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Melancolía: la nada y la nadería

Cine. Lars von Trier ha ido muy lejos en su imagen de la melancolía: hacia el vacío.

Boda. Dunst, la novia del fin del mundo.

Boda. Dunst, la novia del fin del mundo. Foto: Internet

La Razón / José Andrés Rojo, periodista

00:00 / 26 de febrero de 2012

Lars von Trier ha abordado la nada en Melancolía y le ha salido una nadería. Kirsten Dunst (Justine) explica en un momento de la película que le cuesta avanzar porque siente un peso enorme en los pies que la mantiene detenida. Y eso es, de ese peso se trata, que te frena y te agarra al sitio y te tumba, que te enfrenta a un mundo en el que nada tiene sentido. Para qué moverse, para qué levantarse, no hay horizonte, nada sirve, sólo está la muerte, una inmensa desolación, un vacío inescrutable y sin fin, una llanura inhóspita.

De eso debía tratar la película de Lars von Trier y la impresión que produce es la de haberse pasado. La de haber querido ir demasiado lejos, como si la melancolía no tuviera entidad por sí misma y fuera necesario sacarla en procesión y hacerla desfilar con acompañamiento ensordecedor de bombos y platillos. Nada vale para quien se precipita en la melancolía, pero nada vale del mismo modo que todo podría valer. Las razones para encontrar sólo vacío por doquier se sostienen en las mismas delicadas e imperceptibles razones por la que todo podría resultar lleno de sentido de vitalidad. Ahí está su misterio: que el peso de vivir resulta de pronto insoportable.

 Lars von Trier ha preferido trivializar ese vértigo y ese abismo dándole una explicación que seguro conmueve a cuantos adoran la retórica new age: hay melancolía porque hay un planeta que se nos está viniendo encima.

Kristen Dunst, por tanto, no es que se haya visto postrada súbitamente en el mal, es que ha sabido intuirlo y adelantarse a su llegada. Es más: hasta se permite salir al campo y desnudarse para recibir la luz de ese cuerpo celeste que nos va a destruir de manera definitiva.

Comprenderán que cuando uno observa esa secuencia, amén de quedar fascinado por el hermoso cuerpo de la actriz, se pregunta qué tipo de resortes operan en la cabeza de un director que, en trabajos anteriores, había sabido tocar con ferocidad algunas teclas de la condición humana.

Hay que decir unas cuantas cosas sobre el trabajo de Lars von Trier. El film está rodado con primor, los escenarios elegidos tienen una belleza turbadora y la música de Wagner (el preludio de Tristán e Isolda) que utiliza Von Trier para irle dando pespuntes a su historia sirve ella sola para expresar la hondura inabarcable y desgarradora de la melancolía. También conviene subrayar que Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg y Kiefer Sutherland defienden sus papeles con una dignidad tan grande y un compromiso tan profundo con la voluntad de hacer creíble la película que dan ganas, por el trabajo que despliegan, de creérsela. Pero Lars von Trier lo pone muy difícil.

En un artículo reciente sobre la melancolía, Josep Massot cita una frase del libro de Robert Burton: “Podemos contar hasta 88 grados de melancolía, ya que cada uno se ve afectado por ella de un modo distinto…”.  Ahora habría que decir que son 89, si es que cuenta la película de Von Trier como un caso más, el de melancolía estomagante.

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