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Lucy

El filme de Luc Besson es un suntuoso paquete audiovisual, pero sin nada dentro

Bella. Scarlett Johansson interpreta a la heroína de la película de Besson. Foto: gameit.es

Bella. Scarlett Johansson interpreta a la heroína de la película de Besson. Foto: gameit.es

La Razón Digital / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 26 de octubre de 2014

Hace ya algunos años que cierto sector de la crítica viene insinuando que al director galo Luc Besson le caería de perillas una pericia psiquiátrica. Alguno se animó incluso a proponer una tipología para ese presunto desajuste: filmorrea, kinorragia o síndrome de incontinencia cinematográfica. De este mal  serían síntoma inocultable los cuatro largos producidos y/o dirigidos por el nombrado en 2014. Otros pusieron directamente en cuestión la caótica manera narrativa de buena parte de sus trabajos, jugados al descontrol espectacular, pero sin sustancia.   

Dependerá mucho si usted se toma en serio Lucy, el último emprendimiento de Besson, para sumarse a la sugerencia de los referidos cronistas o si, por el contrario, sintoniza con el talante al parecer autoparódico del realizador, que pareciera empeñado en esta película en doblar la apuesta llevando al paroxismo su estilo hiperactivo. Así podría dejar en curva a sus detractores mostrando que nunca dejó de juguetear conscientemente con el absurdo, despreocupándose de la verosimilitud para proponer un puro ejercicio de formas.

En 1974 Donald Johanson descubrió en Etiopía el esqueleto fosilizado del homínido más antiguo encontrado hasta entonces. Lo bautizó Lucy y desde entonces sus colegas la consideraron “la madre de la humanidad”. Su homónima contemporánea vive en Taipei donde un sujeto de pésima entraña aprovecha su relación circunstancial para forzarla a entregar cierto misterioso maletín. Allí dentro cuatro bolsitas contienen cristales azulados: una droga sintética fabricada para activar la capacidad cerebral a límites insospechados.

La premisa argumental está basada en el viejo mito —científicamente desmentido— según el cual los humanos utilizamos apenas el 10% del potencial de nuestro cerebro. A partir de allí Besson se lanza a especular qué podría suceder en caso de activarse el 90% de conexiones neuronales restante.Eso justamente le ocurre a la Lucy actual, cuando una de las bolsitas —que le fue implantada en el abdomen a la manera de las “mulas” utilizadas por los narcotraficantes— se rompe por accidente provocando que su organismo asimile la substancia, lo que desencadena una incontrolable activación neurocerebral. Con el 20%, la protagonista se vuelve inmune al dolor —es capaz de extraerse una bala sin sentir nada—, con el 40% su cuerpo se libera de la ley de la gravedad, al 90%, sentada en una silla, definitivamente se halla habilitada para circular a discreción por el tiempo y el espacio.

Por designio del guión, del propio Besson, desentendido de cualquier mínimo recaudo lógico, Lucy resuelve poner sus nuevas cualidades sobrehumanas al servicio de la ciencia, específicamente del erudito profesor Norman, aprovechando de paso para ajustar cuentas con la tenebrosa mafia coreana responsable del implante que la llevó a ese trance. En este punto, la trama desarchiva el rancio estereotipo, tan en boga en tiempos de la “guerra fría”, de amarillos malísimos resueltos a tomarse el mundo apelando a cualquier maniobra. Era la puesta en escena manifiesta del temor soterrado de la civilización occidental y cristiana a esos otros, desconocidos y por ello mismo temibles.

Para entonces, Lucy es ya una suerte de híbrido entre Nikita —la protagonista de la película gracias a la cual en 1990 el director pasó a ser uno de los niños mimados de la industria— y el Neo de Matrix. Porque la propia narración abandona el objetivo al que amaga apuntar en sus primeros tramos, armados con varias secuencias introductorias a base de imágenes documentales de archivo, filosofando además, muy a la ligera es cierto, sobre asuntos a tal punto pretenciosos como el sentido de la existencia humana, el curso del tiempo, el significado de la vida, la creación, la evolución desde el descubrimiento de la primera chispa hasta el caos urbano de las megalópolis, la perversidad, el desamor y todo cuanto se le pudiese ocurrir a uno añadir.

Como siempre, en Besson todo está algo más de una pizca zafado en condimentos. No le alcanza con destrozar una veintena de autos, tienen que ser cientos. Como le resulta insuficiente ilustrar los crueles tormentos a los está expuesta Lucy, el desquite requiere unas cuantas docenas de enemigos despanzurrados con profusión de detalles.  

El aparente sesgo paródico a los  títulos previos de su propia filmografía, pero en especial a quienes se dejaron engatusar por la fingida solemnidad de historias y modos de contarlas —que, se me antoja, Besson nunca se tomó demasiado en serio— vendría a ser la justificación última para un trabajo insostenible. El asunto se agrava porque revolotea la sospecha de una tardía lavada de cara, la postrera admisión de salidas de madre innecesarias y casi siempre dramáticamente injustificables.

Hay un momento —cuando Lucy queda “liberada” de las ataduras del tiempo lineal y del espacio acotado— en el que la película tiene la oportunidad de convertirse en una metáfora del propio cine. Sin embargo, Besson malbarata la ocasión, desnudando sus limitaciones, y se aferra a la caricaturización y la demasía.

La ficción ofrece a los creadores la posibilidad de trazar sus propias coordenadas. Pero una vez establecidas, su desafío es mantener la coherencia dramática y conceptual, de lo contrario, resulta un disparate. Por ejemplo que un individuo que puede mover cualquier objeto, que hace levitar a sus antagonistas con la mente, que puede entender idiomas que hasta ese momento nunca practicó o que puede memorizar en el acto el texto más denso deba recurrir a un humano cualquiera para saber cómo manejar su metabolismo. Los costurones de tal especie abundan en la oportunidad. En definitiva, Besson fue consecuente con sus métodos, no obstante, consecuencia no es sinónimo de acierto creativo. En este caso, es más bien un caprichoso dispendio de recursos.

Scarlett Johansson es más gesto que sentimiento y Morgan Freeman se saca de encima lo suyo sin despeinarse. A fin de cuentas, los soportes principales de esta errática propuesta—si bien entretenida, visualmente imaginativa y narrativamente movida— son provistos por los dos colaboradores habituales de Besson: Eric Sierra en la música y Thierry Arbogast en la fotografía porque Lucy es un suntuoso paquete audiovisual sin nada dentro.

Ficha técnica

Título original: Lucy. Dirección: Luc Besson. Guion: Luc Besson. Fotografía: Thierry Arbogast. Montaje: Julien Rey. Diseño: Hugues Tissandier. Arte: Gilles Boillot, Dominique Moisan, Stéphane Robuchon, Thierry Zemmour. Maquillaje: Florence Batteault. Efectos: Frédérique Foglia,  Jean-Christophe Magnaud, Kevin Berger. Música: Eric Serra. Producción: Marc Shmuger,  Virginie Silla. Intérpretes: Scarlett Johansson, Morgan Freeman, Min-sik Choi, Amr Waked, Julian Rhind-Tutt , Pilou Asbæk, Analeigh Tipton, Nicolas Phongpheth, Jan Oliver Schroeder, Luca Angeletti, Loïc Brabant, Pierre Grammont, Pierre Poirot, Bertrand Quoniam, Pascal Loison, Pierre Gérard, Isabelle Cagnat ,Frédéric Chau, Claire Tran, François Legrand, Bob Martet, Cédric Chevalme, Alexis Rangheard. FRANCIA / 2014.

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