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Luis H. Antezana, lectura y montajes

La publicación de los ‘Ensayos escogidos’ de Antezana continúa provocando       ecos críticos y valorativos, como éste, tan pertinente, de Jorge Luna Ortuño

‘Ensayos escogidos’

‘Ensayos escogidos’

La Razón / Jorge Luna Ortuño - periodista

00:00 / 09 de diciembre de 2012

Papeles volando y un cargador de espaldas siguiendo su camino, parafraseando a Machado, la tapa del libro parece decirnos: lector, se hace camino al leer. Quizás ésta sea la imagen ideal para referirse a Luis H. Antezana J. (1943), la cual aparece en su libro Ensayos escogidos 1976-2010 (Plural editores, La Paz, 2011). El libro es una recopilación de ensayos, más bien un catálogo de ejercicios de lectura de la cultura boliviana. Al analizar una obra, el autor orureño, más conocido como “Cachín Antezana”, hace escuchar la voz de la tribu que la habita, que se combina con la nutrida biblioteca que respira en sus venas. Reflexiona en sus Posdatas: “Pese a las apariencias, nunca practiqué, creo, la crítica literaria. Lo más cerca que estuve de ella han debido ser las reseñas breves, aunque, en general, aun éstas tiendan a ser sólo descriptivas, poco o nada valorativas. La crítica implica interpretación y valoración. Mis capacidades me inclinan simplemente al análisis. Como en medicina, antes de diagnosticar la enfermedad o su ausencia, o, más aún, emprender un tratamiento o hasta una cirugía, que serían labores críticas, me inclino por una labor previa al diagnóstico, el simple análisis de laboratorio” (pp. 653-654).

En el inicio de cada ensayo adelanta cuál es la operación que se propone realizar e inmediatamente pasa a dialogar con el texto que lo ocupa. Al lector le corresponde valorar hasta dónde lleva Antezana sus juegos de desarme e hilado. Estas palabras del español José A. Rojo —editor de opinión de El País de Madrid que dictó un taller sobre crítica en La Paz— parecen describir cabalmente la tarea que realiza Antezana: “Para mí es muy importante la crítica para orientar a los lectores. De todo lo que hay, yo te recomiendo esto; o de todo lo que hay, yo voy a relacionar esto que está surgiendo ahora con otras cosas que hubo antes; yo te voy a hacer un mapa de qué cosas son verdaderamente importantes; o de todo lo que hay, yo voy a conseguir que te enamores de esto. Todas éstas son funciones del crítico, como cartógrafo, como detective, como Celestina…”.

En este sentido Antezana es un crítico literario, invita a la lectura de un artefacto cultural y orienta posibles recorridos. Mayormente es un mediador entre el escritor y el lector, pero siempre se queda ahí, en ocasiones inventa, produce, como hace al retomar la idea saco de aparapita en Felipe Delgado, idea que utiliza para ilustrar el concepto de “formación social abigarrada” de Zavaleta (p. 653). Lástima que ese ensayo no haya sido incluido en esta edición, sin embargo en sus Posdatas no deja de referirse al mencionado saco. “Este saco es, se diría, un mundo hecho de fragmentos, un mundo de desgaste y de recreación y es como si un delirio cubriera el cuerpo de estos personajes” (p. 216). Lo citamos porque así también son los ensayos de Antezana, materias delirantes donde inesperadamente se remiendan trozos de tela con franelas y pedazos de cuero con tiras de zapato, materias que se pueden desparramar al infinito sin por ello perder su sentido de unidad.

“En el caso del saco de aparapita hay una paradoja que me llama la atención: a la larga, cuando el saco original se ha desgastado totalmente, cuando ha sido reemplazado por una serie de innumerables remiendos, pese a todo, ese abigarrado conjunto conserva no el (saco) original, pero sí la forma del saco original. No otra cosa sería la literatura: una forma quizá arbitraria que, sin embargo, conserva el origen del original” (p. 653).

Es posible que en algunos pasajes de sus ensayos un excesivo número de citas y referencias a otros autores puedan cansar al lector, llegando a respirarse un aire académico del que no termina de desembarazarse. Sin embargo, la mayor parte de esos ensayos son prolijos en su exposición, parte del don de profesor de Antezana, que primero invita, luego orienta y después se da modos para inventar algo. Es inventor de aparatos de lectura y después de llaves, a la manera de un cerrajero, porque marca lugares de acceso a un autor o a un texto.   Funcionamiento. En sus ensayos se encuentra también implícita una concepción de lo que es un libro: no una materia cerrada, más bien un sistema abierto de guiños y enlaces, casi una página web, cuya posibilidad de conexiones externas es inagotable. (Por ello el formato CD-Rom le viene como anillo al dedo.) Es así que al escribir sobre otros autores no tiene interés en preguntar ¿qué ha querido decir?, ni ¿cuál es el mensaje? Se pregunta cuestiones más prácticas: ¿cómo funciona tal texto?, ¿en conexión con qué puede funcionar de tal o cual manera? Para esto los analiza con la minuciosidad del mecánico, como si cada libro tuviera su propio motor. Leyendo reconoce al libro como máquina de engranajes, pero también como un pequeño engranaje de una maquinaria exterior mucho más compleja.

Me animo a decir que Antezana es tributario de una concepción reivindicada por Michael Foucault, y según la cual “los márgenes de un libro nunca están neta ni rigurosamente cortados; más allá del título, de las primeras líneas y del punto final, más allá de su configuración interna y la forma que lo autonomiza, está envuelto en un sistema de citas de otros libros, de otros textos, de otras frases, como un nudo en una red.” La lectura se consolida así como un placer, y también se expande hacia lo impensado.

Procedencias. Los ensayos de Antezana son “croliaciones”, es decir crónicas de filiaciones, en el entendido de que ninguna obra ni objeto de lectura se hace de la nada, que siempre remite a otra obra, a una secuencia no siempre explicitada, que configura su linaje. Antezana es un hilador de textos, y en la búsqueda de estas filiaciones se propone aportar tanto al objeto de estudio como a la disciplina con la cual examina. Como buen detective de biblioteca, investiga de qué trama de otras obras anteriores, o laterales, la obra proviene, se construye, es decir, cuál es su proceso, dónde están sus continuidades, discontinuidades, encubrimientos, fallas… en fin.

Son misteriosos los procesos sinápticos del cerebro, y más aún en el caso de Cachín, en la erudición de los enlaces que realiza, él siempre tiene algo a disposición para ilustrar un punto de vista, su memoria es un archivero imprevisible, responde según la tecla que se oprime en la conversación, no importa si es en el almuerzo o en medio de una conferencia, háblenle de un tema y él ya tiene tres referencias para ensayar un comentario. En una ocasión charlábamos sobre la trama de Batman The Dark Knight (2008), la encrucijada entre ocultarse y desenmascararse, y él me aconsejó que leyera el cuento La carta robada de Allan Poe, para redondear mi percepción. Fue fantástico, encontré en ese texto una estrategia que resulta ser la que usa Bruce Wayne contra el Guasón.

Este tipo de procedimientos se encontrarán en sus ensayos, por ejemplo cuando lee el cuadro de un pintor, en el caso concreto de En torno a un cuadro de Fernando Rodríguez Casas: Flora y la muerte, donde Antezana se interesa por mostrar de qué secuencia forma parte esa obra. Analiza el lienzo como un tejido, “un texto que se entrelaza, directa o indirectamente, con otros textos”, luego pregunta ¿cuál será el mundo teórico del pintor?, ¿cómo tal figura es un homenaje a Boticelli?, siguiendo siempre su premisa (“el arte es necesaria y quizá esencialmente plural: un complejo sistema de ecos, un continuo desplazamiento, un permanente diálogo entre los que estamos y los que estuvieron, un espacio nómada —se diría con Deleuze y Guattari—, un sistema de fragmentos de viejas canciones olvidadas (Shakespeare)” p. 319).

El ensayo se irá conformando en la identificación de elementos dentro del cuadro que le sugieren un eco literario, musical, científico, para ver qué tiene que ver el cuadro de Rodríguez Casas con Hamlet de Shakespeare, con Borges, con un pasaje de Eliot, o con la Teoría de la Relatividad de Einstein, y cómo estas relaciones iluminan la lectura del cuadro en cuestión. Gusto. “La crítica como reseña es un servicio más que el periódico o los medios de comunicación brindan a sus lectores para que éstos eduquen, cultiven y profundicen en sus gustos. Cuando se dice gusto parece una cosa muy burguesa. Pero cuando digo gusto quiero decir: tu visión de mundo y tu relación con la vida, lo que te da placer en la vida, lo que te hace crecer como hombre” (José A. Rojo). En el prólogo del libro de Antezana, el editor Mauricio Souza hace notar que los ensayos escogidos son sobre obras de la literatura boliviana que “no habría que dejar de leer”. Suena bien como una invitación, pero flota la pregunta ¿por qué serían imperdibles tales obras? ¿Leerlas para qué? ¿De qué serviría la lectura de esas obras clásicas a los que no son doctores en literatura? Esta inquietud sólo nos sirve para hacer notar una última cuestión: el alto valor formativo que Antezana le asigna al simple acto de la lectura en la vida.

Quizá el objetivo de nuestro paso por este planeta sea el de lograr confeccionar una visión original de mundo, singular, y quizá la lectura sea un excelente camino para lograrlo. Que todo lo que ames, construyas, visites, leas, conozcas, etc. sea en el fondo un medio para elaborar una visión de mundo singular, más amorosa, más conocedora de las causas, o al menos más llena de gracia. ¿Para qué leería uno tantos libros si no fuera para involucrarse en sus propias transformaciones, y hacer todo lo que le permitirá acceder a la siguiente página de su vida? ¿De qué serviría leer toneladas de papeles si esta disciplina no configurara una forma de vivir a la altura del lugar que nos ha tocado ocupar en el mundo? No se trata de leer por leer, como el turista viaja por viajar, sino de leer para averiguar si se puede pensar diferente, percibir diferente al modo en que se percibe ahora. Lectura: diálogo crítico con uno mismo, potenciación de la tolerancia, creación de ciudadanía… No es una casualidad que Antezana además de ser un notable lector sea una persona tan querida por donde pasa. De hecho, hace muy poco fue homenajeado en el Centro Simón I. Patiño, por su potencia lectora, pero también por esa confección singular de sí mismo que sus lecturas le han procurado.

Si este fuera un CD-Rom, terminaríamos el texto con la escena final de Cinema Paradiso (1988), con aquel montaje tan especial que Alfredo le deja a su amigo Toto; es de todas las escenas de besos que el sacerdote ordenó que se corte de las bobinas. Alfredo ha empalmado todas las secuencias entre sí para formar una sola película de 123 minutos. Es prácticamente una minihistoria del cine, pero es también una puerta hacia todo aquello que Toto dejó de ver en su vida. Cachín Antezana emula ese arte, que convierte la lectura en una práctica afectiva de montajes, que se comparten con los demás en el afán de transmitirles aquello que nos alegró en la soledad.

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