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Llamada silenciosa

Un cuento del escritor Róger Otero Lorent, nacido en  Santa Cruz en 1981, ganador en cinco ocasiones del Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra

Foto: David Hockney

Foto: David Hockney

La Razón / Róger Otero Lorent - escritor

00:00 / 31 de marzo de 2013

En esta historia no hay escenas de sexo, explosiones ni asesinatos. Este cuento no serviría para una película jolivudense o bizarra, o pulp. Ni siquiera hay un romance dramático. Sí hay un chico y una chica relativamente jóvenes que se aman y luego dejan de amarse, y cuando sucede la ruptura no pasa nada excepcional. El final de la relación era previsible para ambos, así que, muy conscientes de su edad, cuando deciden romper no hay amenazas de suicidio ni llantos ni nada por el estilo. Intercambian frases de nostalgia, eso sí, y se desean el mejor de los éxitos. Luego se van de la heladería donde estaban (supongamos que era una heladería) y tras un paso, el primero dado en la calle, espalda con espalda, respiran libertad. El muchacho digamos que se llama Carlos… Carlos se dirige a su casa luego de terminar con la muchacha que apodaremos Wanda y a quien me imagino como una virtuosa de las curvas que escandalizan y de los ojos claros que contrastan muy bien con la piel.

Pero Carlos no puede llegar a casa. Ha recordado que hoy mamá ha contratado a una empresa de fumigación. Es día de exterminio de chulupis y lagartijas. Así que vira en sentido contrario y se mete por la primera calle que aparece, sigue recto cinco cuadras, dobla una a la izquierda y luego otra a la izquierda y luego una a la derecha. Entonces se detiene, ve una iglesia al frente y se da cuenta de que se ha perdido, en un sentido relativo. Sabe dónde está, lo que no sabe es cómo llegar adonde su amigo Nicanor Parra. Así es, por esas injusticias de la vida hay un muchacho, amigo de Carlos, que se llama igual que el poeta chileno, aunque no tiene la menor idea de que su nombre le pertenece a alguien que hace poemas. No se reiría, se avergonzaría. Porque así es Nicanor Parra, amigo de Carlos, un pelotudo acomplejado, de esos que dan vueltas y vueltas en su coche último modelo en busca de aventuras que casi siempre involucran alcohol y sexo violento. Pero como ya se advirtió en un inicio que ésta no sería una historia de sexo, se excluirá y me abstendré de contar de la vez que violó a una muchachita de 14 años, prima suya y huérfana de padre y madre, virgen y traumatizada con los amores no correspondidos. ¿Entonces supondremos que Carlos es igual de estúpido que Nicanor Parra? No, no lo es. Carlos es inocente e ingenuo. ¿Entonces por qué quiere visitar a Nicanor Parra? Pues porque a mí me da la gana. Quiero que visite a un hijo de puta. Por eso ahora hago que Carlos se acuerde dónde queda la casa de este tipo con nombre de poeta y luego de haber rezado tres padrenuestros y haber confesado que se comió los chocolates de su hermanita Sofía sin su aprobación, parta hacia la casa en cuestión, no demore en llegar y toque a la puerta. Lo hace. Escucha una voz que proviene de adentro que le dice que entre. Carlos entra porque reconoce a Nicanor Parra en ese ruido sin eco.

El amigo está en calzoncillos, echado en la hamaca. Conforme Carlos se acerca, advierte su impudor, además de ver que fuma un atadijo pequeño de papel luminoso. ¿Querés?, pregunta Nicanor. No, gracias, dice Carlos. Se produce un silencio. Ambos se miran detenidamente a los ojos. ¿A qué viniste?, pregunta Nicanor. No lo sé, responde Carlos, quien aburrido de la situación se sienta en una silla cercana a la puerta de ingreso a la sala. Ellos están en el pasillo, un pasillo muy largo que pareciera no tener final porque allá a lo lejos sólo se proyecta oscuridad. Seguramente porque tuerce. Este pasillo, pregunta Carlos, ¿adónde sigue? Nicanor Parra levanta la cabeza, que tenía hundida en la hamaca, para fijarse de qué le habla el impertinente este. Ah, ¿ese pasillo?, dice Nicanor Parra y se vuelve a hundir en la hamaca, no lo sé. Ahora le da una pitada profunda al pitillo y al expulsar el humo sonríe, mira el pitillo, luego observa detenidamente a Carlos y dice otra vez no sé. Y se ríe. Y deja caer su cabeza en el fondo de la hamaca.Carlos piensa en Wanda, en qué estará haciendo en este momento. Pero no puede imaginar nada más que su rostro. Quiere, quisiera ir más allá que su rostro, darle sentido a ese rostro que no ríe, pero tampoco está triste, sólo está ahí, inexpresivo. Debo irme, dice Carlos, pero Nicanor no escucha, sigue riendo a bajo volumen, por lo que Carlos tampoco escucha que Nicanor ríe. Carlos vuelve a decir debo irme. Pero no lo hace. Está por decirlo una vez más cuando suena el teléfono. Carlos escucha unas pisadas de tacones. Aparecerá la sirvienta, piensa. Y así es, unas piernas gordas, con pelitos duros mal rasurados y con várices azules y verdes surgen desde el fondo del pasillo. Carlos no levanta la mirada, permanece inamovible, incluso cuando la empleada le dice, es para usted, joven. Se lo tiene que repetir tres veces para que Carlos escuche y se dirija al teléfono. Coge el auricular, se lo pone en la oreja y pregunta quién es, pero nadie responde. Pregunta quién es cinco veces y nadie contesta. Luego se le ocurre preguntar cómo ha sabido encontrarlo en casa de su amigo Nicanor Parra. Pero al otro lado quien llamó sigue sin manifestarse. Carlos está a punto de colgar cuando del otro lado una voz asexuada dice, no colgués, y Carlos pregunta, por qué. Del otro lado quedan en silencio. Carlos repite siete veces por qué no debe colgar.

Porque si colgás el auricular ya no habrá historia que contar. Carlos queda pensativo un momento, ve a Nicanor Parra hundido en la hamaca y pregunta, ¿qué pasaría si cuelgo de todas formas? Que luego dejarías de existir, responde la voz asexuada del otro lado. Carlos, azorado, pregunta por qué podría dejar de existir. Del otro lado no responden, y Carlos debe reiterar la pregunta diez veces. Finalmente, la voz asexuada responde, sencillamente porque a mí me da la gana. Carlos queda en silencio un momento. Está a punto de decir algo, pero se arrepiente. Luego le entran ganas de estar solo. El auricular inicia su descenso, sencillamente porque a Carlos no le han dado ganas de hablar del asunto.

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