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Memoria física e ‘impacífica’

La propuesta de María Eugenia Pereyra se presenta hoy a las 20.00 en El Desnivel

DANZA. Un cuerpo bailando después de gritar gol.

DANZA. Un cuerpo bailando después de gritar gol.

La Razón / Mary Carmen Molina Ergueta

04:26 / 04 de noviembre de 2012

El cuerpo, decía Jean Luc Nancy, es material y denso, impenetrable. “Si se lo penetra, se lo disloca, se lo agujerea, se lo desgarra”. El ir y venir de un cuerpo en el mundo, entre las cosas que pasan y las que ya han pasado, lo arroja constantemente hacia otros cuerpos, que lo definen y, a la vez, lo interpelan. En este transitar por la historia, el cuerpo es desgarrado: la historia no pasa sino a través del cuerpo, que es materia del mundo. Nada más ajeno para el cuerpo que sí mismo: el cuerpo siempre es otro, habla de otros, carga consigo mismo en tanto lleva a cuestas la historia, que es suya y no lo es.

La memoria se inscribe en el cuerpo y el arte ha jugado con este concepto desde distintas aproximaciones. La danza crea el espacio donde aparece el indicio del cuerpo desde la paradoja de su condición efímera y su gravedad histórica: en la danza nada pesa más que el gesto, inasible por definición, interpelante en cuanto disloca la permanencia, los márgenes de la materia. Es desde aquí que puede comprenderse la propuesta de imPACÍFICO, la obra de danza contemporánea de la bailarina María Eugenia Pereyra. En la pieza, la memoria se construye a partir de la tensión entre la victoria y la derrota, a partir de dos episodios en la historia de Bolivia: la Guerra del Chaco y la clasificación de la selección boliviana de fútbol al Mundial de 1994.

Si nos enfrentamos a la obra desde su emotividad, el gesto de dislocación del cuerpo es fundamental. Los ejes son continuamente puestos a prueba: el cuerpo aparece expuesto a una conmoción que le imprime un ritmo agitado y lo lleva fuera de órbita. La atmósfera inicial presenta al cuerpo como una extensión doblegada sobre sí misma: si de hacer memoria se trata, mirarse el ombligo es tarea fácil, más fácil, digamos, que apostar por eliminar el centro o multiplicar éste hacia otros lugares. ¿Qué sostiene al cuerpo? ¿El cuerpo se sostiene a sí mismo? ¿Dónde radica el centro de los movimientos? En todos los lugares y en ninguno a la vez.

En esta línea, la música aporta al concepto de manera importante. Por una parte, una especie de deconstrucción de elementos sonoros que remiten a la historia del Chaco: la chacarera y el bolero de caballería fungen como signos del desgarro de un cuerpo: los cuerpos de un espacio, de una derrota, del fin y las despedidas.

El otro punto de la tensión es algo reciente. La obra se apropia de un hecho de la cultura popular que define eso que, hoy por hoy, no somos. Los bolivianos y el fútbol, como la larga historia de la pasión por la derrota, tiene un punto de quiebre en 1993, con el estallido de una algarabía contenida y las voces de la familia Valdivia de fondo. La obra se encamina hacia otra cosa, toma un ritmo menos solemne y sugiere un vuelco final: la historia es materia que se encarna, digamos, ahí en la cancha, cayendo y con la camiseta puesta. Nada más lejos del patriotismo en tiempos plurinacionales. Queda la memoria de un terremoto en Sipe Sipe y un cuerpo bailando después de gritar gol.

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