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Mapa dibujado por un espía

Un fragmento del libro inédito de Cabrera Infante

Poeta • Nació en 1929. En 1965 se exilió en Europa.

Poeta • Nació en 1929. En 1965 se exilió en Europa.

La Razón / Guillermo Cabrera Infante - (1929 - 2005)

00:00 / 10 de noviembre de 2013

Cuando llegaron al aeropuerto, fueron directamente al salón de protocolo. Estaba cerrado todavía y Franqui fue a buscar un empleado que lo abriera. Por fin abrieron el salón y todos entraron. Le hubiera gustado dar una vuelta por el aeropuerto y tal vez comprarle algunos de los souvenirs que vendían a Miriam Gómez. Pero decidió hacer lo contrario, ya que se encontraba bien nervioso por la partida.

Poco a poco, el salón del protocolo se fue llenando de viajeros y de amigos que venían a despedirlo. Vio a Eduardo Corona, que le trajo unas tardías instrucciones para el trabajo cultural. Las tomó sabiendo que, como las anteriores que le diera tres años antes, no  servirían para nada. Vino también Marta Frayde, acompañada de Beba Sifontes. Marta, con gran misterio, le entregó a vista de todos unas cartas para que se las echara al correo en Europa. “Aquí no se puede confiar que lleguen —le dijo—, como tú bien sabes”. Él tomó las cartas, entre entretenido y azorado, y se las echó en un bolsillo interior. Al poco rato llegó una muchacha negra que Corona le presentó como la hija del difunto Aracelio Iglesias, viejo líder portuario comunista. Ella se agregó al grupo. Iba como secretaria a la embajada de París y estaba muy excitada, pero en realidad iba a una cita en Samarra, ya que poco tiempo después murió en un accidente de tránsito cerca de la torre Eiffel.

Ya se habían encargado de su equipaje que debía estar en el avión pues eran —recordaría luego muy bien la hora— las diez menos cuarto. A las diez subirían todos al avión.

En ese momento llamaron por teléfono. Corona contestó al aparato en medio del bullicio de fiesta que había en el salón y vino a buscar a la hija de Iglesias. Ella fue al teléfono y casi enseguida volvió al grupo para decirle que era a él a quien llamaban. Era Arnold Rodríguez.

Fue al teléfono pensando que seguramente Arnold quería despedirse finalmente.

—¿Sí?

—Oye, tú —dijo la voz al otro lado—, te habla Arnold.

—Sí.

—Oye, ¡tremenda bomba! No te puedes embarcar. El doctor Roa quiere verte mañana en el ministerio.

De momento él no comprendió, pero después que comprendió le costó trabajo hablar.

—¿Y qué hago? —fue todo lo que dijo.

—Ven para La Habana y llégate mañana por el ministerio.

—Está bien. Hasta luego.

—Hasta luego.

Fue hacia su grupo para llamar a un lado a Carlos Franqui, a quien le dijo lo que acababa de pasar. Franqui se puso extrañamente pálido.

—¿Cómo hacemos ahora? —preguntó él.

—¿No te dijo que no te podías embarcar? Entonces no te puedes embarcar.

—Está bien. Me haces el favor de recogerme el equipaje. Voy a decírselo a Harold.

Luego él no supo cómo se desembarazó del grupo ni cuándo recogieron el equipaje, solamente supo que regresaban a La Habana en el carro de Harold Gramatges y que, de alguna manera, le había devuelto sus cartas a Marta Frayde.

Cuando llegó a la casa, su hermano Sabá se sintió más sorprendido que lo estuviera él antes, pero no dijo nada. Él fue al teléfono y marcó el número privado de Arnold Rodríguez.

—Oye —le dijo—, ya estoy de vuelta en casa.

—Ahí muy bien —dijo Arnold—, llégate mañana por el ministerio.

Colgó y regresó para la sala, donde estaban Harold y  Franqui conversando con su padre. Su hermano Sabá estaba sentado en la terraza, cogiendo fresco. Él fue y se sentó en el otro balance de la terraza. Dentro las niñas asistían al ritual de ser acostadas por Hildelisa.

Franqui y Harold estuvieron un rato más y, cuando se iban, Franqui le pidió que le contara cómo fue la entrevista con Roa de mañana por la mañana. Él así lo haría.Sabá le preguntó que cómo había pasado lo que pasó,  pero él estaba demasiado confundido para contar lo que  pasó y le dijo solamente que lo habían bajado del avión. Estaba más que confundido: la larga semana de absurdo y extrañeza no había terminado todavía. Le parecía que habían transcurrido años desde el momento en que José chocara con el camión en Bruselas.

—Bueno, ¿y ahora qué? —le preguntó Sabá.

—No sé. Voy mañana al ministerio a ver qué quiere Roa.

—¿Y cuándo te irías entonces?

—No sé. Te digo que no sé nada.

—El asunto es grave. No bajan a un diplomático del avión por gusto.

—Es posible que a Roa se le haya olvidado comunicarme  algo importante.

—Eres un ingenuo. Si se le olvidaba algo bien podía comunicártelo por el correo diplomático.—Pero no ha sido así.

—Por lo menos debías haber embarcado a las niñas para Europa.

—¡Tú estás loco! ¿Con qué razón? Ellas se iban conmigo y conmigo se irán.

—Sí, pero ¿cuándo?

–No sé. El domingo que viene, dentro de unos días seguro.

—No me gusta esto nada. Por lo menos debieras haber puesto a las niñas en el avión.

—Te digo que no se podía. La orden fue muy terminante. Además, ¿con qué pretexto?

—Con cualquiera. Decirle que Miriam las estaba esperando.

—Ahora el que es ingenuo eres tú.

—Está bien, está bien. Y ahora ¿qué vas a hacer?

—Por lo pronto, ir al ministerio mañana por la mañana. ¿Cuándo te vas tú?

—No sé. Dentro de un par de semanas. Mañana voy yo también al ministerio.

Sabá se refería al ministerio de Comercio Exterior, del  que era funcionario en Madrid.

—Pero yo no tengo problema —agregó Sabá.

—Me alegro.

—Bueno, lo importante ahora es no desesperarse. Esto seguro ha sido un error burocrático.

—Ojalá sea así.

—Tú lo que tienes que hacer es ir al ministerio mañana y aclarar por qué te bajaron del avión.

—No creo que haya mucho que aclarar. Por orden del ministro.

—Bueno, tú vas a ver a Roa mañana, ¿no?

—Sí.

—A él mismo le preguntas. No se le hace este tipo de desaire a un revolucionario.

—No, seguro que no.

—Entonces ellos te deben una explicación.

No tenía ganas de hablar más. Ni siquiera había visto irse a Niño y Fina, que venían detrás de ellos desde el aeropuerto y entraron a hablar con su abuela. Ahora que se calló, la casa quedó en silencio, encendida solamente una luz al fondo, en el cuarto en que su padre leía el periódico de hoy o viejo o una revista vieja. Decidió irse a acostar, aunque no se pudiera dormir en un buen rato.

Por la mañana, después de tomar la leche con agua de azúcar y un pedazo de pan que era su desayuno, se fue al ministerio. Al llegar, se dirigió al despacho del viceministro Arnold Rodríguez, quien lo saludó, sentado en su sofá, muy alegremente.

—Vengo a ver a Roa —dijo él.

—Creo que no lo vas a poder ver hoy, chico —dijo Arnold.

—¿Y eso por qué?

—Está muy ocupado. Yo mismo no lo pienso ver. Este lío  del accidente lo ha trastornado todo.

—Pero él está bien ya, ¿no?

—Sí, pero hace como una semana que no se ocupa de los asuntos del ministerio.

Iba a preguntar que cómo se había ocupado de bajarlo del avión, pero decidió no hacerlo.

—¿Cuándo tú crees que pueda yo verlo entonces?

—No sé. Mañana o pasado. Ven a verlo mañana.

—Está bien. Vengo mañana entonces.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Quiso caminar hasta la casa, subiendo por la Avenida de los Presidentes, por la acera bajo los árboles. Al llegar a la esquina de 17 decidió ir a visitar a Gustavo Arcos.

Gustavo sabía ya lo sucedido la noche anterior.

—Es ese cabrón de Roa —dijo—, haciendo valer su autoridad. ¿Por qué no lo fuiste a ver a su casa?

—Pero sí yo fui. Dos veces. Además, hablé con Arnold.

—Ese es otro mierda. Pero no te preocupes, que salimos directamente de aquí para Italia —dijo y se sonrió.

Hablaron de otras cosas. Con gran sigilo Gustavo abrió el armario y sacó una caja de tabacos. Le ofreció uno. Él lo aceptó y dijo que se lo fumaría más tarde, después del almuerzo. Él se asomó a la ventana —estaban en el cuarto de Gustavo— y vio a través de las persianas Miami y abajo el verde césped y el hotel casi palacio de la Unión de Escritores, pensó llegarse allí pero decidió dejarlo para otro día.

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