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María Josefa

Mujer y ciega de esperanza

La Razón / Raphael Ramírez - escritor

00:00 / 26 de agosto de 2012

La poetisa chuquisaqueña María Josefa Mujía nació en 1820 y murió en 1888. Así lo establecen los estudiosos de su obra Gustavo Adolfo Otero (Crestomatía boliviana, 1943) y Nicolás Fernández Naranjo y Dora Gómez de Fernández (Los géneros literarios, 1967).

Otero además hace este comentario: “La poetisa ciega es una flor del sentimiento. Sus versos son puros y sencillos como el agua. Su musa es Melpómene, la musa de la melancolía. Su vida, que fue una tragedia, supo ennoblecerla con las radiosidades de su genio poético, hecho de dolor y esperanza. El romanticismo en boga, subrayó con sombríos tintes el alma sensible y sensitiva de esta estupenda mujer, única en su tiempo, y que hasta hoy no ha encontrado rival en el parnaso patrio, ni por su cultura, ni por su estro (estímulo, ardor, inspiración) poético”. CIEGA. Fernández Naranjo y Dora Gómez comentan que “el análisis de este poema extraordinario (La ciega) revela el alma de la poetisa. Es de saber que ella lo dictó hacia 1850, pues se conoce que, ‘poco tiempo después de la publicación’ del poema y su consiguiente resonancia en el ambiente de Sucre, María Josefa Mujía tomaba parte en un concurso nacional para la composición de una inscripción en la tumba de Simón Bolívar, como lo explica Gabriel René Moreno. La poetisa frisaba, pues, en los 30 años; llevaba 16 de ciega, y ya la madurez se instalaba en su espíritu.

Podrá, por tanto, apreciarse el grado de su sombría desesperación. En el poema citado no hay señal de consuelo alguno: ni el de la amistad, ni el de la reflexión filosófica, ni el de la religión. Debió ser insondable la tristeza de un ser sensitivo y delicado”.

La tradición poética occidental nos remite en su génesis al caso de un poeta ciego: Homero, autor de la Ilíada y la Odisea. Otro caso emblemático es el del inglés del siglo XVII John Milton, creador del poema épico El paraíso perdido. Y encontramos uno más próximo en el tiempo y en el espacio, el argentino Jorge Luis Borges, “quien a pesar de ser sometido a varias operaciones, (…) perdió paulatinamente la visión del ojo derecho, lo que forzó (y estropeó al fin) la visión del izquierdo. Los especialistas lo obligaron a dejar de leer y escribir ya en 1955” (Ficcionario, 1998). Por entonces, la ceguera alimentó aún más en Borges la composición de poemas que trabajaba en silencio y luego dictaba a mamá. En esos años, para el autor de El Aleph “la misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”. A continuación da tres ejemplos.

Citamos el tercero: “…O este alejandrino de (Leopoldo) Lugones, cuyo español quiere regresar al latín: El hombre numeroso de penas y de días” (Ficcionario, 1998).

De Octavio Paz nos vienen como anillo al dedo estas primeras palabras de El arco y la lira (1956): “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos, alimento maldito”. SUCRE. Ahora imaginemos la Sucre de mediados del siglo XIX. Ocasional destino de extranjeros llegados de Europa. Frecuente escenario de motines militares y discusiones político partidarias (el doctor Casimiro Olañeta todavía vivía). Con un clima benigno y una economía agrícola que se basaba en la explotación de la hacienda rural y de las comunidades indígenas.

Imaginémonos aquella Sucre de “sociedad muy culta y de alta espiritualidad” (Los géneros literarios, 1967) y a María Josefa, de profunda religiosidad católica, en pleno dictado de poemas a su hermano Augusto, quien le había prometido no revelar a nadie este “secreto”.

Fernández Naranjo y Dora Gómez añaden que de manera involuntaria Augusto faltó a la promesa al mostrar el poema La ciega a un amigo. Poco después, los “desgarradores versos” aparecieron publicados en un periódico capitalino.

“Este poema es de importancia considerable, pues, escrito como confidencia ‘a sí misma’, y sin propósitos de publicidad, retrata a la poetisa de cuerpo entero, revelándonos tanto la naturaleza de un dolor sin consuelo como la soledad de su espíritu y ausencia de bálsamos convencionales” (Los géneros literarios, 1967).

Aquí nos quedamos: con la escritora de la palabra primitiva. La palabra que salva, libera y crea un mundo. La palabra inocente. La primera palabra dicha a boca de jarro, sin anestésico y con el verbo cáustico que consume a fuego lento los intestinos, el tórax, el cerebro, los ojos…: “Pobre ciega desgraciada/ Flor en su abril marchitada/ ¿Qué soy yo sobre la tierra?/ Arca do tristeza encierra/ Su más tremendo amargor;/ Y mi corazón enjuto/ Cubierto de negro luto/ En el trono del dolor”.

La ciega no sólo es una visión sombría, sino también un desesperado voto de esperanza, lanzado con una abrumadora religiosidad judeocristiana: “Sólo espero que la muerte/ De mí tendrá compasión/ (…) Sólo me queda una dicha/ Y es la dicha de morir”. ORIGINALIDAD. Si bien María Josefa calentó su malogrado cuerpo con las resonancias de un lejanísimo romanticismo europeo, su originalidad sobresale a cada paso. Originalidad acuñada en el infierno eterno de la psique. Originalidad que la libera de la influencia coyuntural de los ismos (romanticismo, misticismo, catolicismo, barroquismo).

Para terminar, no pasemos por alto que María Josefa compuso sus poemas a mediados del siglo XIX, cuando en Bolivia sólo un puñado de criollos y mestizos, extranjeros afincados en el país y algunos indígenas al servicio de la Iglesia Católica, sabían leer y escribir. A ello debemos anteponer su condición de mujer y ciega. Autora de ‘la ciega’

Poeta. María Josefa Mujía nació y murió en Sucre (1820-1888). En los panoramas de la literatura boliviana se la considera una de las primeras exponentes del Romanticismo. Debe su celebridad a la publicación de su poema La ciega, escrito hacia 1850. Hasta hace poco su obra sólo podía leerse fragmentariamente en algunas antologías. Finalmente, en 2009 se publicó su Obra completa.

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