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Lincoln

Spielberg prefiere al Lincoln trágico de carne y hueso que al héroe ideal y sin fisuras

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La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 03 de marzo de 2013

En tributo a ‘Chesco’ Díaz

La enésima reflexión a propósito de la soledad y el poder, dos maneras de estar en el mundo, estrechamente ligadas según insisten todas esas miradas detrás de las bambalinas y los oropeles de una de las tres cuestiones por las cuales los hombres son capaces de lo que fuera. Las otras, se sabe, son el sexo y el dinero. Lincoln, película en buena medida atípica en la filmografía de Steven Spielberg, es, o a mí al menos así me pareció, sobre todo una disección de esos momentos en los cuales los poderosos advierten que se encuentran absolutamente solos a la hora de tomar las pocas decisiones que en verdad importan. En el caso del decimosexto presidente norteamericano, en cuyos últimos cuatro meses de gestión —y de vida— se concentra el relato, a las dificultades de la situación política se suman las tribulaciones de su conflictiva vida matrimonial y las interpelaciones de un hijo que, sin decirlo explícitamente, pelea para ser él mismo contra la sombra aplastante de su padre.

Alejada de la espectacularidad y de los efectos que en muchos casos le fueron endilgados a Spielberg como una manera de aterciopelar las rugosidades de la vida real, Lincoln otorga la primacía a la palabra —y a las morosas conversaciones del protagonista con adherentes y antagonistas— en desmedro de la acción. Deja, así, pocos momentos para mostrar los horrores propios de la Guerra de Secesión que aspira a terminar, mientras consigue hacer aprobar la famosa XIII Enmienda a la Constitución, en virtud de la cual quedó abolida la esclavitud. Dos propósitos que a juicio de sus colaboradores, en particular del secretario de estado William Seward, resultaban inalcanzables al mismo tiempo.

Así, la narración se concentra en el primer cuatrimestre del año 1865, un momento histórico denso durante el cual se desarrolló la votación de la Enmienda, tuvo lugar la derrota del bando secesionista y el presidente acabó asesinado en un teatro. Spielberg evita mostrar directamente esta última escena, ilustrando con esa opción las premisas que definieron su manera de acercarse a un personaje varias veces antes retratado por el cine.

La primera en 1930, cuando D.W. Griffith debutó en el cine sonoro con un Abraham Lincoln que se limitaba a mostrar momentos de la vida del personaje en un tono de exaltación contradictorio con las opiniones, más bien conservadoras, que el gran director-sistematizador de la gramática narrativa fílmica había exhibido a lo largo de su carrera. El otro “biopic” mencionable fue El joven Lincoln (1939) de John Ford, relato de los primeros tramos de su carrera de abogado en un pequeño pueblo de Illinois, contados por el director con su ironía usual.

Spielberg, quien por su parte ya abordó en dos películas previas la época de la esclavitud —El color púrpura (1985) y  Amistad (1998)—, busca aproximarse al político, a la persona, y no tanto al prócer. No rehúye, sin embargo, los claroscuros del comportamiento de un hombre testarudo que autoriza comprar los 20 sufragios demócratas necesarios para ganar la votación en la Cámara de Representantes a cambio de promesas de cargos y otros beneficios, o dilata la posible solución a la contienda bélica para obtener primero el triunfo en la votación, aun si ello supone admitir que continúe la carnicería de cuatro años. Podría entenderse tal descripción de las chicanas políticas como una legitimación del vale todo, del fin que justifica los medios, pero más bien pareciera un saludable reconocimiento de elementos que la historia oficial suele barrer bajo la alfombra.HISTORIA. Esa admisión del pragmatismo tan alejado de la idealización que pudo haber tergiversado la historia tal como fue, aparece algo asordinada en la exposición de los motivos por los cuales Lincoln confronta con el abolicionista radical, su compañero de partido Thaddeus Stevens, dando lugar a una presumible confusión para quien ignore los detalles de aquellos episodios históricos. Y es que Lincoln no fue nunca un profeta de la igualdad entre las razas, como pudiera colegirse a pesar de todo el esfuerzo del director para sortear la canonización icónica, tal como dejó dicho, sin lugar a dudas, en una declaración de 1862, al comenzar la Guerra Civil: “Mi objetivo supremo en esta lucha es salvar a la Unión, y no el de salvar o destruir a la esclavitud. Si pudiera salvar a la Unión sin liberar a ningún esclavo, lo haría; su pudiera salvarla liberando a todos los esclavos, lo haría. Y si pudiera salvarla liberando a unos y no a otros, también haría eso”. Su objetivo apuntaba más bien a debilitar las bases económicas de ese Sur al que consideraba justamente un peligro latente para la Unión, y por ende para consolidar las bases del futuro poderío norteamericano.

Visualmente la película está construida con un tono de daguerrotipo que contribuye a reforzar la verosimilitud del relato, apoyado esencialmente en el ya conocido talento camaleónico de Daniel Day-Lewis que compone a la perfección a un hombre avejentado, levemente encorvado por las cargas, reales y metafóricas, que lleva encima, pero aun así lleno de la energía y la determinación necesarias para consumar sus propósitos. Todos los directores que contaron con el notable actor londinense se vieron obligados a lidiar con su capacidad de fagocitar todo lo demás. Spielberg pudo salir bien librado, entre otras cosas gracias a otros desempeños igualmente destacables, en particular los de Tommy Lee Jones en el rol de Stevens y el de Sally Field en el de la problemática esposa de Lincoln.

Por lo demás, su pulso narrativo sobresale en momentos del relato en los cuales resultaba un tanto engorroso no perder el interés del espectador, por ejemplo en los detalles de la votación que aparecen cargados de un suspenso logrado a base de un manejo puramente cinematográfico.

En buenas cuentas, Lincoln acaba dejándonos en presencia de un personaje trágico de carne y hueso, resultado digno de elogio en un cine que por lo general prefiere las exaltaciones monocromáticas orientadas a celebrar los éxitos y las fulguraciones históricas con propósitos de propaganda que esta obra de madurez de Spielberg quiere y consigue evitar. En tal sentido me parecen deleznables los reparos de impostación en tono de excesiva seriedad que se le han hecho.

Ficha técnica

Título original: Lincoln. Dirección: Steven Spielberg. Guión: Tony Kushner. Novela: Doris Kearns Goodwin:   Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln. Fotografía: Janusz Kaminski. Montaje: Michael Kahn. Arte: Curt Beech, David Crank, Leslie McDonald. Música: John Williams. Producción: Kathleen Kennedy, Jonathan King, Daniel Lupi, Kristie Macosko, Jeff Skoll, Adam Somner, Steven Spielberg. Intérpretes: Daniel Day-Lewis, Sally Field, David Strathairn, Joseph Gordon-Levitt, James Spader, Hal Holbrook, Tommy Lee Jones, John Hawkes, Jackie Earle Haley, Bruce McGill, Tim Blake Nelson, Joseph Cross, Jared Harris, Lee Pace. USA/2012.

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