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Lenguaje que nos construye

Javier Mendoza plantea en su último libro la importancia de los idiomas para acercar a las culturas de Bolivia

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador - Periodista

00:00 / 24 de mayo de 2015

Hacernos una idea correcta de quienes somos resulta una tarea muy difícil, porque nos falta perspectiva para vernos bien, estamos demasiado cerca de no-sotros mismos. En lo físico, habitualmente recurrimos a mirarnos en un espejo e intentar reconocernos en la imagen que éste nos muestra de nuestro cuerpo. Javier Mendoza ha trasladado esta idea al terreno social y cultural para intentar explicar lo que son los bolivianos en general y los bolivianos hispanoparlantes en especial, y la ha plasmado en un libro titulado El espejo aymara. Ilusiones ideológicas en Bolivia, que presentará el martes en el Museo de Etnografía y Folklore (Musef).

Mendoza defiende que conocer al otro es siempre la mejor manera de conocerse a uno mismo, y más aún en un país como Bolivia, que alberga tantas culturas diferentes. Éste sería el auténtico sentido de la pluriculturalidad que, para que tenga sentido “tiene que ir mucho más al fondo que simplemente usar la danza y el folklore”. Los ciudadanos tienen que entender que “las 36 lenguas son 36 mundos diferentes” y que nunca conseguirán acercarse a los otros, ni a ellos mismos, si no comprenden bien estos mundos. “Los que hablamos español hemos impuesto nuestro mundo a los demás y nunca les hemos escuchado”, dice Mendoza. Así, los hispanohablantes nunca se han mirado en el espejo y, por eso, se han construido una idea equivocada de ellos mismos, son un mito para ellos mismos.

El análisis y desmontaje de los mitos históricos es una idea que conecta los libros más conocidos, y en algunos casos más polémicos, de Javier Mendoza. En La mesa coja (1997) y La duda fecunda (2001) desmintió lo que siempre se consideró la verdad sobre dos hechos de la historia de Bolivia: la proclama de la Junta Tuitiva y la fundación de Sucre. Según sus estudios, lo que cuentan los manuales de historia no es lo que realmente pasó, es un mito que nos contamos unos a otros y que se impuso con el tiempo. Es decir, es una fabricación social. Ahora Mendoza aplica su sistema de análisis a lo que él califica como “un nivel un poco más alto”: a las fabricaciones sociales de la población que habla aymara y de la que habla español, y a la idea que cada una se forma de ella misma al verse reflejada en la otra.

FILTROS. Cuando miramos y escuchamos lo que nos rodea, cada uno de nosotros “filtramos la información que recibimos, la interpretamos con las herramientas que tenemos en nuestro cerebro y la adaptamos a nuestras estructuras mentales” y así nos construimos una visión del mundo. Mendoza concluye este razonamiento añadiendo que el individuo se encuentra absolutamente condicionado por el grupo en el que vive, y finalmente es éste quien establece cuál es la visión correcta de la realidad. Y esta visión es diferente a la de otros grupos.

Cada una de estas visiones se construye en un idioma diferente. Mendoza sostiene que “la herramienta principal para interpretar, organizar y clasificar la realidad es lenguaje, que da valor a unas cosas y a otras, no”. Por eso, si una comunidad quiere conocerse bien a sí misma debe comprender lo que las demás piensan de ella y, para eso, es imprescindible comprender su idioma.

HUMILDAD. Pero Mendoza advierte que “los idiomas son seres vivos que están constantemente cambiando” y los unos dejan huellas en los otros: “se contaminan”. Los hispanohablantes bolivianos utilizan muchas palabras aymaras pero, en cambio, el aymara ha importado relativamente poco del castellano. Esto supone un cierto acercamiento entre ambas comunidades, aunque leve: “los que hablamos español en este país tenemos que evitar la arrogancia, ser mucho más humildes e intentar conocer mejor a los otros a través de su idioma”.

El espejo aymara quiere aportar a este acercamiento de una manera pedagógica. El autor dedica la primera parte a explicar brevemente las principales características de ese idioma y de su forma de percibir la realidad, y de comunicarse, incluso no verbalmente. A partir de eso profundiza en los diferentes conceptos —como el del tiempo— que tienen los aymaras y los hispanohablantes, y así encuentra pistas sobre cómo se podría acercar a mundos tan diferentes estudiando sus respectivos lenguajes.

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