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Juntos pero no tanto

Una brisa en un panorama lleno de técnica pero incapaz de mirar los conflictos cotidianos

Estrellas. Michael Douglas y Diane Keaton, la pareja del filme. Foto: blogdenuria.com

Estrellas. Michael Douglas y Diane Keaton, la pareja del filme. Foto: blogdenuria.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 07 de diciembre de 2014

Rob Reiner es un director empecinado en circular a contra ruta. Consecuente con la elección de la comedia romántica como género invariable a lo largo de su filmografía, en sus hechuras no se encontrará concesión alguna a las modas impuestas cíclicamente por la industria. Con toda seguridad los adeptos a Transformers o a Los vengadores, por decir algo, encontrarán a las películas de Reiner estacionadas entre la obsolescencia y el tedio.

Pero allí va el hombre, perseverando en lo suyo. Lo cual no equivale a considerar, es bueno decirlo de entrada, que se trate de una trayectoria exenta de altibajos, ni mucho menos. Tampoco alcanza a ser una obra de autor. Al contrario, pareciera que desde su lejano y promisorio comienzo hace un cuarto de siglo con títulos como Cuando Harry conoció a Sally (1989) o Misery (1990), su quinto y sexto largometraje respectivamente, el brío creativo lo hubiese ido abandonando de a poco hasta reducir su estilo al de un artesano resignado a los medios tonos y a los consiguientes vapuleos de la crítica. Las recensiones más severas insisten en calificar sus últimos trabajos como prototipo de una suerte de subgénero clasificado con inocultable sorna como “comedia geriátrica”, de la cual  Juntos pero no tanto vendría a ser la muestra más reciente.

Discrepo con semejante parecer. Es más, opino que el último emprendimiento de Reiner es como una brisa —apenas eso, es verdad— en un panorama empachado de técnica pero ayuno de capacidad y de interés para aproximarse a los conflictos cotidianos de la gente de a pie, da lo mismo si se trata de adolescentes en trance de ser cooptados por el consumo a destajo, de parejas encalladas en el sinsentido o de señoras y señores en la recta final.

Oren Little pertenece a esta última especie. Agente inmobiliario apartado del negocio, cascarrabias, incapacitado, daría la impresión que su ilusión se reduce a vender de una buena vez por todas la mansión que supo compartir con su esposa para retirarse a rumiar su amargura en una casita en Vermont. Justo al lado, en el mismo condominio, vive Leah, otra alma en pena, viuda también, aferrada a los antiguos modestos esplendores de una carrera como cantante de jazz que ahora se reduce a distraer a parejas maduras entretanto ingieren sus cenas en algún restaurante de dudosa categoría.

La rutina de ese mal convivir apenas se ve alterada  —y cómo— cuando el hijo de Oren va a dar a la cárcel por una nimiedad, dejando bajo custodia temporal del abuelo a su pequeña, cuya presencia será el revulsivo para trastocar los planes de la pareja central, insuflando en sus aburridas existencias una dosis imprevista de novedad. Lo de imprevisto es relativo porque el guión dista de ser un modelo de ingenio o creatividad.   

Cualquier espectador, por muy poco avispado que sea, adivina de inmediato hacia dónde va encaminado el asunto; tarde o temprano los dos protagonistas terminarán por descubrir lo obvio: se necesitan mutuamente para remontar la soledad que los tiene malhumorado y desencantada.

En la previsibilidad del libreto se halla el reto mayor que Reiner encara, a riesgo de resignar casi de entrada la atención del respetable. Zafa del aprieto jugando casi todas sus fichas a uno de sus fuertes: los filosos diálogos, y a la experiencia de Michael Douglas y Diane Keaton, garantía ambos de solvencia aun si los roles asignados pecan a ratos de extremo maquetismo, especialmente en el caso de Oren, tipo malquistado con el mundo y quienes lo habitan, contra los que vive disparando a mansalva frases hirientes. Algunos de tales envenenados dardos verbales están destinados al propio director, quien se reservó el personaje de Artie, obeso pianista, acompañante usual de Leah, coronado con un conspicuo peluquín. Daría la impresión de que con semejante decisión Reiner quisiera mostrar su talante autoparódico, tomándose él mismo en solfa como parte de esa galería de jubilados renuentes.

Un aire entre decadente, nostálgico y decididamente crepuscular recorre de punta a cabo el relato, como si el director no deseara dejar pasar la oportunidad de marcar un apunte que pasó inadvertido para todos los críticos listos a reiterar sus varapalos contra el tono, opinan, blandengue y sensiblero elegido para pegar de lleno en los lagrimales de la platea.

Ninguno de los personajes tiene un mal pasar material, pero todos resultan solitarios sin mayor incentivo existencial que aguardar a regañadientes su turno para la bajada de telón. En un sistema que hace culto del cálculo costo-beneficio y de la belleza física estereotipada, la vejez dista mucho de ofrecerles un retiro realmente digno a quienes les llega, a edad cada vez más temprana, la salida del engranaje de la producción. Por eso, ninguno cuenta con parentela visible, salvo el impresentable hijo de Oren, reaparecido in extremis para acudir pragmáticamente en procura del auxilio de papá.

Es de lamentar la forma poco airosa de Reiner, tampoco en esto lo auxilia el guión, para apresurar el final echando mano de una atropellada sucesión de lugares comunes típicos del vademécum a la Hollywood años 40, incluidos el romance anunciado y la redención del detestable, misógino, protagonista que se desembaraza de la máscara con la cual encubría la incapacidad de asimilar su viudez, algo mejor digerida por su partenaire, recuperando en cierta medida la figura de Meg Ryan, actriz habitual del director en su mejor etapa.

De comedia no resta gran cosa, salvo la ya apuntada causticidad de los diálogos, pero en esa materia no deja de ser agradecible el tino de Reiner para escaparle al brochazo grueso y a la humorada fácil a propósito de los escollos eróticos propios de la edad de sus criaturas, tentaciones recurrentes para gente menos segura de sus certezas estéticas y narrativas.

En buenas cuentas, sin ser ni de lejos una obra maestra, Juntos pero no tanto refresca por un momento la agobiante atmósfera de ese cine nuestro de todos los días entregado a la parafernalia de los fuegos fatuos visuales y a la brutalidad sin medida ni clemencia.

Ficha técnica

Título original: And So it Goes. Dirección: Rob Reiner.  Guión:   Mark Andrus. Fotografía: Reed Morano. Montaje: Dorian Harris. Diseño: Ethan Tobman.  Arte: Matteo De Cosmo, Jan Jericho. Maquillaje: Louise McCarthy. Música: Marc Shaiman. Producción: Remington Chase, Grant Cramer, Mark Damon, Liz Glotzer, Jared Goldman. Intérpretes:    Michael Douglas, Diane Keaton, Sterling Jerins, Annie Parisse, Austin Lysy, Michael Terra, Sawyer Tanner Simpkins, Maxwell Simkins, Maurice Jones, Yaya DaCosta, Scott Shepherd, Andy Karl, Frances Sternhagen, Frankie Valli, Luke Robertson, Meryl Jones Williams, David Aaron Baker,  Johnny Tran, Albert Jones, Amirah Vann, Luis Augusto Figueroa, Paloma Guzmán, Rob Reiner, Dave Leitch, Murphy Occhino, Mary Rasmussen, Alvin Crawford, Mina Mirkhah,  Theo Stockman, Kerry Flanagan, Tony Bailey, Remington Chase, Julie E. Davis, Rosemary Howard, Markley Rizzi. EEUU/2014.

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