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Karplus y Benjamin - Cartas contra la Historia

En las cartas de Walter Benjamin, uno de los pensadores más influyentes, está su  autobiografía  nunca escrita

Amistad. Gretel Karplus y Walter Benjamin se conocieron en Berlín a mediados de los años 20.

Amistad. Gretel Karplus y Walter Benjamin se conocieron en Berlín a mediados de los años 20. Foto: Internet

La Razón / Rubén Vargas

00:00 / 29 de enero de 2012

Ni Gretel Karplus ni Walter Benjamin escribieron contra la Historia. Aunque es cierto que ése fue el tema de fondo de sus ocupaciones y preocupaciones. Sin embargo, hoy, la lectura de las cartas que intercambiaron a lo largo de una sombría década europea (1930-1940) no puede ser sino una lectura iluminada por su desenlace trágico. En el borde de ese plazo, la Historia finalmente alcanzó a Benjamin. Ante la inevitable caída de París en manos de Hitler, el escritor alemán exiliado en Francia huyó. Una noche de septiembre de 1940, en un pueblo de la frontera franco-española, ante la imposibilidad de seguir su camino, cansado de huir por ser judío, por ser escritor, por ser materialista, se quitó la vida en la habitación de un hotel. Así, la lectura de esta correspondencia (hoy una lectura inevitablemente anacrónica y también trágica porque nada puede evitar que se cumpla el final) recorre esas cartas como un paciente laberinto que la caligrafía de los amigos tejía para postergar el final, para distraer al destino. Era (ellos no podían saberlo entonces, nosotros ahora sí) un acto de amor contra la Historia, un acto de amor en medio de la barbarie.

Mariana Dimópulus, en el inteligente prólogo de este libro (Gretel Adorno y Walter Benjamin: Correspondencia 1930-1940) apunta: “La autobiografía nunca escrita por Walter Benjamin está hoy guardada en su correspondencia”. Esa correspondencia, dice más adelante, “nos ofrece un relato entrecortado de su persona y de su época. Que sea entrecortado y contradictorio, es algo que a Benjamin hubiera complacido”.

Cartas. La correspondencia de Benjamin tiene tres puntas visibles. Por un lado está la que sostuvo larga e intensamente con su amigo de juventud Gershom Scholem. La mística judía fue primero su tema y después, para alarma de Scholem, la conversión de Benjamin al materialismo histórico. (Scholem es autor de un libro de memorias imprescindible: Walter Benjamin, historia de una amistad.) Está, por otro lado, el copioso intercambio con el filósofo Theodor W. Adorno, en el marco de lo que después se conocería como la Escuela de Francfort, es decir, el debate sobre el conocimiento de cara al materialismo y la dialéctica en un nuevo periodo histórico. (Bajo el título de Sobre Walter Benjamin se han publicado los principales textos, recensiones y cartas de Adorno.) Y está finalmente, esta correspondencia, la que asiduamente entretejieron Walter Benjamin y Gretel Karplus. ¿De qué hablaban?

Walter Benjamin (1892-1940) y Gretel Karplus (1902-1993) se habían conocido en Berlín a mediados de los años 20. Ella era doctora en química, trabajaba en una fábrica de guantes y, al mismo tiempo, se relacionaba con los círculos intelectuales en los que participaban, por ejemplo, Ernst Bloch, Bertold Brecht, Theodor W. Adorno, con quien se casó en 1937 (entonces pasó a ser Gretel Adorno), y el propio Benjamin.  En enero de 1933 Hitler tomó el poder en Alemania. En marzo de ese año Benjamin ya estaba fuera en Francia, autoexiliado. Nunca más regresaría a su país. En ese punto arranca la correspondencia recogida en este libro.

De cara a una hipotética biografía de Benjamin (así sea entrecortada y contradictoria como sólo podría ser), este intercambio epistolar dibuja el rastro de la carencia y el nomadismo de Benjamin en el exilio (para acudir a los mismos términos que utiliza Luis H. Antezana J. cuando estudia el epistolario de nuestro Medinaceli). Gretel, para ayudarlo a sobrevivir en el exilio, entre otras cosas, se ocupaba de publicar ensayos y reseñas de Benjamin, firmados con pseudónimo, en la prensa y las revistas alemanas. Uno de sus pseudónimos era Detlef Holz. Primer signo de complicidad: Gretel siempre se dirige a él como “Querido Detlef”. En pago, Benjamin la llamará invariablemente “Querida Felicitas”, nombre del personaje de  una obra teatral de Wilhelm Speyer, con quien Benjamin había colaborado.       

Pero también, y especialmente, esta correspondencia es la huella de un intenso diálogo en torno a la obra de Benjamin de esos años. En las primeras cartas, las referencias a Infancia en Berlín son constantes. Gretel era la primera y atenta lectora de ese texto y Benjamin le remitía puntualmente los fragmentos que iban saliendo de sus manos. Más adelante las cartas insisten en el inacabado Libro de los pasajes en él, el ensayista se empeño en sus últimos años. Especialmente en torno al único esbozo más o menos sistemático que Benjamin escribió de ese libro imposible: París, capital del siglo XIX, redactado como una suerte de proyecto (exposé) para el cual Gretel y Adorno buscaban financiamiento en el Instituto de Investigaciones Sociales dirigido por Max Horkheimer. Hacia el final, el diálogo epistolar gira alrededor de Algunos temas de Baudelaire, uno de los más brillantes ensayos de Benjamin, en el que desarrolla su idea sobre el flaneur, el paseante de París.  

Pero esta correspondencia admite también una lectura propiamente benjaminiana. Estas cartas son los hitos de una frustración: el reencuentro de Gretel y Benjamin siempre deseado, buscado y prometido, mas nunca realizado. No en vano Benjamin había nacido bajo el signo de Saturno, el planeta de las demoras y los desvíos. En 1933, Gretel le escribe pensando en que llega para ella un tiempo de decisiones: “Hay tanto que quisiera desearme, pero ante todo estar junto a ti como en las últimas horas en el viejo Westend de Berlín, tan cerca por un instante y, sin embargo, tan lejos de toda certidumbre”.

En 1938, Gretel y Adorno se exiliaron en Estados Unidos. Hacia julio de 1939, parecía posible que Benjamin los alcanzara en Nueva York. “Estoy loca de contenta”, le escribe Gretel, “y me la paso pensando en qué orden debería presentarte las atracciones de Nueva York para que vayas tomándole gusto a la barbarie”. Nunca llegó. En el camino, lo alcanzó la Historia.

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