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Juan conitzer, el elogio al borrador

Reproducimos un extracto de la introducción del libro ‘Escritos completos’ de Jaun Conitzer, recién publicado por la editorial La Mariposa Mundial

Artes. Varios cuadros que el propio autor pintó en su taller de Mallasa ilustran esta edición de la obra literaria de Conitzer.

Artes. Varios cuadros que el propio autor pintó en su taller de Mallasa ilustran esta edición de la obra literaria de Conitzer.

La Razón (Edición Impresa) / Rodolfo Ortiz - editor

00:00 / 13 de septiembre de 2015

No es casual que Conitzer se autonombre como un “papelerista”, en el amplio sentido del término, y con “estilito akarapi”, según calificó la invención de su Taller de Mallasa. El título feliz de su último libro corrobora y amplía esta idea. Un “estilito akarapi” estaría ligado, en este sentido, a un proceso de reciclamiento de restos dispersos siempre en basural, siempre más allá de los parámetros de lo estético.

La expresión del título, ¡Como esté! es más un elogio al primer borrador, que una búsqueda de perfección y belleza al interior del proceso composicional de una obra. ¡Como esté!, el libro en este caso, es la conciencia de un oficio que se interrumpe donde el “papelerista” dice lo que tiene que decir: “¡Este negocio es de Dios, yo solo trabajo aquí!”.

Esta frase, fruto de una intervención manuscrita del autor luego de la impresión de su libro, da cuenta precisamente de una dinámica que interrumpe e invierte la ruta común de un borrador hacia su hipotética versión final. El “papelerista” hace su trabajo y aquello que en principio concluye es lo que finalmente cuenta, pero aquello que cuenta puede ser algo todavía no hecho y que llegará como un adjunto siempre posible para ser reciclado en una versión nunca final.

Conitzer enfatiza, además, lo hace en una entrevista el año 1995, que el proceso de reconstrucción de los escombros “es un aprovechamiento y una transformación de los elementos existenciales (...). Si un hombre está con su pareja y un niño, es que en la vida del artista ha aparecido un hijo”. Para este recolector polifónico todo arte estriba en saber ensamblar los escombros de la realidad, en lograr “abrir un orificio y alumbrar las fuentes de la actividad cotidiana”.

En tal sentido, la obra para Conitzer es siempre un primer borrador, como Cuaderno borrador, su primer libro; y todo aquello que prolongaría este genio inicial son versiones, traslapes, correcciones muchas veces de un “original” que incluso es reinventado por sus más cercanos lectores.

Me atrevería a conjeturar que en los escritos de este generoso “papelerista” las intervenciones recibidas son más bien inter-versiones que reordenan el material de una manera básicamente inversa, es decir, que no miran hacia un texto final, sino que asumen su dependencia radical a un primer borrador, que es el que Conitzer da “¡como esté!”. La sutil discriminación de tales intervenciones, inter-versiones y al cabo inversiones, fue aquello que, entonces, permitió una reorganización de su archivo y, en tal sentido, aquello que orientó mis intervenciones como editor.

Pero el archivo de Juan Conitzer fue algo que también se reconstruyó dentro de un proceso similar al anterior. El archivo era un germen disperso sin inter-versión. Los dos primeros libros de Conitzer, Cuaderno borrador y Alba: mar de pescadores, fueron publicaciones incluidas en obras colectivas; una revista, una antología, prácticamente inhallables. Las otras seis publicaciones, desde Y Francisco pasó a la leyenda a ¡Como esté!, fueron libros fabricados en casa, y como alguna vez escribí, publicaciones que circularon apenas más allá del jardín. El estudio minucioso de estos ocho libros me reveló un circuito fascinante hecho de cruces, transformaciones, expansiones, reescrituras, ensamblajes, que finalmente me señalaban un pasaje hacia el corazón del taller de escritura donde Juan Conitzer había fraguado su mundo. Este taller, reensamblado según tales derroteros, se transformó finalmente en el archivo desde el cual cada libro revivía en una nueva constelación.

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