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Mad Max: Furia en el camino

La nueva secuela de la mítica película de 1979 vuelve a pintar un futuro apocalíptico, ahora sin agua

Mad Max: Furia en el camino. Foto: blackfilm.com

Mad Max: Furia en el camino. Foto: blackfilm.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 24 de mayo de 2015

Eran tiempos, treinta y pico años atrás, de emergencia de cinematografías escasamente conocidas fuera de sus fronteras, entre ellas la australiana, y se pensaba, o se albergaba la ilusión, de estar viviendo el principio de la definitiva ruptura de la hegemonía monopólica norteamericana sobre el mercado mundial de distribución de películas. Aquello resultó ser un trueno en cielo despejado y duró lo que dura un chaparrón. Más temprano que tarde las cosas volvieron a la “normalidad” para que pudiéramos atiborrarnos a placer de las megaproducciones empachadas de efectos y ayunas de ideas.

Quedó el recuerdo de un cine áspero, desmelenado, cuya bandera y paradigma fue Mad Max (1979), película con extrema economía de diálogos —sumando el tiempo insumido por todos ellos a lo largo del relato no llegaba al 10 por ciento de la duración— donde el desierto y las motos eran los verdaderos protagonistas, a la cabeza de cuyo reparto figuraba un joven e ignoto actor llamado Mel Gibson.

George Miller, el director de aquella película atípica en todo sentido —aun en una época de apogeo de las nuevas olas de todo calibre, por eso plagada de búsquedas, innovaciones y revueltas contra los cánones estéticos y/o narrativos—, fue siempre un tipo de pocas pulgas y de principios inoxidables, remiso a someterse a cualquier imposición. Así le fue en su fallida incursión por Hollywood, de donde salió tirando un portazo. Volvió, y entonces pudo imponer sus condiciones.

Aquel regreso tuvo lugar precisamente luego del enorme éxito obtenido por el primer episodio sobre el loco Max Rockatansky. Hecho artesanalmente a puro pulmón, costó algo menos de medio millón de dólares y recaudó 100. Además, claro, de convertirse en una película de culto. Allí, en un argumento sucinto, los autos y las motos se convertían en armas mortales. No era pura imaginación: a principios de los 60, desde su puesto de médico de guardia a cargo de una posta de emergencia, Miller atendía a diario al menos a 5 jóvenes convertidos en piltrafas por accidentes de tránsito, muchos de ellos a consecuencia de carreras organizadas por las propias víctimas.

Símbolo de la era industrial, del crecimiento de las megalópolis y de estatus, al mutar en armas letales los motorizados pasaban a ser la alegoría de la locura de un sistema desbocado. Y el desierto australiano metaforizaba a su vez el vacío existencial de aquella generación de regreso de las ilusiones de “la imaginación al poder”.

Los dos episodios siguientes de la saga redondearon tal visión postapocalíptica, momentáneamente cerrada con Tina Turner cantando “no necesitamos otro héroe”. Para entonces Miller parecía persuadido de haber agotado las posibilidades del personaje gruñón, héroe reticente, abocado a una batalla interminable contra las bizarras pandillas de motoqueros sin entrañas. Sin embargo, a finales de la década pasada comenzó a carcomerlo la obsesión de un cuarto capítulo.

Entretanto, el cambio climático había provocado lluvias impensables que transformaron el arenoso desierto escenario de las tres versiones previas en un ambiente lleno de flores exóticas, pelícanos y ranas de tamaño inverosímil. De modo que la preproducción se prolongó más de lo pensado, hasta encontrar un nuevo lugar adecuado en Namibia.

Igual que en sus precedentes, más que en un guión, la base argumental se armó con 3.500 viñetas, un storyboard que privilegiaba de nuevo el tratamiento visual y el movimiento coreográfico de las máquinas, procurando reducir al mínimo los diálogos, al punto que bien podrían eliminarse los subtítulos en distintas lenguas sin afectar la comprensibilidad del otra vez escueto argumento. Si en los 70 el motivo de las disputas entre esa suerte de tribus medievales motorizadas se hallaba en las disputas por el petróleo, ahora los antagonistas se matan por el agua. Tal cambio de móvil no modifica un ápice los salvajes comportamientos, que dan cuenta de una condición siempre latente y presta a estallar en brutalidades propias de los humanos de cara a situaciones límite, cuando los afeites de la civilización se vuelven desechables.

Inmortan Joe —el cabecilla de la tribu enfrentada en la oportunidad a Max— finca su poder en el control sobre la única fuente de agua existente en La Ciudadela, poblada por individuos zaparrastrosos, enfermos, cubiertos de úlceras y totalmente desquiciados. Por lo demás, la poca agua que administra le sirve para negociar con las otras dos tribus del erial (la Granja de Balas y la Ciudad de la Nafta), obteniendo a cambio armas y combustible.

No se requiere demasiada imaginación para detectar la historia de Mad Max: furia en el camino, múltiples alusiones a las noticias diarias de los informativos sobre el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos, a las atrocidades que dan cuenta de una radical crisis de civilización propicia para el estallido de los instintos primarios y de las visiones fascistoides fogoneadas por programas de redención que pasan inevitablemente por la aniquilación del otro, del distinto.

Construida con tres largas secuencias de pura acción intermediadas por dos breves paréntesis intimistas, de reflexión, la trama arranca con una suerte de prólogo construido mediante textos e imágenes documentales, algunas fraguadas, que describen el presente como antesala del desmadre que sobreviene. De tal suerte, el retrato del futuro se presenta como desenlace inevitable de una actualidad carcomida por el desmoronamiento de los valores que presuntamente sostenían la convivencia y el progreso del modelo civilizatorio occidental. No se sabe muy bien de qué lado de la ley está Max, si aún existe alguna norma que pudiera orientar y ordenar el combate por la supervivencia del género.

Para el caso Imperator Furiosa (Charlize Theron calva y airada) encarna la última posibilidad de evitar el desastre total. Al mando de un enorme cisterna, va en presunta misión de conseguir algo de la escasa gasolina sobrante en poder de la Ciudad de la Nafta, más en realidad escapa buscando el Lugar Verde, vago recuerdo de su infancia. ¿Es la apuesta al feminismo como eventualidad excluyente de salvación de los saldos de humanidad todavía subsistentes? Miller deja abierta al parecer de cada quién tal salvedad, reforzada por la presencia de las cinco “paridoras” —esclavas/esposas de Inmortan— en fuga a bordo del camión conducido por Imperator, al igual que por las motociclistas de la tercera edad que acuden en su ayuda. Ni la bestialización ni la miseria ni el miedo han conseguido sofocar la rebeldía con rostro femenino, sugiere Miller a pesar de su oscura mirada premonitoria sobre el futuro.

Por su parte, Max, en contenida interpretación del inglés Tom Hary, casi un secundario en este capítulo, es un tipo física y psicológicamente torturado, reacio a toda relación emocional con sus congéneres.

Sin renunciar a unas pocas ayudas de la tecnología de última generación, Miller vuelve a componer una estética grotesca de tonos rojizos captados por la alucinante fotografía del veterano John Seale, para envolver el caos y la ira, materia prima de un relato que  gambetea la tentación de los efectos generados por computadora regresándole al cine de acción sus atractivos clásicos: movimientos reales de gente real en ambientes reales. 300 dobles y especialistas fueron reclutados para actuar todas y cada una de las peripecias que acaban con autos y motos reales estallando, en un relato al que el montaje acerca a ratos al clip sin dejar cabos sueltos, en este otra vez severo alegato contra el mito del progreso.

Ficha técnica

Título original: Mad Max: Fury Road - Dirección: George Miller - Guion: George Miller. Brendan McCarthy. Nick Lathouris - Fotografía: John Seale - Montaje: Jason Ballantine, Margaret Sixel - Diseño: Colin Gibson -Arte: Shira Hockman, Jacinta Leong -Maquillaje: Alice Baueris - Efectos: Norman Baillie Bruce Bright, Lloyd Finnemore - Música: Junkie XL - Producción: Bruce Berman, Graham Burke, Genevieve Hofmeyr - Intérpretes: Tom Hardy,  Charlize Theron,  Nicholas Hoult, Hugh Keays-Byrne, Josh Helman, Nathan Jones, Zoë Kravitz, Rosie Huntington-Whiteley, Riley Keough, Abbey Lee, Courtney Eaton, John Howard, Richard Carter, Angus Sampson. AUSTRALIA / EEUU - 2014.

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