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Meryl Streep, la virtud del acero

La actriz se apropia de la personalidad de Margaret Thatcher en un trabajo impresionante

Artista. Una Dama de Hierro más nítida y precisa que la propia Thatcher.

Artista. Una Dama de Hierro más nítida y precisa que la propia Thatcher. Foto: Internet

La Razón / Luis Martínez

00:00 / 15 de enero de 2012

Actuar, dijo en una ocasión Marlon Brando, “es la expresión de un impulso neurótico. Es la vida de un vagabundo”. También manifestó que un actor es una persona que nunca hace caso a una conversación salvo que se hable de él. Y, probablemente, en los dos casos tenía razón. Nadie tiene derecho a llevar la contraria al más grande. Pero, ¿qué es un actor? Hitchcock no dudaba: alguien poco deseable.

“Cuando un actor viene a decirme que quiere discutir su personaje, le contesto: Está en el guión. Si me pregunta: ¿Cuál es mi motivación?, simplemente le respondo: Tu sueldo”. Sea como sea, parece cierto que la misión del actor es no ser visto; esconderse en el personaje (y de la vista de Hitchcock) hasta desaparecer.

Cosa que jamás haría Brando, pero sí Meryl Streep. El mejor ejemplo es La dama de hierro. De hecho, por más que se busque es difícil encontrar un átomo de la actriz por ninguna parte. Desaparece. Margaret Thatcher, por mucho susto que dé, es ella. O mejor, vista la película, apenas tiene importancia quién sea o fue o pudo ser aquella primera ministra que parió el Poll Tax y hundió el Belgrano con sus más de 300 marinos. Importa la recreación químicamente perfecta de una actriz que literalmente se inventa a Margaret Thatcher.

Impresiona la forma en la que más que imitar se apropia de la dicción silbante y aguda de su personaje; el modo en que transforma los gestos ajenos en propios, y, sobre todo, la manera de coreografiar lo que bien podría ser entendido como un sistema de vida. No se trata tanto de actuar como de vivir por dentro; no se trata de un ejercicio de imitación, sino de resurrección.

Cierto es que, cumplido el efecto sorpresa, la película no ofrece mucho más. La idea de la guionista Abi Morgan y la directora Phyllida Lloyd es acercarnos al ser humano a la vez que nos distanciamos de cualquier juicio de lo que ese ser humano hizo o pensó. Y eso es hacer trampa. Se quiere retratar a Margaret Thatcher independientemente de cualquiera de las decisiones políticas que la convirtieron en Margaret Thatcher. Algo así como un retrato despolitizado de la gran política (guste o no) que fue.

Se trata de trenzar la vida personal y política en un juego de interacciones cruzadas donde las imágenes documentales, las ensoñaciones figuradas, lo real y lo irreal se mezclan hasta confundirse. Las decisiones más graves y dolorosas tomadas desde la cocina (en sentido estricto) más modesta. La figura que emerge es por necesidad grande. No puede ser de otro modo. Una mujer decidida en un mundo de hombres indecisos.

Sea como sea, queda la sensación intocable y perfecta de una actriz que se niega a actuar. Desaparece. Meryl Streep es Margaret Thatcher de forma mucho más nítida, precisa, feminista y entrañable de lo que, probablemente, jamás soñó ni la propia Margaret Thatcher.

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