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Keith Richards adicto al blues

Superviviente de todos los excesos, el guitarrista de los Rolling Stones homenajea a la música con la que ha envejecido, en un disco en solitario

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Guimón - El País

00:00 / 11 de octubre de 2015

Keith Richards asegura que durante años durmió solo dos veces por semana. Eso y la intensidad con la que ha exprimido sus horas de vigilia le lleva a calcular que, a sus 71 años, ha vivido el equivalente a tres vidas. Sobrevivió a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial siendo un bebé, a diversos incendios y a la heroína. Casi muere aplastado por sus libros y tras caerse desde un árbol en las islas Fiji. Así ha cimentado la leyenda de que Richards es, aparte de las cucarachas, el único organismo que sobreviviría a una hecatombe nuclear. El guitarrista de los Rolling Stones posee un alma de bluesman que ahora vuelve a relucir con un disco en solitario que se llama Crosseyed Heart y tiene sabor a testamento musical.

Richards junta esas manos huesudas y las pega a un lado de la cara para explicar cómo acabó, tanto tiempo después, metido de nuevo en un estudio para grabar sus canciones: “Los Stones habían entrado en uno de sus periodos de hibernación, como los osos, y nunca sabes cuándo van a despertar. Hago cosas solo en los periodos durmientes de los Stones”. Así que escribió un libro, Vida, publicado en 2010 con tanto éxito que reinventó el género de las memorias del rock. Y después, por primera vez en 23 años, volvió al estudio sin los Rolling para grabar un homenaje a la música con la que ha crecido. Lo hizo sin prisas, con sus amigos, y el resultado es Crosseyed Heart, el tercer disco en solitario de sus 50 años de carrera, que ve la luz ahora.

Al margen del tabaco, el alcohol y un cigarrillo de marihuana al despertarse, Richards asegura que ha dejado las drogas. Los tiempos en que utilizó su cuerpo “como un laboratorio” quedaron atrás. La única adicción que no ha conseguido superar, explica, es la de la música. De ahí el título del recién estrenado documental sobre su figura, dirigido por el oscarizado Morgan Neville para Netflix. Con el libro y el disco, la película constituye la tercera pata de esa especie de testamento en vida, de ese ejercicio de hacer balance. Se titula Under the Influence, que se podría traducir como “ido”, pero no se refiere a las muchas sustancias que le han acompañado en su vida, sino a la música.

“La música ha sido mi principal droga”, asegura. “A diferencia de otras, la música, además de metérmela, la saco de mi cuerpo. Me convertí a mí mismo en un laboratorio. Pero a finales de los 70, cuando empecé a ver que había demasiada policía a mi alrededor, decidí que el experimento había ido demasiado lejos. Fue un periodo muy interesante, pero tampoco creo que las drogas sean nada del otro mundo. Comprendí que si no cortaba ese experimento por lo sano, no habría más Stones”.

El rebelde por antonomasia asegura que ya no lo es y que nunca quiso serlo. “Tienes 19 años y tu banda se convierte en una fuerza social. La gente, de alguna forma, me decía: ‘Corre, haz lo que nosotros no podemos hacer, que nos gusta ver a alguien haciéndolo’. Así que, a esa edad, piensas que tienes licencia para cagar en la calle”.

La idea de jubilarse, de dejar atrás medio siglo de rock and roll, se le llegó a pasar por la cabeza. O algo así. “¡Estaba mintiendo!”, afirma, mientras ríe y tose. “Realmente no tenía ninguna intención de retirarme. Cuando terminé el libro, que me llevó dos años, me entraron ganas de ir al estudio, pero no había nada de los Stones programado. Así que me dije que igual era el momento de echar el cierre. Pero nunca lo pensé muy en serio”.

LEALTAD. Richards se embarcó entonces en una grabación que “era solo jugar a ver qué pasaba”, recuerda. “El álbum empezó a hacerse solo. Era la primera vez que podía hacer un disco sin plazos. Invitamos a amigos, a Aaron Neville, a Norah Jones, a Larry Campbell, a Bobby Keys. Y de repente, hay un disco. Justo en ese momento, hace dos o tres años, los Stones quisieron volver a la carretera. Y de ninguna manera voy a lanzar yo algo cuando los Stones están trabajando. Por eso sale ahora, pero Crosseyed Heart estaba listo hace dos años”.

Cuando habla de los Stones parece hablar solo de Mick Jagger. Ambos forman una de las parejas más fascinantes que ha dado la historia del rock. Nacieron con cinco meses de diferencia y coincidieron en la escuela primaria. Pero cuando conectaron fue en 1961, al encontrarse en una estación. Richards llevaba su guitarra de caja Höfner; Jagger, el Rockin’ at the Hops de Chuck Berry y The Best of Muddy Waters. Las diferencias que ya existían entre esos dos adolescentes siguen vigentes. El esnob y el maldito. El cálculo y el caos. El cerebro y las tripas.

“Perdiste el feeling / Ya no es tan atractivo”, le dice probablemente a Jagger en la última canción de la primera cara de su primer disco en solitario. Los cuchillos han volado mucho en las dos direcciones, pero su relación, advierte Richards, hay que entenderla como el amor entre dos hermanos. “Estamos enganchados el uno al otro. Ocasionalmente tendremos desacuerdos, pero el 90% del tiempo estamos tan cerca como se puede estar. Adoro trabajar con Mick. Es uno de los mejores frontmen y para mí, el mejor armonicista de blues del mundo”.

La carrera en solitario de Richards empezó cuando Jagger, a finales de los 80, decidió hacer sus propios discos. Richards optó por el blues y recurrió a Steve Jordan, batería con el que acababa de trabajar en un documental sobre Chuck Berry. Los mismos músicos que juntó entonces, bautizados como los X-Pensive Winos, son los que grabaron su segundo disco (Main Offender, 1992) y los que le acompañan ahora, en el tercero.

LATINOAMÉRICA. Los Rolling Stones terminaron su gira norteamericana en julio, y a principios del año próximo se embarcarán en una por Latinoamérica, que Richards confía en que les lleve a Cuba. Después hay planes, todavía no muy concretos, para grabar un disco, el primero desde 2005. “Ya va siendo hora”, dice Richards. “Los Stones han hecho muchos de sus mejores álbumes justo después de una gira. Porque entonces la banda está engrasada, perfecta, es un Rolls Royce. Ese es mi plan, aunque sé que cuando acaba una gira todo el mundo quiere desaparecer. Puede que tenga que utilizar un revólver, rogárselo, arrastrarme… pero haré lo que sea porque es la manera de que tengamos otro álbum de los Stones realmente bueno”.

En los meses hasta que vuelva la actividad de la banda, Richards seguirá ocupado con Crosseyed Heart. Puede incluso que lo saque a la carretera. Le gustaría tocar en directo ese blues, esa música que, dice, es el origen de todo. “El jazz vino del blues”, explica. “Incluso One Direction, sin saberlo, están haciendo blues. Es como la presión sanguínea, toda la música tiene el blues. A veces es muy visible, otras menos. Llámalo como quieras, rhythm and blues, hip hop, rock and roll, pero hay blues dentro”.

De este ejercicio de hacer balance en el que ha estado inmerso estos años, Richards ha sacado algo en claro: desearía pasar a la historia como “el eslabón de una cadena”. “Me gusta pensar en mí como una parte de una tradición de miles de años”, explica. “Formar parte de una larga línea de juglares, contadores de historias, músicos que hacen feliz a la gente y luego se van a hacer lo mismo en otra ciudad. Es el sentimiento más cálido que soy capaz de imaginar. Casi me mato por el camino, pero hice feliz a mucha gente”.

En el disco el guitarrista presenta sus respetos a todos los que le han inspirado. “Desde hace tiempo deseaba hacer lo mismo que hicieron ellos conmigo: transmitir ese conocimiento. Eso pretende ser este álbum, un ejercicio de pasar la música, transmitirla y hacer a la gente feliz. ¡Y además hace años que no he matado a nadie!”.

El respetuoso creador de un sonido propio

Partiendo de los acordes del Mississippi encontró su fórmula exclusiva y rotunda

José Emperador - La Razón

Muchos guitarristas son y han sido más virtuosos que él, pero ninguno tan contundente. Por eso Keith Richards se ha convertido en la referencia absoluta de lo que debe hacer una guitarra rítmica en una banda de rock:  aportar rotundidad y sutileza, ritmo y armonía, estruendo y silencio a una canción. Los obsesivos riffs de Jumpin’ Jack Flash, Satisfaction y Strat me up son ingredientes fundamentales de la fórmula de los Rolling Stones. Esto —y su vida disipada— ha convertido a Richards en la personificación del rock and roll, a pesar de que él, tan respetuoso de sus predecesores y tan amigo de sus amigos, ha dicho más de una vez que si el rock tuviese otro nombre debería ser “estilo Chuck Berry”.

Este conocimiento de las raíces lo aplica Richards a lograr su sonido único. Marcelo Palacios, un clásico del rock boliviano, guitarrista de Black Jack y otras bandas, se admira de cómo “rescata la ‘afinación abierta’, una manera de afinar la guitarra muy propia del delta de Mississippi más tradicional, y la adapta al rock”. Esta técnica le permite “aun con la mano izquierda al aire, tocar acordes en diferentes tonos muy propios del blues. Para lograrlo utiliza el capotraste, lo que es extraño en el rock”. Buen ejemplo de este sonido sorprendente se escucha en Happy, canción de los Stones en la que Richards, además de tocar, canta. A la sonoridad exclusiva de la banda también aporta el otro guitarrista, Ronnie Wood, el complemento perfecto de Richards, con el que se alterna la rítmica y los punteos.

Wood siempre fue un buen amigo de Richards, quien se distingue por haberse juntado con los mejores del blues y del rock sobre innumerables escenarios, y en tremendas juergas tras ellos. El virtuoso Eric Clapton lleva 40 años encantado de tocar esporádicamente con él, incluso después de haber dejado los vicios a los que era casi tan aficionado como Richards. Él es solo un ejemplo de los grandes de verdad que no solo hacen la mejor música, sino que también se ríen a gusto cuando acompañan al superviviente Richards.

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