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Líber, libertario

Creía que la cultura podía liberar a los obreros,  por ello hizo teatro y radio junto a ellos, y fue asesor cultural de sus organizaciones sindicales

Forti. Nació en Tucumán, Argentina, hace 95 años. Murió en Cochabamba el 11 de marzo.

Forti. Nació en Tucumán, Argentina, hace 95 años. Murió en Cochabamba el 11 de marzo. Foto: Alfonso Gumucio

La Razón (Edición Impresa) / Alfonso Gumucio Dagron - escritor

00:00 / 22 de marzo de 2015

Líber, libertario, anarquista, linotipista, teatrero, educador, linyera… caminante en las rutas que unen las ciudades de Salta, Córdoba y Tucumán en el norte argentino y las minas de Oruro y del norte de Potosí, a través de Villazón y los valles altos de Tupiza, esta cuna de ciudadanos cuyo empuje permitió, entre tantas otras iniciativas, alentar una vida cultural enriquecida por el grupo de Teatro Nuevos Horizontes y el programa del mismo nombre en radio Chorolque.

De Tupiza se fue a las minas, para trabajar codo a codo con esos dirigentes excepcionales —que ya no hay en estos días— para quienes el sindicato estaba antes que la pertenencia a un partido político, lo cual permitió fortalecer las organizaciones de los trabajadores por encima de las disputas partidistas. “Salud y RS”, la revolución como horizonte, “sin dios, sin patria, sin amo”. La patria de los humildes, de los que luchan, que es una patria sin fronteras y sin burocracias.

En ese espacio ejemplar de debate alentado por las radios mineras y los emblemáticos procesos de comunicación participativa que hoy son ejemplo en todo el mundo, siguió impulsando el teatro. Alguna vez que conversé con el gran Augusto Boal, este brasileño tan conocido por su “teatro del oprimido”, recordaba cómo Líber montaba las obras sobre la plataforma de un camión y la escenografía se iluminaba con las luces de los guardatojos de los mineros. 

La cultura como sustancia esencial en las luchas de liberación, porque un pueblo culto no puede ser sometido. “La educación por el arte”, decía, y sus planteamientos los desarrolló en un libro con 21 capítulos sobre “teatro” y 13 capítulos sobre “juego”, que debemos rescatar publicar en su integridad como parte de su legado intelectual. 

Como asesor cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y de la Central Obrera Boliviana (COB), Líber tenía muchas iniciativas que solamente la falta de recursos y algunas mezquindades políticas podían frenar. Conservo todavía el plan que diseñé con él y redacté en mi precaria máquina de escribir para llevar adelante un Cine Club Minero y realizar talleres de cine y de fotografía para los trabajadores interesados, entre muchas otras actividades que contenía el plan. Nos reuníamos largas horas en su oficina en la FSTMB para elaborar los detalles y buscar fuentes de financiamiento. Antes de que pudiéramos concretar estos sueños se produjo el golpe militar de Banzer.

Hablar con Líber era un placer interminable, o más bien —habría  que decir— escucharlo era un placer. Su manera explosiva de expresarse podría compararse a un río caudaloso que arrastra limo, material fértil, o quizás también a un árbol frondoso cuyas ramas crecen ante la mirada y se bifurcan indomables hacia todos lados.

Líber habla y todos callamos, no solamente porque apenas nos deja pronunciar una frase de vez en cuando, sino porque su palabra vuela como su pensamiento y se expresa con una lucidez atropellada que cuesta retener. Cuántas veces no hemos querido los amigos grabarlo, filmarlo, y qué pocas veces nos permitió hacerlo.Líber habla, recuerda historias y personajes, escarba en su inmensa memoria episodios y encuentros, y de pronto, según el interlocutor, se para de golpe y con interés genuino pregunta: “¿Y cómo está tu mamá, y tu hermana Emma sigue en París, y tu hermano Pedro, qué hace ahora?” Es con profundo cariño que se interesa en la vida de uno, no es una simple formalidad.

Leer las cartas que escribía en translúcido papel copia o papel cebolla, llenando cada hoja sin dejar márgenes, era como escucharlo hablar porque la puntuación casi inexistente, los párrafos largos y la manera abrupta de terminar cuando llegaba al final de la hoja, obligaban a un ejercicio de retener la respiración hasta el punto final. Atesoro muchas de esas cartas, que serán la base de un libro memorioso sobre Líber.

¿Cómo no enamorarse de un hombre con una humanidad tan grande? Me recuerda el verso de Walt Whitman: “Soy grande, contengo multitudes”. Ana, Nuria, Gisela… no solamente las mujeres se enamoraron de Líber, también los hombres, atraídos por su absoluta sinceridad, la sensualidad de sus palabras y ese par de ojillos que con el tiempo se fueron hundiendo, pero que nunca dejaron de brillar enviando mensajes a quien quisiera recibirlos. Mi último recuerdo de Líber, cuando lo visité en Cochabamba a fines de enero de este año, es su mirada, con la que decía todo lo que no podía expresar con palabras, porque la enfermedad lo había privado de ese instrumento que manejaba maravillosamente: la conversación.

Su casa siempre estuvo abierta para todos. El 19 de agosto de 2014  celebré con él, Humberto Vacaflor, Gustavo Soto, Lalo Soliz y unos pocos amigos su cumpleaños 95, comiendo sopaipillas y roscas de Potosí que Gisela había conseguido. Tomamos las últimas fotos que tenemos juntos.

Entre sus amigos más queridos, aquel que lo apoyó durante mucho tiempo y hasta el final sin aparecer en las fotos, está Tyrone Heinrich, empresario cruceño que garantizó la estabilidad económica de Líber multiplicando los panes como por arte de magia. No dejó ninguna necesidad sin cubrir, fue su discreto ángel de la guarda a través de los años y lo acompañó en su último viaje a Europa.

Líber nos deja su gran honestidad e integridad, su consecuencia libertaria, su manera de amar a la humanidad sin reservas: “Siempre con la vida, nunca con la muerte”. Su anarquismo genuino se expresaba de manera cotidiana, a borbotones de vida. Por eso fue tan duro estar con él tan callado en los últimos meses de su vida.

(Publicado originalmente en Bitácora Memoriosa, blog del autor.) 

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