Darío el primer día que me vio: ‘Usted va por dentro’. ‘Dentro’, esto es para mí lo moderno y universal, porque español, para mí, era ‘lo fuera’. Luego he visto que el ‘dentro’ estaba también en la poesía popular española”. Y el ir por dentro hizo de él el poeta que conocemos, uno de los líricos más extremados y versátiles, capaz a un tiempo de la conmovedora epopeya rural de Platero y yo o del desgarrado Animal de fondo, pero también ese inadaptado al teatro social que acabó teniendo mil pendencias literarias, siempre que le dejaba en paz la lamentable hipocondría que le obligaba a vivir cerca de una casa de socorro. A pesar de lo sincopado del collage, el lector hallará aquí textos clave y sobre todo la “melodía-juanramón”, en la que reconocerá la probidad de alguien cuyo principal defecto fue acaso exigir a los demás lo que se exigía a sí mismo, recordándonos que todo empezó, para bien y para mal, aquel día en que su padre, ya arruinado, murió de forma súbita, siendo él un adolescente. “Yo vivía una doble vida, la de mi vida y la de mi muerte”, dirá de aquellos días. Creyó volverse loco. Lo mandaron a un sanatorio francés, el primero de los muchos por los que pasó a lo largo de su vida, volvió, lo recogieron en otro sanatorio, lo protegieron los hombres de la Institución Libre de Enseñanza, que vieron en él un diamante puro. Se tuvo que volver al pueblo (ni toleraba la vida de la bohemia madrileña ni tenía dinero para vivir con su decoro), pero cuando volvió a Madrid siete u ocho años después, traía en la maleta libros que asombrarían a todos (entre ellos el Platero, que Francisco Giner tenía en su mesilla la noche que murió) y el deseo de construir su vida conforme a una idea que por entonces empezó a cristalizar en un lema (“a la inmensa minoría” […] “Siempre que yo he dicho ‘minoría’ he pensado particularmente en el pueblo. Mi minoría es ‘inmensa minoría’, no se olvide”) y una enseña (el perejil con el que coronaban a los héroes en Esparta, frente al laurel ateniense). Y entonces, 1913, conoció a Zenobia. Un antes y un después en su vida. Esta Vida suya es imposible leerla sin tener presentes, desde luego, las largas conversaciones que mantuvo durante años con Juan Guerrero Ruiz (Juan Ramón de viva voz) o las que ya en el exilio reflejó Ricardo Gullón en otro libro conversado o el interesantísimo Por obra del instante (recoge cuantas entrevistas y retratos y semblanzas se escribieron de JRJ a lo largo de su vida) pero esta Vida y la vida de JRJ, decíamos, no se entenderían ya sin el admirable Epistolario del propio JRJ, y, sobre todo, los Diarios y el Epistolario de Zenobia Camprubí, el “monumento de amor” que quiso devolverle ella a él (y no debemos olvidar aquella dedicatoria que pensaba poner JRJ al frente de su obra, muerta ya Zenobia: “A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”), tras toda una existencia juntos “en la salud y en la enfermedad, en el dolor y en la alegría, en la vida y en la muerte”.

Y esto es esta Vida, rota como la de aquellos que decidieron “ir por dentro”: “Bien está el robo de mi trabajo de toda la vida, la ingratitud y la calumnia, el honor de la lista negra, la pérdida ‘oficial’ de la ciudadanía; bien estaría el ‘entierro’ en mi tierra de España. Pero ¡a qué precio! el destierro de mi lengua de España […] No lo puedo soportar porque ‘desterrado’ no tengo lenguas mías alrededor, no soy nadie, estoy más muerto que muerto, estoy perdido”, dirá casi al final, perdido tras la muerte de Zenobia (octubre de 1956) y después de veinte años de un exilio que le llegó ya viejo, solo y más enfermo que nunca.

Fragmentos de una autobiografía

Juan Ramón Jiménez

Putas. Mis amigos solían ir en Huelva, en Sevilla, en Madrid, a las casas de putas. La vida de Sevilla tenía en su diario ese nocturno. Yo no sentía la menor emoción por aquellas muchachas más o menos jóvenes, rubias o morenas, que me besaban y me preguntaban cuándo iría a verlas. Porque yo estaba fascinado por unos ojos verdes de la hermana de un amigo, el brazo mate de la tiple italiana, la ecuyere del circo. Todo lo imposible o lo improbable.

Caí algunas veces por no ser menos ante ellas y ello, ante ellos con ellas y ellas con ellos. Yo pensaba y creía que todas aquellas muchachas tenían una sensibilidad secreta que nadie había tocado.

Y si, por acompañar a mis amigos, iba, buscaba la muchacha más triste, más delicada y hablaba con ella de su casa, de su pueblo, de su vida. Algunas me dieron, en la sombra, un beso amigo, cariñoso, desinteresado.

(…) Lo escabroso (y ciertos amores) aún anteriores a 1916, lo escribiré pero no lo publicaré ahora sino póstumamente. Respeto a Zenobia.

El místico y los pícaros. Yo no iba a casas de putas, no decía “carajo”, “coño”, palabras gordas, como dicen los “hombres”, no andaba “necesariamente”, con toreros ni cupletistas.

En vista de esto yo estorbaba a los pícaros, yo era, decían, un místico, y decidieron que ellos eran los “hombres” y yo una señorita, una niña, Miss Poesía, etc. Y para ponerse ellos en su sitio, lo intentaron todo, caricatura soez, copla baja, para echarme abajo lo mío. Les di ejemplo de dignidad y se reían. Por eso Salinas, Guillén, (Lorca), Alberti y —¡ay!— Bergamín se volvieron y volvieron a los otros contra mí.

Los más hipócritas de ellos decidieron que yo era un puritano, peor todavía que un místico. La cuestión era, como en el nazismo, justificar su conveniencia; y decidieron que la picaresca era más española. Y todos juntos ya, se pasaron, lugar de su vocación y su destino, a la picaresca.

Ellos querían vitorear. En realidad estaban haciendo conmigo una farsa de solución. Yo representaba “el espíritu”, decían, y claro, conmigo no se podía contar para “ciertas cosas” con que ellos necesitaban contar y recontar.

El martirio de escribir. 30 años de mis 45 los he pasado en el martirio de escribir, con la voluptuosa exactitud que en cada edad me ha exigido mi más o menos activa conciencia, mis sentimientos, fantasías y pensamientos —como si no hubiera sido bastante y más, para mí, el egoísmo de poseerlos plenamente, y como si la poesía escrita le importase a alguien.

La vida. Es frecuente que los que escriben sobre mí, digo, contra mí, me echen en cara que no he vivido. Recuerdo las líneas de Stendhal en Roma: “Un día hermoso he visto la puesta de sol desde San Pedro”, etc. Pues cosas así son las que yo hago a diario: amo a una mujer, salgo a la naturaleza, campo, mar, jardín, plaza, ando por las calles, leo, veo pinturas, oigo música, viajo lo que puedo y sé que puedo estar solo cuando quiero. No voy a cafés, toros o prostitutas no por (…), sino porque no me gustan. Si X prefiere el café a la música, yo prefiero el (…) a la casa de putas. ¿Esa es la vida?Se dice que X ha vivido. Conozco su vida. Se levanta, no se lava, desayuna, se va a dar un paseo camino de su clase, se va al café (tres horas), una puta, cenar y dormir, no se lava.

Estoy contento del trabajo de mi vida. Estoy contento del trabajo de mi vida y creo que, al fin, conmigo, tiene España un poeta completo que puede unir a los universales. A ver, ahora, cuántos siglos pasarán antes de que venga otro español a ponerse a mi lado. Esto no es orgullo. Es gozo. No soy yo quien me jacto por mí; sino yo que he castigado, sacrificado, exaltado, al otro yo que ha realizado tal obra. Y, ahora, muerte, ven por mis huesos. Ahora, siglos, venid contra mi Poesía.

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