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‘Las bellas durmientes’, el pesimismo de Marcos Loayza disecciona la maraña de la justicia

Pedestre. Luigi Antezana, el cabo Quijpe. Foto: Las Bellas Durmientes

Pedestre. Luigi Antezana, el cabo Quijpe. Foto: Las Bellas Durmientes

La Razón / Mabel Franco - Periodista

00:00 / 23 de diciembre de 2012

Un pesimismo lapidario es el que se pinta en la película Las bellas durmientes, de Marcos Loayza. La justicia es el objeto de tal sentencia. La lupa cinematográfica se centra en la célula de esa maraña llamada “administración de justicia”: un cabo de policía.

Quijpe (Luigi Antezana, creíble, entrañable, aunque por momentos demasiado contenido), el cabo, vive su prosaica existencia en una comisaría de la ciudad de Santa Cruz. Hasta que se produce un crimen, que luego serán varios, y como las víctimas son modelos de belleza, glamour y dinero, el caso adquiere ribetes de escándalo.

Las bellas aparecen plácidamente muertas en sus departamentos de lujo. Como la prensa pulula en busca de respuestas, el sargento (Fred Núñez, un personaje muy bien diseñado) hará lo posible por deshacerse del problema tan rápido como se pueda. Nada de complicaciones, lo que cuenta no es dar con el culpable: hay que cerrar el caso para seguir vegetando y llenando crucigramas en la oficina.

La celulita que es el cabo, movida por la curiosidad, intentará moverse  por sí sola. Pero el tejido no está dispuesto a perder la comodidad; el poder que se ha ido articulando a través de cargos y pirámides está para garantizar que nada cambie. Total, ha aprendido que basta con agarrar a un primer sospechoso, mandarlo a la cárcel sin juicio (quién sabe si lo habrá y cuándo) y entregarlo a la voracidad de los medios informativos, los que se encargarán de acallar a la sociedad  hasta el próximo show.

Loayza se propuso y lo logra, con el recurso del humor, destejer esa trama que como bolivianos reconocemos de inmediato. Nos reímos de la tragedia y así la miramos de frente; con lágrimas en los ojos quizás no podríamos verla. Y eso que Las bellas durmientes nos llega tal cual los sopapos que el sargento le propina al cabo librepensante.

 El objetivo del guionista y director se puede decir que tiene las condiciones básicas para llegar a su fin. Pero —y hay varios peros—, la película tiene problemas que resolver. Ojalá se pudiera, como en el teatro, acomodar cosas en el camino. No se puede.

¿Qué le falta? ¿Qué le sobra? Yendo por lo último, la música desentona desde el vamos. Omnipresente, redundante y hasta obvia (se pone, por ejemplo, ingenua cada vez que aparece la hija del cabo), distrae y pesa en la disolución de climas clave. Sobran también muchas de las tomas áreas de Santa Cruz, un elemento que más que contextualizar le resta rapidez a una trama que la está pidiendo a gritos.

Lo que falta, y no es poco, es darle personalidad a las bellas. Nunca, ni por un momento, se las siente, se conecta con las modelos: no son actrices, está claro, y quizás esto limitó la labor de dirección. Por eso, que se mueran, que alguien las esté matando (dejándolas con los ojos abiertos demasiado llenos de vida), no importa, no afecta.

Pesimismo, decíamos al principio. Quizás, en el extremo, librepensantes nos pongamos todos. Y en esto sí que Loayza nos echa el desafío.

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