Tendencias

Lou Reed, cronista musical del lado salvaje

A sus 71 años murió el poeta eléctrico, el compositor de ‘Transformer’ y ‘Berlín’.

La Razón / Rubén Vargas

00:00 / 03 de noviembre de 2013

Dicen que escuchar algunos de sus discos es como leer una novela.  Una novela negra, en todo caso, a veces un poco truculenta, pero también llena de lirismo y de personajes memorables. No en vano sus maestros antes que músicos fueron escritores. El desdichado Delmore Schwartz—fue su profesor en la universidad de Syracuse a principios de los 60— y Edgar Allan Poe. Otro desdichado. De éste último quiso heredar la elegancia y la precisión de su prosa para ponerla al servicio de sus canciones, pero lo más seguro es que heredó su pinta de cuervo, un gran cuervo de chaqueta de cuero negra y cara de pocos amigos.

Lou Reed tenía 71 años cuando murió el domingo 27 de octubre en Long Island, Nueva York. Había sobrevivido a tantas cosas a lo largo de su vida, pero no sobrevivió a su propio hígado. O, mejor, a uno ajeno. Murió, dicen los médicos, por las complicaciones de un transplante que le hicieron en abril de este año.

Para empezar, Lou Reed sobrevivió a los famosos años 60. Cosa nada fácil si el sujeto en cuestión es músico, es poeta, tiene ideas propias y vive en Nueva York. Esa especie de happening continuo y florido que fueron los 60 en la memoria idílica de Norteamérica tuvo sus trovadores. Poetas y cantantes que con muchos matices —Bob Dylan, Paul Simon, Leonard Cohen y compañía— le dieron la dosis de utopía que necesita toda época para entenderse y para trascender.

Pues bien, Lou Reed se instaló en el centro de su época a contracorriente de los sueños utópicos y psicodélicos dominantes. No fue el trovador de los 60 sino su cronista, el cronista del lado menos amable de esos años, el cronista de la acera oscura y salvaje de la vida. Eso lo hizo diferente. En 1964, con el padrinazgo de Andy Warhol —la figura y el figurín de la movida artística neoyorquina— creó The Velvet Underground, un grupo que puso al rock dos pasos por delante del propio rock y que para muchos —hoy como ayer— sigue siendo tan difícil de digerir.

El disco emblemático de esta agrupación es, por supuesto, The Velvet Underground & Nico (1967) y las canciones obligatorias: I’m Waiting for the Man, Heroin —dos canciones que se sumergen con crudeza en la narración de los mundos marginales— y, en la otra mano, una pieza de agudo lirismo, I’ll be yuor Mirror, cantada con la protegida de Warhol, la alemana Nico.  

Pero Lou Reed también sobrevivió a The Velvet Underground. Lo que quiere decir, en buenas cuentas, que sobrevivió a los 15 minutos de gloria que Warhol prometía a todos los seres humanos como un derecho. Pero, en todo caso, a esa altura            —The Velvet se disolvió en 1970—, el vil mercado ya se había tragado a la vanguardia (Warhol fue el oficiante mayor de ese lucrativo festín) y los sueños de paz y amor terminaron en tres días de insomnio, drogas y rock and roll en Woodstock.

En 1972 —ya solo pero también  solitario—, grabó Transformer y un año después, en 1973, Berlín. En esos discos ya está el Lou Reed más pleno. El novelista de la canción.

Transformer contiene algunas de sus obras más conocidas y reconocidas: Walk on the Wild Side —un paseo por la sordidez urbana sin retaceos—; Vicious —cínica confesión de su propia adicción—; y Perfect Day, un poema perfecto con las notas perfectas como promete su título; una postal de la vida urbana del más refinado lirismo.  

Berlín es, propiamente, la novela: una pareja de jonquis terminales refugiados en la ciudad oscura, con niños llorando en los pasillos y suicidios incluidos. El infierno de los perdedores a la vuelta de la esquina. Quizás es su disco más ambicioso; quizás también el más logrado.  Esa densidad sólo la volvería a repetir en New York (1989). Una crónica de amor-odio a su ciudad.

Pero ya es hora de volver al principio porque en el principo está el final. En 2003 grabó el disco The Raven, un elaboradísimo homenaje a Edgar Allan Poe lleno de sutilezas musicales que incluye la participación de su esposa Laurie Anderson y una inolvidable lectura del poema El cuervo por Willem Dafoe. Ese disco fue —ahora lo sabemos— su verdadera despedida. Lo demás no importa.

No, en verdad, lo demás importa: son sus canciones ya liberadas de su autor. Por eso si alguna vez escuchas que alguien canta “Seré tu espejo; reflejaré lo que eres, en caso de que no lo sepas; seré el viento, la lluvia y el ocaso; la luz en tu puerta para mostrarte que estás en casa”, no lo dudes. Nadie, nunca, volverá a hablar así de esa cosa que todavía llamamos amor.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia