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Julio Barriga, el subterráneo

El autor de ‘El hombre que amaba a Amy Winehouse’ se sumerge por temporadas para mantener su embarcación a flote

Julio Barriga. Foto: Edmundo Bejarano

Julio Barriga. Foto: Edmundo Bejarano

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Luna - periodista

00:00 / 04 de octubre de 2015

No basta con escribir autobiográficamente y relatar episodios de alcohol y vagabundeo para ser Charles Bukowski, y probablemente Julio Barriga no haya querido en momento alguno compararse con él porque tiene suficiente mundo interior como para alzar su propio vuelo. Para quien aun así los confunda, habrá que precisar que Bukowski traza el plano del outsider, mientras que Barriga traza otro plano, que es el del subterráneo.

En El hombre que amaba a Amy Winehouse Barriga incluye un texto que sobresale entre los otros por su profundidad: “Amigos y abismos”. El lector encontrará en él nuevas pistas para entender al autor y leer su obra cada vez más redonda. Tratando de explicar el funcionamiento de su maquinaria vital, Barriga nos hace ver que su asunto consiste en sumergirse por temporadas para asegurar que su embarcación se mantenga a flote. Porque Barriga es un ejemplar de flotante-sumergido que disfruta y abusa de los oximorones, y que está fascinado por Winehouse, un ser de “feroz inocencia” y “siniestra ternura”.

Para entenderlo resulta útil recordar a Juan Pablo Piñeiro cuando en una entrevista decía respecto de la mágica sustancia de la ciudad de La Paz: “no existen un arriba y abajo diferenciados, y no porque no los haya, sino porque, si uno mira bien, todo es arriba y todo es abajo. Y eso influye en lo que somos por dentro, nos modela ante el mundo”. “En La Paz las categorías de arriba y abajo podrían ser reemplazadas tranquilamente por las de visible y oculto”.

Probablemente ni Barriga ni su prosa se recobren jamás de lo que les ha hecho La Paz, de aquello que a todos los paceños hace esa capa invisible y subterránea de lo aymara, que —como señalaba Piñeiro en otra entrevista— “existe por debajo y permea el castellano de la ciudad, lo transforma.” En esta ciudad embriagante abundan los seres subterráneos, seres ordinarios y fraternos a su modo.

Luego, Barriga se encuentra a sí mismo escribiendo en prosa desde su cuartito en Tarija en conexión inalámbrica con La Paz, para lo cual no necesita ni de electricidad ni de internet. No hace falta que se restrinja a escribir sobre lo vivido en esa ciudad, puede ser cualquier parte, una vez que se ha reactivado en él el aire y la tonalidad subterránea. Por eso el personaje que habita en El hombre que amaba a Amy Winehouse es el subterráneo, que carga muchos recuerdos del autor.

Los seres subterráneos han sido definidos como personajes en una novela del mismo título de Jack Kerouac, donde dice: “Son hípsters sin ser insoportables, son inteligentes sin ser convencionales, son intelectuales como el demonio (…) sin ser pretenciosos ni hablar demasiado de lo que saben, son tranquilos, son unos Cristos.”

Pero Barriga es más oscuro. Con él los subterráneos suman otro rasgo distintivo que explica en “Amigos y abismos”: subterráneos son, además, quienes se lanzan al abismo como estrategia para mantenerse a flote. Van hasta allá abajo lo suficiente para no quedar enmarañados y retornan con los ojos ensangrentados y los tímpanos rotos. Se trata de un juego de intensidad, que puede quemar pero que mantiene vivo: “Para no morir, para mantenerme a flote y retornar, necesito escribir o expresar algo sustraído del fondo de mí mismo, que ha quedado al desnudo. Solo puedo escribir con el cerebro en llamas”.

Ya Rimbaud escribía en sus Cartas del vidente: “El poeta es realmente ladrón de fuego. Lleva el peso de la humanidad sobre sus hombros, incluso el de los animales; deberá conseguir que sus invenciones se sientan, se palpen, se escuchen; si lo que él trae de allá abajo tiene forma, lo da con forma; si es informe, lo da informe.” En cambio, un subterráneo no es el adicto que se pierde en una sobredosis de drogas, no es el holgazán que se extravía en mares de alcoholes en noches interminables, ni es la pérdida de la vida por la caída dolorosa en un amor traicionado. Subterráneo es el que se mantiene a flote por medio de sus inmersiones.

Porque sumergirse no es lo mismo que hundirse. Solo se necesita una cierta cantidad de alcohol para sumergirse, pero ser alcohólico tiene mucho que ver con el Titanic. Fall in love se dice en inglés al enamorarse, y se entiende como “caer en el amor”, cuando se trata más de sumergirse en una esfera. Hacer el amor es sumergirse, escribir también lo es. Lo mismo que pintar, meditar, componer, pensar, salir a correr, cuidar a tus hijos... Véase pues que el subterráneo no es el que se hunde, y si se da cuenta de que estaba cayendo, aletea con todas sus fuerzas para volver a emerger. De estos trances resulta a veces un libro.

Entonces, por contradictorio que resulte, en su declarado amor por Amy Winehouse el poeta Barriga se ha explicado de otro modo sobre el mismo asunto, bordeando los mismos temas acerca de la decepción amorosa, la adicción, el hundimiento y la pérdida, pero recuperando en ello toda la belleza posible, extrayendo de ello todo lo que había de vital, insolente y despampanante. Otro tramo más de su jugueteo con el precipicio.

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