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El proceso de cambio visto por un pasajero

‘El blus del minibús’ explora las transformaciones de La Paz y de Bolivia a través de las historias que cada día se escuchan, se viven y se comparten en el transporte público.

Foto: Ignacio Prudencio

Foto: Ignacio Prudencio

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

13:26 / 22 de febrero de 2016

El escritor hispano-boliviano Antoine Rodríguez-Carmona ha hecho de una actitud muy europea un instrumento creativo: “como en Madrid era estudiante y nunca pude moverme en taxi, que es muy caro, le tomé aversión y aquí tampoco lo he usado nunca”. De esta forma, en 12 años se ha recorrido La Paz de arriba abajo —una expresión muy apropiada para una ciudad que él califica de “geografía inviable” por sus cuestas— en transporte colectivo, con los oídos bien receptivos y el cuaderno de notas abierto. Así ha tomado el pulso a la gente, a la lengua popular y a la vida cotidiana y, a través de ellas, a la profunda transformación que han experimentado Bolivia y La Paz en estos años y que queda reflejada en El blus del minibús, un libro publicado por Plural Editores y que se presenta el jueves en el Centro Cultural de España en La Paz (CCELP).

Los 14 relatos cortos que componen el volumen tocan con tino varios géneros y estilos y van evolucionando del primero al último. Pasan de una primera historia —sobre una peluquería en San Pedro— llena de tintes costumbristas y románticos a la ficción más pura con un toque de realismo mágico, pero sin perder nunca una línea común que consigue que el libro tenga una fuerte unidad. Lo que lo atraviesa es la voluntad de llegar a lo universal del ser humano teniendo siempre presente lo peculiar de los paceños: una forma especial de hablar, de mirar el mundo y de relacionarse entre ellos que quizás alcance su mayor expresión en el reducido espacio del minibús y que el autor logra retratar sin caer en la tentación de la caricatura.

Tras sus innumerables viajes por las laderas, Rodríguez-Carmona consigue dar el paso decisivo y convertirse en bastante más que un mero observador participante, un extranjero integrado pero extranjero al fin. Incluso escribe en un español muy paceño, que poco tiene que ver con el que se habla en su Madrid natal, donde quienes han leído el libro dicen que no lo entienden del todo. “Para mí, llegar aquí fue redescubrir el castellano, ver que se construía de una manera diferente, con el verbo al final, quitando artículos, con el doble posesivo, algo que podía ser mucho más rico que lo que yo conocía… y me fui mimetizando”. Ha recibido buenas opiniones sobre su español tan permeado por el de aquí, e incluso en algunos casos le han dicho que al leer el libro nadie dudaría de que el autor es criollo de nacimiento, que el lenguaje es “recontra boliviano”.

Conversaciones. Pero no fue el minibús la primera veta de trabajo. Rodríguez-Carmona empezó escribiendo sobre el proceso de cambio, que encontraba apasionante y que él vivía bastante de cerca. Le interesaban no tanto sus protagonistas activos como los pasivos, aquellos que se iban quedando atrás, como los oenegeros que pierden su oenegé sin darse cuenta, el político del MNR que sigue moviéndose en radiotaxi a pesar de no poder permitírselo porque está lleno de deudas, o el dirigente de un club de fútbol que es sustituido por un indígena. Poco a poco todas las historias y anécdotas que fue acumulando por años empezaron a confluir gracias a las conversaciones que escuchaba en el transporte público y en las que se podía rastrear la presencia de todos esos personajes.

A través de ellos se reconstruye la vida de “una ciudad única, que no se parece a ninguna otra, que a veces es lúgubre, casi siempre es mágica, en la que hay personajes muy literarios, desde un paseante cualquiera hasta Jaime Saenz o Víctor Hugo Viscarra”. Aunque el proceso de cambio de la última década la ha transformado mucho, lo que se aprecia una vez más sin bajarse del minibús: “los maestros ya no son tan maestros, y ahora hay muchos changos al volante que no tienen la misma sabiduría. Ya casi no quedan voceadores, incluso hay minibuses con puerta automática”.

Rodríguez-Carmona no ha tomado mucho el PumaKatari pero sí el teleférico, en el que también encuentra historias dignas de ser contadas, como las reuniones de vecinos para determinar dónde se plantaban los postes o la sorpresa de muchos pasajeros ante tamaño despliegue técnico. Aunque no va a poder contarlas porque dice que le faltaría implicarse un poco más, y también porque a partir de ahora pretende tomar algo de distancia literaria de La Paz y escribir sobre historias también universales, pero menos ancladas en la hoyada.

El autor piensa dedicarse más a la novela y situar sus tramas en otras ciudades y otros momentos históricos. Así le va a costar más aprovechar el transporte público para inspirarse porque “aquí está lleno de vida, mientras en otros lugares es mucho más aséptico; en Madrid, por ejemplo, incluso tiene wi-fi, lo que aleja los pasajeros e impide que se escuchen tantas historias interesantes”.

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