Tendencias

Llegó el futuro que no había

El punk, el movimiento más contestatario, cumple 40 años aún presente por sí mismo pero, sobre todo, en las tribus urbanas actuales.

El punk

El punk Foto: pinterest.com

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo / La Paz

09:00 / 01 de noviembre de 2016

Resulta que el punk, ese movimiento que se consagró porque gritaba alto, fuerte y desafinado el slogan “¡No hay futuro!” ha llegado a cumplir 40 años. Fue parido el 6 de noviembre de 1976 en la primera presentación del grupo de rock Sex Pistols, en una noche con la que arrancó un terremoto que en pocos meses puso patas arriba la música popular en todo el mundo y que, sobre todo, dio sentido completo a la idea de la tribu urbana. Por su reivindicación del derecho a pasarlo muy bien tocando muy mal, su vestimenta estrafalaria y sus ideas y prácticas anarquistas, el punk supuso una patada al sistema que aún retumba en la estética y el ideario de la mayoría de las tribus urbanas del mundo que, lo sepan o no, le deben casi todo.

Entre las clases proletarias de Gran Bretaña y Estados Unidos de principios de los años 70 rebosaban los jóvenes desencantados con el estilo hippie del “paz y amor” y que buscaban otra forma de gritar su enfado con un sistema de pocas respuestas y muchas exclusiones. Por eso exteriorizaron su irreverencia con exceso de cuero, tachas, botas y el cabello más extravagante de la historia de la moda. En el planeta de la música triunfaban megabandas de rock sinfónico y psicodélico, de composiciones exageradamente técnicas, escenarios enormes y grabaciones muy costosas, dando vida a una corriente que poco tenía que ver con el mundo en el que vivían los jóvenes de los barrios de clase media-baja, quienes no lograban identificarse con aquellas estrellas de un Olimpo moderno.

Pioneros. La banda Secuencia Progresiva, una de las representantes del movimiento punk, en el barrio de Villa Armonía y en toda Bolivia.

Así nació una de las ideologías más irreverentes, que infectó su sonido y su estilo de vida a jóvenes en el mundo que también se identificaban con la desaforada propuesta del “No hay futuro”. Y algunos se lo tomaron muy en serio, como fue el caso de Sid Vicious, de los Sex Pistols, quien a los 21 años cumplió otro principio básico del punk: “Vive rápido, muere joven y harás un bonito cadáver”.

Estos rasgos tan particulares del movimiento punk hacen muy arriesgado afirmar que en Bolivia este género de ritmo simple, con canciones rápidas y cortas y fáciles de tocar haya nacido bajo las mismas tendencias. Desde el primer acorde y hasta mucho tiempo después, el rock, la cadencia que le cambió el ritmo al planeta, en Bolivia fue abrazada casi en su integridad por círculos socialmente privilegiados que —ya fuese por acceso o disponibilidad o el momentáneo frenesí— se rindieron ante esa subcultura que terminó borrando fronteras.

Con el punk sucedió algo parecido. Pero ello no significa que un puñado de seguidores nacionales no haya levantado el estilo de estética estrafalaria y anticonvencional como bandera para expresar su inconformismo y medida insolencia y darle un aire propio, que se podría definir como Punk con llajua, según decía en 1998 un casete de la banda 3.18. Entre estas agrupaciones, Secuencia Progresiva, desde las calles de Villa Armonía, trató de reivindicar el género sin adornos de la mano de los hermanos Luis y Amilcar Tórrez, cuya banda de cabecera eran los Sex. Este grupo tuvo una carrera fugaz que fue retomada el año pasado con el relanzamiento de su casete Salar en formato digital. Títulos como Chicas cuadradas, Alternativa mental, Bragueta punk y Hemorroides cerebral del sistema lo dicen todo.

Otra de las bandas pilares del menguado movimiento fue Scoria y también tenía como protagonistas a dos hermanos, Sergio y Edgar Mendieta, que habían crecido bajo el sonido de denuncia de los españoles La Polla Records y Pabellón Psiquiátrico, los nuevos referentes del punk en nuestro idioma, además de los argentinos Los Violadores. Los Scoria tuvieron que pelearla entre un ambiente con predilección hacia el thrash metal, y de hecho el nombre obedece a un sentimiento de discriminación que cosechaban a cada concierto y que finalmente no los amilanó, los condujo a componer diatribas como Corruptocracia (1995), Antibolivia (2000) y Resistencia (2004), entre otros discos.

Autorev (en principio Autorevolución), publicó un casete, Supay (viene del aymara y significa Diablo) y Los Tuberculosos, entre otras agrupaciones, como 3.18 (en referencia a un código policial) también intentaron apuntalar la propuesta contracultural, pero lo cierto es que el punk en Bolivia nunca la tuvo fácil.

El hecho de que los escenarios que cobijaron al movimiento fuesen La Roquerón de San Pedro, o los salones de Villa Dolores en El Alto —destinados a la recepción de prestes— hablan claro de unas carencias que alejaron al punk boliviano de otros géneros del rock que sí se auparon a la estantería para hacerse muy visibles y masivos en el mercado nacional. Por eso quizás el punk boliviano pueda ser considerado el más punk de todos los punks, ya que desde el comienzo cumplía a rajatabla el principio básico fundador de “No hay futuro”.

Actitud. Muchos jóvenes mezclan lo local global en un caleidoscopio contracultural y contestatario cuyos sonidos y principios derivan del nihilismo punk.

Corrientes alternas y juveniles

Patricia Flores - feminista Queer

Cotidianamente la juventud se adueña de plazas, esquinas, zonas y barrios en los que se alimentan complicidades e intercambios musicales, y literarios, pasiones, anhelos, desamores. Muchos son los jóvenes que enfrentan la ausencia de sus progenitores y la migración en medio de los apabullantes universos urbanos y la interconexión de las redes. Paradojas que juntan lo global, lo local y lo fraterno para configurar la identidad juvenil dentro de caleidoscópicas vertientes culturales y contraculturales. Uno de los puntos geográficos en el que convergen esos universos sigue siendo la Feria 16 de Julio de El Alto, el mercado de cosas usadas más grande, mágico y surreal del país, un espacio en el que el desperdicio tiene valor y lo insólito cobra sentido ante las diversas necesidades.

Un mundo en el que se encuentran joyas de punk, metal, new age, rock clásico, post-punk, new wave, rock alternativo, grunge, disco, house, electrónica, dance punk… Y, claro, secciones especializadas de hip hop, rap y el universo musical asiático. El K.pop —música procedente de Korea— ha seducido a la juventud alteña y hay cultores, vendedoras y vendedores verdaderamente expertos en sus tendencias, rankings y bibliografía complementaria.

También está disponible la indumentaria necesaria para complementar las preferencias musicales y que son indispensables en esas búsquedas identitarias ya no solo juveniles. Mucha ropa de segunda mano sobre la que se ha llegado a un alto grado de especialización, con pequeños enclaves para las distintas tendencias y con diversos precios dependiendo de la rareza, marcas y estado de la prenda. Jóvenes punks, rockeros, darks y hippies encuentran allí piezas de colección en cuero, algodón o rayón, algunas de firmas exclusivas de las pasarelas europeas.

En la Feria 16 de Julio muchos jóvenes, por necesidad, venden sus propias pertenencias, sus joyas musicales o sus piezas de colección. Algunos incluso generando pequeñas redes de intercambio para enfrentar las limitaciones económicas o la precariedad de las políticas estatales en educación y salud principalmente. Así abren fisuras que dan paso a la creatividad revirtiendo los estudios e informes policiales que les siguen cosificando en la vereda de la inseguridad ciudadana, el pandillaje, la marginalidad, el alcoholismo, la violencia, el embarazo precoz, el aborto o la drogadicción. Una creatividad que se canaliza en esos enclaves culturales pero que se asienta también en otras zonas de El Alto y diversos barrios del país, incluidas zonas de afluencia turística como la Isla del Sol, Uyuni o distritos mineros como Llallagua.

Este universo caleidoscópico y juvenil, heredero de la contracultura que los punks primigenios llevaron a todo el mundo, transita por diversos escenarios de internet, donde los jóvenes bolivianos intercambian música y cultura con sus pares europeos, asiáticos, palestinos, iranís, norteamericanos y, por supuesto, de sus entornos locales. Son escasas las emisoras que han puesto atención a esas demandas comunicativas, pero también hay FM’s que transitan en la cultura alterna luchando por sobrevivir ante la ausencia del apoyo de la publicidad gubernamental o privada.

Jóvenes alteños que a través de formas de vestir, de escuchar y disfrutar la música podrían acercarnos a las “culturas híbridas” de las que habla García Canclini pero también a las de los aymaras orgullosos de su origen. Porque, en medio de las contradicciones y de esas identidades cambiantes, ambiguas y flexibles, sus respuestas a la crisis y a las paradojas de la ciudad se definen como espacios de autonomía cuyo significado es el derecho a vivir y soñar, a pesar de no tener tierra ni trabajo seguro. Por eso, sus ansias de ser en medio de la discriminación y la pobreza se leen en graffitis que gritan: “¡Estamos vivos, Q’put’s!”

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia