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Ligeramente grave

El filósofo español reflexiona sobre la poesía de Wislawa Szymborska, recientemente fallecida.

Nobel. La poeta polaca, ganadora del Premio Nobel, murió el 1 de febrero.

Nobel. La poeta polaca, ganadora del Premio Nobel, murió el 1 de febrero.

La Razón / Fernando Savater - Filósofo / La Paz

00:00 / 12 de febrero de 2012

En uno de sus poemas —Contribución a la estadística— Wislawa Szymborska enumera cuántas de cada cien personas son las dispuestas a admirar sin envidia —dieciocho—, las capaces de ser felices —como mucho, veintitantas—, las que de la vida no quieren más que cosas —cuarenta, aunque quisiera equivocarse—, las inofensivas de una en una, pero salvajes en grupo —más de la mitad seguro—, las dignas de compasión —noventa y nueve— y acaba: “Las mortales: cien de cien. Cifra que por ahora no sufre ningún cambio”. Y sigue sin cambiar porque la propia autora acaba de confirmar la estadística con su muerte.

En otros muchos aspectos, por el contrario, fue la excepción. Su poesía es reflexiva sin engolamiento ni altisonancia, de forma ligera y fondo grave, directa al sentimiento, pero sin chantaje emocional. Breve y precisa, escapa a ese adjetivo alarmante que tanto satisface a los partidarios de que importe el tamaño: torrencial. Sobre todo nos hace a menudo sonreír, sin incurrir en caricaturas ni ceder a la simpleza satírica. Lo más trágico de la poesía contemporánea no es lo atroz de la vida que deplora o celebra, sino la falta de sentido del humor de los poetas.

De esta frecuente maldición escapa, risueña y agónica, Szymborska: ¿cómo podría uno renunciar a ella? Hija —y luego, con los años, algo así como hada madrina poética— de un país europeo que apuró el siglo XX hasta las heces y padeció dos totalitarismos sucesivos, en su caso la duradera atrocidad jugó a favor de su carácter: le dio modestia, le dio recato, le dio perspicacia y le permitió distinguir entre lo que cuenta y lo que nos cuentan. Carece de retórica enfática, pero eso no disminuye su expresividad, sino que la hace más intensa por inesperada. Cuando comenzamos a leer uno de sus poemas nos ponemos a favor del viento, para recibir la emoción de cara, pero nos llega por la tangente y no para derribarnos, sino para mantenernos en pie. Confirma nuestros temores sin pretender desalentarnos: sabe por experiencia que todo puede ser política, pero también nos hace experimentar que la política no lo es todo. Se mantiene fiel, aunque con ironía y hasta con sarcasmo, a la pretendida salvación por la palabra y, sin embargo, nunca pretende decir la última palabra: porque en ese definitivo miramiento estriba lo que nos salva.

Nadie ha sabido conmemorar con menos romanticismo y con mayor eficacia el primer amor, cuya lección inolvidable se debe a no ser ya recordado… y por tanto acostumbrarnos a la muerte. Se dedicó a las palabras con delicadeza lúdica, jugando con ellas y contra ellas, pero sin complacerse en hacerlas rechinar. Como todo buen poeta, fue consciente de su extrañeza y hasta detalló las tres más raras de todas, las que se niegan a sí mismas al afirmar: “Cuando pronuncio la palabra Futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado. / Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo. / Cuando pronuncio la palabra Nada, creo algo que no cabe en ninguna no-existencia”.

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