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SO LONG, Leonard

Con Cohen mueren otra vez mis muertos: Fernando Vargas, Lorca, Janis Joplin…

Leonard Cohen

Leonard Cohen

La Razón (Edición Impresa) / Claudio Ferrufino – Coqueugniot, escritor

12:43 / 18 de noviembre de 2016

Hace dos décadas más la mitad que en un viejo e inmenso Cadillac encaramos a gran velocidad la avenida Constitución del Distrito de Columbia. Era septiembre u octubre, al amanecer. Habíamos devorado las botellas, Rolling Rocks, Budweisers, Michelobs; entonces no existía la moda de las Coronas mexicanas. Eso vino después. Y Guinness, oscura como sangre de negro. En la casetera: So long, Marianne… Íbamos a por mujeres o por muerte. Salud, Leonard Cohen, éramos jóvenes contigo y aquel otoño no agobiaba como éste: las hojas eran rojas y ahora están caídas, raídas, marrones.

Mi hija Aly escribió anoche: “Thank you for being the soundtrack to my most important moments. You will always be my man”. (“Gracias por ser la banda sonora de mis momentos más importantes. Siempre serás mi hombre”). Miré las matrioskas que detallan a Lenin, Stalin, Gorbachev, Yeltsin y Putin. Los libros detrás. Me preparaba para salir a la medianoche; lo hago cada día. Y cargué con dos discos igual a si cargara revólveres: unos kaluyos de panteón y Leonard Cohen. Pensé en el poder, en la Norteamérica del día y recordé la tibieza triste y fina de Cohen confesando a Janis Joplin lo bien que se sentía, él, un hombre feo, de tener su amor. Dentro del Chelsea no amanece. Los difuntos no buscan luz: escriben poemas, versos y canciones. Y besan. O matan.

Entonces fuimos cuatro: Ronald, Mirella, Fernando y yo. Entre otras cosas y vodkas. La capital sonaba a Cohen y la almohada olía a mujer. Su cabello rubio extendido sobre la almohada como una estrella, o algo así.

Este texto cuesta, es empinado. Empedrado. Camino vecinal. Pesa enterrarse en el polvo. Tanto para decir y la garganta de los dedos se ha secado.

Pasaron ciudades, amigos, trabajos, matrimonios. Leonard Cohen permaneció fiel. Florecieron los cerezos de Washington. La nieve llegaba hasta la rodilla en Denver. La almohada pasó de blonda a pelirroja, la tarde a noche. Suzanne takes you down to her place near the river. Y no quise enamorarme porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río. Ya estás con Lorca, poeta. Take this waltz.

Para los sin dios, como yo, no vale la fábula de la vida eterna. Excepto en días aciagos, como hoy, porque aquellos grandes que siempre te acompañaron no pueden dejarte huérfano. Entonces, en forzada e hipócrita retórica les inventamos a Dios, un paraíso, arroyos y laureles, helechos, manzanos, porque no queremos que se vayan. Demando el Edén para los que no están y he amado, que del infierno me apropio yo; lo pido y me lo quedo.

Tres discos restan en casa, tres de Leonard Cohen. Todavía no los ha raspado ni distorsionado el tiempo. Son recuerdos de mi juventud en Washington DC, esa que bordeaba los treinta y se acostaba con pechos en sube y baja imitando pequeños corazones. Almorzaba con cerveza en los canales de Georgetown, mirando regatas. Descargaba cebollas con negros que antecedieron al rap y que tarareaban el futuro en retazos de blues y motherfuckers.

Karen trepa al auto y lo enciende. Le extiendo un casete de Lou Reed. Terminamos observando a oscuras el cielo raso no estrellado. De fondo, una voz ronca recita: First we take Manhattan, then we take Berlin… Me acuerdo.

Cuando nos visitan amigos, ponemos de costumbre canciones de Cohen. Tenemos favoritas, claro. Que se calle el mariachi y no llore la Sandunga, porque canta el canadiense. Escuchen. Si quieres un boxeador, subiré al ring para ti. Por ti. Que se callen la Sandunga y la Llorona que el poeta viste calzones de peleador, y botas rojas estilo Muhamad Alí. Formas y colores del amor, igual a las palabras. Apareceré desnudo con botas rojas, sin botas, sin pies ni brazos.

Igual he de abrazarte y cantarte y decirte que el frío en Takoma Park pasea con rastro de fantasma. La vecina observa tus pies elevados por sobre mis hombros desde la ventana. Y sueña.

Quise hacer un homenaje y me salen memorias de escupitajos multicolores, globos de carnaval redondos y alargados. No veo mejor manera de recordarte sino en las escalinatas de un hotel neoyorquino al lado de una mujer de melancólicos párpados. Sé que te gustaría así, sin apego a la norma y con un vaso de por medio.

Quizá no puedo recitar de memoria ninguna canción tuya completa, pero me las sé todas. Tarareo mal y peor canto. No importa. Decirte que duraste más que la conjunción de mis amores. Eso ya es prueba de fe, porque, además, a diferencia de ellas, o de algunas de ellas, te irás conmigo en la muerte, te llevaré en el fuego. Poseo dos cosas: mis recuerdos y olvido. Ahí perteneces y alrededor danza un festín de mujeres.

Hoy he retornado en las horas hasta veintisiete años atrás. Volver a los veintisiete, y encontrarme ajeno a la simple idea de que mucho después vas a morir. No imaginamos el tiempo pero está, toca, toca las líneas del reloj.

Un Cadillac corre por Constitución vacía en domingo. Lo maneja un esqueleto. Adiós, Marianne, adiós. Hasta luego, Leonard. Letra de tango: en la tarde que en sombras se moría…

Recurro a mi hija buscando el acertijo de la esperanza. Aly habla con Leonard Cohen y le dice: You will always be my man… Luces de bengala.

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