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Klaus Barbie, un novio de la muerte

Fragmento del libro en el que se relata la participación de Barbie en la muerte de Mónika Ertl, militante del ELN y presunta asesina de Roberto ‘Toto’ Quintanilla

La Razón Digital / Peter McFarren y Fadrique Iglesias - Periodistas

00:00 / 12 de enero de 2014

La mayor parte de los inmigrantes alemanes que llegaron a Bolivia en los años 50 habían tenido algún tipo de participación en la II Guerra Mundial. Un grupo numeroso evitaba mezclarse con los judío-alemanes. Sí existía más relación en afanes comerciales ya que varios judíos eran propietarios de tiendas de abarrotes en las cuales no había una discriminación manifiesta generalizada, pero tampoco había contacto. Eso sí, en el Club Alemán se mantuvo el rechazo de judíos hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Igualmente en un momento dado, en el Cementerio Alemán de La Paz tampoco estaban permitidos entierros de judío-alemanes.

Aunque el contacto entre los Altmann y los Ertl se fue perdiendo, Klaus sabía de la vida de la familia. Sabía de los movimientos de Hans como documentalista y hombre aficionado a la antropología naturalista, pero sobre todo de Mónika y su acercamiento a la izquierda radical de la guerrilla. No se podía esperar menos de Barbie, hombre del mundo de las labores de inteligencia, que solía tener un control mental de sus conocidos, por lo menos de aquellos que le llamaban la atención. Fue una constante en su vida la activación y desactivación de sus contactos y relaciones personales según su conveniencia.

Además, Barbie estuvo desde los años 60 estrechamente ligado a las operaciones de inteligencia del Ministerio del Interior boliviano. Él fue uno de los consejeros cercanos y directos en el aparato urbano del plan de captura del Che Guevara en Bolivia y conocía los movimientos de la mayoría de alemanes que directa o indirectamente tuvieron acción durante la II Guerra Mundial.QUINTANILLA. Una persona clave en los operativos del Che Guevara fue Roberto “Toto” Quintanilla, hombre fuerte de la incipiente oficina de inteligencia boliviana y colega intimo de Barbie. Por aquellos días en Bolivia no existían métodos específicos para combatir guerrillas urbanas, tema que Barbie llegó a dominar, específicamente durante la persecución, arresto, tortura y asesinato de Jean Moulin, líder de la Resistencia francesa en Lyon durante la guerra. Ante semejante labor en ciernes, Barbie jamás olvidaría otro importantísimo personaje: la hija de su amigo Hans.

Quintanilla, fue quizás uno de los principales protagonistas en la captura y posterior muerte del Che Guevara, y para certificar su eliminación física ante el gobierno norteamericano, le mandó cortar las manos al cadáver como trofeo y prueba irrefutable de sus señas dactilares, entregando a instancias superiores un recipiente cilíndrico de metal con las piezas del cuerpo del guerrillero argentino flotando en un líquido incoloro. Él asumió el éxito de la operación que se le fue encargada como ejecutor.

A los dos años, el 9 de septiembre de 1969, dio muerte también a Guido “Inti” Peredo, uno de los cinco sobrevivientes del grupo del argentino un par de años antes en Ñancahuazú, en un operativo urbano calificado como un “baño de sangre” que marcaría a Mónika. “Inti” fue brutalmente torturado, herido y asesinado por los hombres de Quintanilla y asesorado por Barbie desde primera línea. No se trataba de un objetivo cualquiera, sino del nuevo líder del ELN. Carismático y muy activo, era el heredero del Che, persona muy cercana a Mónika. Luego del hecho, el hermano, “Chato”, asumiría la jefatura del grupo. Así fue que Quintanilla, con la misión cumplida, decidió refugiarse en Hamburgo, Alemania, lejos de todo el ruido causado en Bolivia.

En 1958 Mónika, mujer esbelta, de rostro delicado pero de personalidad fuerte y tozuda a la vez que sensible, y todavía lejos de relacionarse con la política, se casaba con el joven ingeniero Hans “Juan” Harchies, dedicado a la minería y también de familia acaudalada  inmigrante de Alemania. El matrimonio, aunque duró diez años, pareció no funcionar y decidieron disolver la relación después de un periodo turbulento para ellos, en el que residieron en La Paz, donde Mónika se acomodó a la vida de familia pequeñoburguesa, pero también en las minas de Sewell, en Chile.

En los años posteriores Mónika tuvo fugaces noviazgos con Regis Debray, filósofo francés y enrolado en un momento dado con la guerrilla guevarista, pero sobre todo con “Inti” Peredo con quien llego a convivir en casa de su padre, en la calle Adela Zamudio, y probablemente también con su hermano, “Chato” Peredo.

Su irrupción en los movimientos guerrilleros fue singular. Pasó de una vida tradicional, a una comprometida con su causa. Escogió el nombre de Imilla como alias de guerra, en clara contraposición con su apariencia extranjera. Fue una situación de tensión permanente con su padre, quien como acertadamente sugiere el periodista Schreiber, quería convertirla en su heredera intelectual, en una nueva versión de Rifensthal. El viejo Ertl nunca se alejó de sus indómitas aficiones y pasiones investigativas, viviendo de manera austera y, en cierto modo, descuidada. Se convirtió incluso en una atracción turística y exótica más de la selva chiquitana. (…)

Beatrix [la hermana de Mónika] comenta: “A medida que se acercó al Ejército de Liberación Nacional boliviano, Mónika se fue distanciando de la familia. Llegó un punto en que nos escribía una carta al año. A veces incluso cartas encriptadas. Hans mantuvo con ella una buena relación, era su hija preferida, pero cuando [Mónika] le propuso hacer en su hacienda un campo de entrenamiento de guerrilla, la expulsó sin miramientos. Le dijo adiós y se molestó mucho. No quería participar en asuntos relacionados con la lucha armada. Mi padre nunca más se quiso involucrar con regímenes políticos, por eso mismo se recluyó en el trópico”.

“Mónika, durante su corta etapa familiar con Harchies, en su hogar era ama de casa aunque nunca descuidaba la lectura. Estudiaba historia, se apuntaba a cursos, todo allí, en Rancagua, Chile, en los campamentos mineros. Luego volvieron a Bolivia muy a su pesar. Ella prefería irse a EEUU, a esa California en ebullición, su sueño era probar suerte en Santa Mónica. Él no quiso. En Bolivia se deshizo el matrimonio. En la casa de papá, en el barrio de Sopocachi, buscó la división física de la vivienda e hizo su propio apartamento anexo para ganar independencia”.ELN. Luego de la separación de Harchies hacia el año 67-68, vino la etapa del ELN. Mónika era una mujer eléctrica con mucha adrenalina, que tenía un amplio abanico de amistades. En un primer momento se dedicó a la labor comercial en una aseguradora mientras viajaba por el mundo buscando fondos para su centro infantil, además de ser profesora en el Instituto Goethe de La Paz. En estos movimientos fue que se relacionó con mucha gente y amplió su horizonte ideológico, visitó comunas de personas alineadas con la izquierda, una de ellas en Hamburgo, donde mantuvo algunos contactos años más tarde.

En este proceso de transformación, en esas idas y venidas de Europa conoció en Bolivia al amor de su vida, como comenta Beatrix, dentro del ELN: “En Sopocachi llegó a vivir con Inti Peredo, tenía algo con él. Luego estuvo relacionada con su hermano Chato Peredo, todo ello en los años 60, llegando a vivir en Cuba y en algún otro sitio, pero cuando  la mataron, en 1973, estaba con un chico conocido como Osvaldo Uscasqui, estudiante argentino que la acompañaba por aquellas épocas”.

Después de estar de paso en Cuba, donde quizás fue entrenada, aparentemente se habría reunido con Regis Debray (quien fue visto en Bolivia esos años, también planeando el fallido secuestro a Klaus Barbie en 1973 para lograr llevarlo a Francia), y posteriormente partió hacia Europa, a Suiza y Hamburgo, con un pasaporte falso a nombre de una ficticia Nancy Fanny Miriam Molina, de nacionalidad argentina. Así fue que la historia de la persecución de Mónika tuvo el final que la gente del servicio de inteligencia boliviano tanto esperaba: tragedia. Antes de llegar a su cuarta década de vida, fue ejecutada en su La Paz adoptiva, sin que su familia la pudiese despedir.

Beatrix: “Ella, conocida con el alias de Imilla, iba y venía de Alemania frecuentemente. Tenía un cargo alto en los ‘elenos’ (ELN), por eso decidía qué hacer y qué no, viajaba mucho. Cuando fue a Alemania a principios de los 70 no nos contactó a sus hermanas. Nos escribíamos una vez al año cuando manteníamos correspondencia, más tarde ni eso. Ella prácticamente se despidió de nosotros el 69. ‘Adiós, me voy y no me verán nunca más’ fue lo que dijo. Para ella era lo mejor y estaba convencida. Le gustaban las ‘comunas’, estaba decidida a cambiar el mundo. A veces llegaban cartas para la familia, diciendo ‘estoy bien…’ y poco más. Se volvió enigmática, casi una desconocida para nosotros. Se quedó algunas épocas en Francia ya que era la principal acusada del asesinato de Roberto Quintanilla  y apareció en Bolivia, de repente en 1973, el año que la mataron. Un día antes, el viernes 10 de mayo, yo me preparaba para ir a la reunión de exalumnos del colegio Alemán, y el 12 salió en la prensa que la habían asesinado. Yo me enteré por la prensa. Fue portada en todos los periódicos, fuimos a la embajada alemana a tratar de hacer algo. La embajada procuró comunicarse con el Ministerio del Interior y la respuesta fue que ‘tuvo una sepultura cristiana’. No sé lo que opinó mi padre, ya que estaba en la estancia. Se enteró por la radio alemana, Deutsche Welle. Estaba triste y decepcionado. Nosotros siempre dijimos ‘si es que le pasa algo, mejor que la maten a que la torturen’. Nunca la torturaron”.MUERTE.  “Caminaba solo de noche, caminaba por los barrios periféricos. Yo no supe cómo fue el enfrentamiento. Ella estuvo en un escondite por la avenida Buenos Aires. Los disparos fueron en la calle. [Klaus] Barbie sabía todos los movimientos de mi hermana, los tenía bien estudiados. Él sabía cuándo ella estuvo en La Paz después de desaparecer del mapa por un par de años, así fue que decidieron tomar la casa de mi padre con ella dentro. Después del asesinato, un día vi a Barbie en la calle. Me saludó atentamente y dijo ‘qué pena lo que le sucedió a tu hermana, lo siento’. Yo ni sentí rencor hacia él. Solo queríamos su cadáver. Yo no sé si Altmann era un tipo peligroso, aunque tenía cara siniestra. Mostraba una mirada sórdida. Yo no supe si fue él el que la mandó a asesinar. Eran épocas de Banzer y no fue la única desaparecida. Nunca supimos a ciencia cierta quién disparó ni quién autorizó la ejecución. Hasta hoy no me entregaron el cadáver, no se sabe dónde está y tampoco me consuela su promesa de la ‘sepultura cristiana’.

“Llevo varios años luchando por saber dónde están sus restos. El Ministerio del Interior [a órdenes] de Banzer, institución a la que atribuimos su desaparición, era parte de los responsables. Banzer, curiosamente, era nuestro vecino de estancia en el oriente donde tenía una hacienda cerca de La Dolorida. Tenía trato cordial con mi padre. Hans nunca quiso entender que Banzer mandó a matar a Mónika. Hans evadía el tema sistemáticamente y cuando no, decía ‘si la ha mandado matar, habrá tenido sus razones’.” (…)CRIMEN. Beatrix toma aire con un gesto que se acerca por un lado al aburrimiento, al hastío, y por otro a la resignación. Ella y  [su hermana] Haidi —quien vive en Alemania—, jamás llegaron a saber cabalmente si Mónika fue quien mató a Roberto Quintanilla, como le achacaron. Beatrix suelta una última frase, como cansada del asunto y con expresión triste en los ojos: “Cuando lo mataron, la televisión internacional dijo que mi hermana fue la culpable, pero la policía hasta hoy no está convencida. Yo tampoco. Puede ser que fuera capaz pero no sé.”

La policía alemana jamás concluyo que Mónika fuese la autora, aunque emitieron una notificación señalándola como buscada por presunto homicidio. No obstante el caso no deja lugar a dudas  y las evidencias son contundentes, ya que además diferentes voces del ELN reivindicaron el hecho, incluyendo una nota con el texto “patria o muerte, venceremos”, lema habitual de ellos, que la autora del crimen dejó en su carrera en el suelo del consulado boliviano en Hamburgo, donde ajustició a Quintanilla. Aquel hecho fue cometido por una mujer esbelta, con una peluca rubia, de lentes, elegante, de piernas esbeltas y de falda, que se haría pasar por una australiana que visita el consulado boliviano en Hamburgo en busca de información turística. Una vez que fue atendida por el propio Roberto Quintanilla, desenfundó un revólver del bolso y le pegó tres disparos certeros a quemarropa que dejaron sin vida al funcionario diplomático. Acto seguido, y luego de un forcejeo con la ya viuda de Quintanilla, escapó sin dejar pistas certeras de su paradero.(…)

Todos los datos coinciden plenamente con la más que posible autoría de Ertl, no obstante, aun siendo ella sospechosa y sin orden judicial pertinente, en 1972 allanaron en La Paz la casa de Ertl donde solía refugiarse Mónika. La vivienda fue retenida por la policía por tratarse de un “refugio de elementos subversivos” llevándose recuerdos y documentos personales, muchos de gran valor, parte ínfima de los cuales fueron devueltos a Hans cuatro años después, por influencia de algunos alemanes influyentes en el gobierno. El propio Hans en una ocasión vio un cartel con los terroristas más buscados, hecho que le causó profunda vergüenza, según se comentó. El ministro del Interior boliviano Mario Adett Zamora la denunció directamente como la asesina de Quintanilla y se llegó a ofrecer por ella más recompensa que por el mismo “Che” Guevara. Así quedaba claro que tenían que emplearse a fondo para encontrar en alguna parte del mundo a Imilla, sospechando que tarde o temprano volvería de Europa, quizás a La Paz, donde darían venganza a su colega “Toto”. Tendrían que recurrir una vez más al hombre que probablemente mejor dominaba los tentáculos de ese servicio de Inteligencia, Klaus Barbie.De CASTRO. A pesar de que Beatrix dice no estar segura de todo lo que pasó en aquellos turbulentos días con claridad, recurrimos a otra fuente trascendental: Álvaro de Castro, secretario personal de Klaus Barbie. De Castro, quien fuera asesor de Inteligencia del gobierno boliviano a fines de la década de los 70, era parte del equipo de operaciones de Barbie y a la postre representante de la empresa de armamento Steyr-Daimler-Puch, cuenta impávido y sin escrúpulos su protagonismo en la muerte de Mónika Ertl. Al hacerlo no le tiembla el pulso, quizás justificando su actuación, como Barbie solía hacerlo, con el argumento de que “eran épocas de guerra”, o de guerrillas, en las que el éxito o el fracaso partían del matar o morir. No obstante De Castro nunca fue visto directamente en labores de exterminio o asesinato directo, fiel al estilo de su mentor. Él y el propio Barbie, delataron personalmente la aparición de la guerrillera en La Paz, justamente en el momento en que era una de las personas más buscadas a raíz del Quintanilla affaire no solo en Bolivia sino en América Latina, habida cuenta de la colaboración en ciernes entre algunos de los gobiernos que luego serían parte del Plan Cóndor. (…)

Un impasible De Castro, sin la menor muestra de arrepentimiento, comenta de primera mano como delataron, él y Barbie, a Ertl, aun siendo ella hija de un amigo de Barbie, Hans Ertl:

 “Mónika, por aquellos tiempos se había alistado en la guerrilla. Luego de eso, un miembro de la policía boliviana, involucrado con la caza de los guerrilleros, Quintanilla, amigo personal de Klaus, fue enviado a Hamburgo. Como un acto de venganza, Mónika Ertl se disfraza y lo mata. Posteriormente desaparece por bastante tiempo. La alentaba el gurú editorial italiano de ultraizquierda Giangiacomo Feltrinelli, patrocinador que murió también trágicamente en 1972.”

MUERTE. “Pasaron como tres años y el asunto de Quintanilla se fue olvidando. Un buen día estábamos Klaus Barbie y yo en la cafetería y me dice que lo acompañe al barrio de Miraflores al taller mecánico de un señor Paravicini. Terco él, como siempre, insistió y salimos por la avenida Camacho, concretamente por el mercado Camacho, esperando que alguien nos auxilie y lleve hasta la calle Villalobos donde era el taller. Era plena hora de almuerzo, por lo que no había mucho tráfico. Esperábamos a ver algún conocido para que nos lleve, cuando de repente Klaus divisó algo que llamó poderosamente su atención. Comentó en tono quedo con urgencia: ‘Mira quién está ahí’. ‘Una hippie’, yo contesté, ‘con un argentino barbudo’. Ella parecía una gitana, estaba sucia, pero se distinguía su fisonomía ‘gringa’. Él bajó la voz y me dijo: ‘¿Cómo no te vas a acordar?’ Luego me apartó. Repuso nuevamente: ‘Mira las piernas, como palitroques, mira esos lóbulos de las orejas alargados. Álvaro, tienes que hablar con el coronel [Rafael] Loayza y avisarle esto urgentemente. Si tú no vas al Estado Mayor voy a tener que llamar yo personalmente’. Se trataba de Mónika Ertl a la que yo casi había olvidado. Eso sí, sus esbeltas y desgarbadas piernas eran inconfundibles.”

“Continuamos caminando por la Camacho, casi llegando a la calle Bueno para escondernos, puesto que ella podía reconocer a Barbie. De ahí mismo llamamos a Loayza. El operativo se iba a montar de todas formas pero era muy posible que demorara algún tiempo. En esos momentos la familia Ertl tenía una casa en la calle Adela Zamudio entre Armaza y Guerra, en una plaza, propiedad de Hans. Así fue pues que momentos más tarde llegaron los ‘negros’, matones del Ministerio de Interior que solían hacer el trabajo sucio. Allanaron la vivienda a patadas, pero no encontraron a nadie. Hans Ertl no se encontraba allí ya que vivía como ermitaño en su casa del oriente, La Dolorida, y Mónika no estaba en ese momento. El sitio fue primero acordonado y luego tomado. Se trataba de una casa muy grande y contaba con un pequeño apéndice en la calle Guerra, un apartamento independiente. Allí era donde se refugiaban los guerrilleros. En el suelo tenían colchonetas, dormían como gitanos, todo lleno de panfletos desparramados, fotos del Che, bombas Molotov. Nos enteramos posteriormente de que había más guerrilleros que sí lograron escapar.”

Aquel día, Mónika y su pareja, minutos antes volvían a casa, cuando al pasar por la esquina, se toparon con la mujer que vendía fruta, a quien conocieron días antes. Ella dio la voz de alerta: ‘Joven algo raro pasa, han venido unos coches extraños, seguro del gobierno, con fusiles, metralletas, han entrado a la casa pateando la puerta’. Tras la comunicación, ambos huyeron raudamente y se salvaron temporalmente, no obstante ya estaban acorralados.De CASTRO. “Pasaron tres días y fue cuando, camino a Munaipata en la vía a El Alto, en una casa de seguridad donde se escondieron [los guerrilleros], los servicios de seguridad la encontraron junto con el argentino. Hubo un tiroteo de ambas partes. Los guerrilleros no quisieron entregarse, respondieron al fuego y en la batalla mataron a ambos. El cadáver de ella fue a una tumba pero no se supo dónde, y Loayza, jefe del operativo, nunca quiso revelar el paradero del cuerpo. Se limitó a comunicar a la familia Ertl que recibió ‘cristiana sepultura’. Guido Benavides y sus secuaces también sabían dónde estaba el cadáver pero no lo contaron en vida y murieron con el secreto. En el acceso del cementerio alemán hay una lápida que indica ‘Aquí yace Mónika Ertl’ o algo así, pero es simbólico ya que ella no está ahí.”

El asesinato de Mónika Ertl no fue el último caso de una larga lista de misteriosas desapariciones, siniestras e inexplicables, en las que se veía una serie de flujos de información sorprendentes entre variopintos personajes y en distintos países. Pero la conexión latinoamericana de Klaus Barbie aun tenía mucho por escribir en la historia boliviana.

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