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María y la construcción de lenguajes para desear y soñar

‘Me declaro impostora del arte’, dice sobre sí misma. En cambio, el reconocido curador Paul B. Preciado la destaca como una ‘grande del futuro’ en la prestigiosa revista ArtReview. En las calles ella es ‘María’.

María Galindo

María Galindo Foto: Luis Gandarillas

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas

00:00 / 17 de abril de 2019

Ni más ni menos que Paul Beatriz Preciado —filósofo y el curador más influyente del mundo, según publicó en noviembre de 2018 la revista ArtReview, especializada en el arte contemporáneo mundial— ha escrito sobre la boliviana María Galindo, destacándola como una de las “grandes del futuro”. Ella es activista, feminista, anarquista... ¿artista? “Cuando estoy en un contexto artístico —que he terminado viviendo de esto por azares del destino— me presento como una impostora”, aclara ella mientras toma un café en la Virgen de los Deseos, en la avenida 20 de Octubre, el espacio del colectivo Mujeres Creando desde donde desarrolla un intenso trabajo de reflexión, discusión y creación.

Es difícil escribir o decir “Galindo”, aunque lo mande la seriedad de una entrevista, pues así como la artista Ejti Stih la ha pintado nombrándola simplemente como “María”, la gente la conoce por su nombre de pila. Pintura en paredes de instituciones, penes pintados y otras acciones polémicas permanecen en el imaginario del boliviano. Es amada y odiada, pero nadie es indiferente. Y la institución del arte hace mucho que tiene puestos los ojos en su obra: ha sido invitada tanto a la Bienal Siart Bolivia como a la Bienal de Sao Paulo —dos veces— y a la Documenta 14, en Grecia.

“Tengo una posición tomada respecto a esta institución, que incluye al museo, la galería, la historia del arte y el concepto mismo de arte. En esos cuatro niveles hay un secuestro del arte. El talento era la moneda que se pagaba en el teatro griego. Hoy ha sido reinterpretado como un don que depende de la naturaleza, además de un privilegio. Yo trabajo desde una visión política de la creatividad como un hecho universal, presente en todos los seres humanos. Pero el conjunto de procesos de dominación nos va extirpando la creatividad, así que preservarte como un ser creativo ya es un acto de rebeldía”, explica María.

Ella es muy crítica ante una historia del arte basada en un canon masculino, patriarcal, de lectura de las fuerzas expresivas de una sociedad desde el punto de vista del poder. “Cuestiono la mercantilización, el manejo de las curvas salariales, donde un curador gana más que el artista y el artista se ha convertido en un accesorio del discurso de un curador. Yo declaro que los museos están muertos, que nacieron muertos, nacieron al servicio de unas élites, con todos sus complejos. Yo no tengo ninguna aspiración de legitimación de parte de esa élite o ese circuito”.

Pero el texto del filósofo y comisario español es distinto, pues quien la convocó cuando era director del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona—para presentar los conceptos de despatriarcalización y descolonización— y al Parlamento de los cuerpos en la Documenta 14 aprecia justamente esa mirada crítica. “Eso no quita que haya un ámbito indeterminado e indefinido al que se le llama arte, pero donde confluyen discusiones filosóficas y políticas de la historia contemporánea de la humanidad. En el Parlamento de los cuerpos, por ejemplo, intervienen muchas poéticas al mismo tiempo; ese es un escenario que me interesa, no como legitimación, sino como una confluencia de discusión”.

El texto de Preciado es un reconocimiento al trabajo de María. “Él tiene una enorme paleta de personajes a los que puede poner en pantalla, le dije que esto era algo insólito. Me respondió: ‘Es insólito, pero necesario’”.

La propuesta que destaca Preciado surge de un medio cultural boliviano que María ve anclado en el concepto de las bellas artes, gastado en el siglo XIX. “Nos hemos aferrado al folklore como tabla de salvación porque es más democrático, pero el folklore también es un disciplinamiento a la repetición, a la división sexual rígida y a la confirmación de una regla, no a la ruptura. Los escenarios culturales bolivianos están profundamente colonizados y patriarcalizados”.

Ante este panorama es que surge el trabajo de María Galindo, que no encaja en una específica disciplina o lugar. “El eje es principalmente la reflexión política feminista y la construcción de lenguajes. Las mujeres tenemos mucho que decirle al mundo, pero no tenemos palabras. Las mujeres somos carne sin verbo, no solo porque la Biblia nos ha calificado así, sino porque lo dicta el patriarcado. Las mujeres tenemos mucho que decir y no tenemos lenguajes propios, las herramientas con las que estamos hablando nos niegan de antemano. Y pasa lo propio en las luchas sociales, como con todos los seres subalternizados, enmunecidos y depreciados por la historia y las relaciones de poder. Por eso mi trabajo es producir lenguajes que nos permitan decir lo que somos, pero al mismo tiempo hablar del mundo con el que soñamos y de nuestros deseos. Para eso necesitamos construir lenguajes. Y es ahí donde mi universo se ha chocado con el del arte: hay que reconocer que este mundo es el más permeable a los nuevos debates, es el menos ortodoxo, es el que más disciplinas mezcla”.

Estos nuevos lenguajes nacen en la calle. “El acto de irreverencia de las mujeres más contundente surge cuando una vendedora hace siesta en su puesto de venta.

Ahí hay todo un lenguaje. La calle en Bolivia es un lugar de reconstrucción y destrucción. Hay una ciudad efímera no rígida que es la de las mujeres. Es el único espacio para la democracia y la historia (...) La insurrección la estamos produciendo mujeres en las calles”.

María toma distancia de la función del misionero en la calle, del que predica un mensaje. Sus intervenciones no pretenden una interacción de público y artista, rompe esos esquemas. “Todos somos actores, y cada quien actúa desde lo que es”.

Además se declara una desadaptada social que no se contenta con nada y que trabaja desde la insaciabilidad. “Si queremos justicia, queremos toda la justicia posible; queremos toda la felicidad posible y la imposible, también”. El escándalo no le espanta. “Creo que nadie se expresa de forma más concreta, barata y contundente para generar un debate en muchas líneas. No me interesa dar un mensaje, el significado está disperso para que cada quien lo atribuya según sus iras y sus sentimientos”.

Si bien estas acciones resultan desgastantes —más aún si implican insultos en las redes sociales y forcejeos con la Policía—, María ha desarrollado una forma de controlar esa euforia. “Me cuido mucho la salud; te degastas mucho físicamente. He llegado a quedar herida después de varias acciones, la última vez se sentó sobre mí un policía y me dejó muy dañada. Así como hago un acto de despliegue de energía, luego me retraigo sobre mí. Las acciones tampoco son muy seguidas, pues detrás hay mucho estudio, mucho compartir, mucho debate. Son horas y horas de trabajo en comunidad”.

Obras como El milagroso altar blasfemo, pintado en la fachada del Museo Nacional de Arte, se replicó también en Ecuador y Chile. “Tengo muchas ganas de volver a hacerlo. No sé si en el Vaticano”, se ríe.

Pero la expresión de María cambia: un dejo de tristeza y rabia toma su rostro cuando repasa las acciones que ha hecho con pintura roja en los muros de varios edificios gubernamentales. “Cuando estás en el cuerpo de una mujer y te enteras de una violación tras otra violación, de una ola de violaciones colectivas, sientes un manoseo. No es a ella, es al cuerpo-mujer. ¿Cómo vas a reaccionar? ¿Enviando una carta al Gobierno? ¿a la Alcaldía? Nuestras intervenciones son salvajes y deberían serlo más. El cuerpo ya no me da para todo lo que quisiera hacer”.

¿Qué pasará entonces en 20 años? “No importa. Nosotras no estamos luchando por ser alcaldesas, nuestras luchas son infinitas. Lo que hacemos llega hasta el presidente Evo Morales, llega a todo el país, hasta el último rincón. Y así como las violaciones se reflejan en nosotras, la dignidad también. Es un espacio de rabia, dignidad y rebeldía muy legítimo, se comparte y abre espacio social... Nosotras pasaremos, por supuesto, pero la dignidad queda. Nuestra venganza es ser felices”.

María Galindo

Paul B. Preciado -  curador de arte y filósofo transfeminista

  • Pintura. ‘Las tres Marías’, una obra de la artista Ejti Stih, en la que retrata a María Galindo. Foto: EJTI STIH

María Galindo (La Paz, 1964). “Soy puta, soy lesbiana, soy boliviana. Solo puedo existir construyendo alianzas prohibidas entre estas posiciones discursivas y políticas que están supuestamente en contradicción entre sí. Hablo desde el lugar de la tortura y la violencia, pero no para dar testimonio, sino para imaginar la felicidad desde una posición de desobediencia”. Estas son las palabras con las que se presenta María Galindo, una artista, performer, activista, escritora y cofundadora del colectivo boliviano Mujeres Creando. Trayendo a la conversación las prácticas y los conocimientos subalternos de mujeres indígenas y la tradición política y literaria del anarquismo, el punk y el feminismo no blanco, María Galindo ha creado en los últimos 15 años una práctica artística radical.

¿Pero qué puede hacer el arte en un contexto de neocolonialismo autoritario en el cual las lógicas del feminismo y del discurso identitario indígena han sido absorbidas por los discursos humanistas, religiosos y neoliberales como nuevas estrategias de control? María Galindo responde sacando el arte del mercado y de la galería y devolviéndolo al lugar donde nació: la plaza pública, el ritual social. Contra la purificación racial y sexual del cuerpo, el trabajo de María Galindo exorciza el terror de la historia colonial a través de una teatralización bastarda e iconoclasta de los símbolos católicos y patriarcales. Contra la economía capitalista de explotación y destrucción ecológica, el animismo artístico de María Galindo usa objetos y cuerpos “baratos y rotos”, otorgándoles nueva vida como tótems de una revolución poética que está por venir y que desafía nuestros modos convencionales de la percepción y nuestras economías deseantes. Sus prácticas más-que-artísticas pertenecen a un linaje de artistas-chamanes donde también podemos encontrar las obras de Pedro Lemebel y Las Yeguas del Apocalipsis, Ocaña, Miguel Benlloch, Sergio Zevallos, Beau Dick, Lygia Clark, Michel Journiac, Ulrike Ottinger, Annie Sprinkle y Beth Stephens, Vala Tanz o Guillermo Gómez Peña.

* El texto fue publicado por ArtReview,

revista internacional de arte contemporáneo (Londres).

La traducción es de Liliana Colanzi

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