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Madrid mira de frente al altiplano

Gabriel Barceló propone en la Casa de América un diálogo entre el espectador y sus retratos sin contexto

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador - periodista

00:00 / 05 de julio de 2015

Miradas, gestos y, probablemente, pensamientos se encuentran y se contemplan frente a frente. De un lado se sitúan los de los habitantes del altiplano que el fotógrafo español Gabriel Barceló retrató en su estancia en Bolivia. Del otro, los de los espectadores que se acercan a la Casa de América en Madrid, donde hasta finales de julio se expone la muestra Rostros andinos, que de acuerdo con el autor refleja “un lenguaje, toda una forma de entender la vida y la muerte, porque el rostro es un mapa que nos conduce a un universo fantástico”.

Barceló vivió cuatro años en La Paz, sacando tiempo de donde no lo tenía para perderse en el altiplano con su cámara y su lienzo negro. Así conoció y convivió con los protagonistas de su trabajo, hombres y mujeres de diferentes comunidades urus, quechuas y aymaras. Poco a poco fue creando una estrecha relación a través de la cámara y a través del retrato, lo que él define como “un encuentro, un diálogo en silencio, una búsqueda de uno mismo en el otro”. No se trata únicamente de apretar el obturador, hay que establecer una complicidad con quien se pone delante de la tela negra y lograr una confianza mutua que abra la puerta a lo que el retratado lleva dentro y que es lo que Barceló logra fotografiar.

MÁSCARAS. La exposición de la Casa de América está dividida en tres secciones. Una se dedica a los retratos directos, puros, rigurosos, sobrios, descontextualizados y, por eso mismo, con una tremenda fuerza expresiva. Otra, se recrea en la riqueza visual de las danzas autóctonas en honor a la Pachamama y de las máscaras que se utilizan en ellas. “Las máscaras son rostros que no representan a una persona, sino a una comunidad o una cultura, a toda manera de interpretar la realidad”, asegura Barceló, que en su obra juega con los matices y sutilezas y se aleja así de lo meramente folklórico e incluso de lo antropológico. Las miradas que surgen de las fotografías tienen un significado universal, un lenguaje que los espectadores madrileños entienden sin problemas.

CONTEXTO. Las fotografías de Barceló también sirven para que los géneros se encuentren y establezcan espacios de tránsito y de choque entre ellos. El fondo negro permite al artista “abstraerse y situarse en un limbo entre lo artístico y lo documental”, ayuda a centrar la atención y la mirada en el sujeto fotografiado y también logra descontextualizar y, en cierto modo, universalizar el retrato.

Pero en el ánimo de la exposición, además, está acercar al público español a la realidad de Bolivia, animarle a cargarse la mochila y adentrarse en el altiplano. Y no solo en sus maravillosos paisajes, sino —en medida de lo posible— en sus culturas. Por eso el contexto que queda fuera de los retratos se ofrece en un video que acompaña esta exposición y que cuenta el proceso de creación de la obra, los viajes, los pueblos, los paisajes y las fiestas populares. Los espectadores también disponen de un cuaderno con todos los dibujos de los estudios compositivos previos a las fotos y de un libro publicado por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia que contiene todas las fotografías de la colección y algunos textos que guían a través de ellas.

“El retrato es un encuentro, un diálogo en silencio, una búsqueda de uno mismo en el otro”, asegura Barceló. Un principio que se aplica tanto al que posa ante el fotógrafo como al que contempla la obra en la sala de exposiciones. Ambos entran en contacto saltándose de las distancias, con el artista como intermediario, pero sin nada más alrededor que los distraiga y los aleje. Y a través de estas dos personas también se encuentran y se conocen dos mundos —como Madrid y el altiplano— que no son tan distantes como en un principio parecen.

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