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La Metamorfosis de la literatura

Kafka amplió el alcance de la ficción al hacer creíble lo imposible con la angustiosa historia de Gregor Samsa

Totalitarios. La figura del padre refleja en toda la obra de Kafka un poder absoluto e irreflexivo, el anuncio del fascismo y el estalinismo.

Totalitarios. La figura del padre refleja en toda la obra de Kafka un poder absoluto e irreflexivo, el anuncio del fascismo y el estalinismo.

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Murillo - Escritor

00:00 / 01 de noviembre de 2015

Uno de los libros que sirvieron de inspiración para que Terry Gilliam escribiera y filmara su película Brazil, de 1985, fue la novela de George Orwell 1984, publicada en 1949. Esto lo sabemos por afirmaciones del propio Gilliam, pero sobre todo por rasgos que encontramos en el film y que nos conducen al libro de Orwell.

Pese a esto, hay algo en la misma película que la aleja irremediablemente de 1984: el humor. Mejor dicho, la particularidad del humor de Brazil. Si bien es necesaria la referencia a Orwell, en el filme encontramos también otro tipo de influencias. Porque Brazil es, ante todo, kafkiana. Tal vez una afirmación así suene muy tajante, pero se puede decir sin temor a equivocarse que la película de Gilliam es la puesta en escena que, de manera más acertada, representa audiovisualmente la obra de Kafka.

Existen distintas adaptaciones de los textos de Kafka, aunque una destaca entre las demás por su valor histórico y fílmico: El proceso, dirigida por Orson Welles. La película acierta con muchas imágenes y escenografías al momento de adaptar la novela —la sala de los escritorios, el cuarto del pintor con las niñas rondando afuera o la habitación del abogado— pero en imagen, trama y espacios Brazil resulta más kafkiana.

Aunque habría que pensar:¿qué quiere decir “kafkiano”? ¿Qué es lo kafkiano? ¿Hasta dónde llega? Como ocurre con muchas nuevas definiciones, esta palabra ido perdiendo su intención original y ahora se usa de manera desmedida y casi para todo. Si bien se puede entender como una situación absurda y angustiosa —esto es lo que dice el diccionario—, por “kafkiano” se entiende algo más, algo inseparable de la obra de Kafka y, por lo tanto, de su gran repercusión.

Tanta influencia se explica porque si hay un escritor que ha cambiado de manera clara y contundente el panorama de la literatura de siglo XX, ese es Kafka.

Aunque no sea el único, por supuesto: junto a él existe un pequeño grupo de autores también ineludibles. Por ejemplo, en esta misma revista, en un artículo titulado Kafka entre otros, el filólogo Luis H. Antezana destacaba la influencia del checo en la literatura universal y, específicamente, en la boliviana.

Antezana cuenta que llegó a Kafka para entender El proceso de Welles, y que pudo familiarizarse con la novela gracias a los escritores Max Brod —amigo de Kafka, checo germanohablante y de origen judío como él— y Jorge Luis Borges. O sea, que Kafka se convirtió para Antezana en una suerte de red simbólica donde se unían y se ponían en conflicto distintos discursos ficcionales y analíticos. Eso bien puede ser Kafka.

También explica Antezana que esos “ecos kafkianos en la narrativa boliviana” son reconocibles en varios autores; por ejemplo, en Óscar Cerruto y en Jaime Saenz. Del primero se pone como ejemplo Los buitres, y se podría añadir Ifigenia, el zorzal y la muerte. Más allá de estos detalles, hay que estar de acuerdo con Antezana cuando dice que la literatura de Kafka, y la influida por ella, sigue intentando agotar el mundo desde la escritura.

CUERPO. Uno de los libros escritos por el checo que no ha perdido actualidad e importancia es La metamorfosis. Una extraña novela corta que ha tenido un efecto capital en distintas generaciones de escritores. El libro narra —es ya muy conocida la trama— la historia del viajante de comercio Gregor Samsa. Una mañana intenta levantarse y se da cuenta de que se ha convertido en un asqueroso insecto.

La novela trata sobre los devenires del nuevo bicho y su relación atormentada y problemática con su familia, con la que vive: papá, mamá y hermana. Entre varios conflictos está la transformación de Gregor y su cuerpo nuevo. Toda la obra de Kafka es, entre otras cosas, una profunda y angustiosa reflexión sobre el cuerpo. Esto se lee en La metamorfosis cuando Samsa intenta hablar y le sale un pitido horroroso: la voz cambia y muta hacia lo repulsivo.

HUMOR. Existen ya tantas interpretaciones y lecturas sobre La metamorfosis que se ha convertido en un libro más recomendado que leído. Entre las muchas imágenes que ofrece la novela destaca la de Gregor —ya insecto— acostado en su cama y mirando su cuarto. Porque la mirada es para Kafka un tema complejo. Samsa mira por las ventanas el cielo y las nubes. Mira a través de la puerta semiabierta lo que sucede en el comedor.

Y, cómo no, está el humor, que es esencial en la obra de Kafka. Pensemos en ejemplos de La metamorfosis: el padre correteando al hijo-insecto alrededor de la mesa de comedor mientras le lanza manzanas. Gregor aferrado con todo su cuerpo y sus muchas patas de bicho a un cuadro en su cuarto, para que su hermana no se lo lleve. La segunda sirvienta, una mujer grande y tosca, que entra a curiosear la habitación de Gregor y lo pica con un palo.

Dice Antezana que uno de “los impactos de Kafka es el haber radicalizado las posibilidades de la ficción. A partir de él, ya no solo se trata de narrar verosímilmente lo posible sino de hacer verosímil aún lo imposible”, un criterio que ahora se puede aplicar hasta a la narración realista. Nunca es anacrónico leer libros que tienen un siglo o más de publicados. Una de las razones para leer La metamorfosis —y todo Kafka— en este siglo es que ahora es más fácil enfrentarse a la novela olvidando los lugares comunes que se instauran alrededor de una obra consagrada. Leer a Kafka desde el siglo XXI es tan actual, necesario y novedoso como leerlo hace cien años.

Despertar de un sueño intranquilo

Cada lector convive con un monstruo propio, intransferible y a la medida de sus temores

Fernando M. Vara de Rey - Poeta

Una imprenta de Leipzig, Alemania, multiplicó ya para siempre un inaudito relato titulado Die Verwandlung —que fue controvertidamente traducido al español como La metamorfosis en lugar de La transformación— hace ahora un siglo. Su autor era un semidesconocido veinteañero, aturdido por las mujeres, la opresión familiar y la literatura: Franz Kafka, el escritor de tres pies sumergidos en los océanos culturales de lo checo, lo germano y lo judío.

En un tiempo de fronteras confusas y herencias culturales variadas, Kafka escogió la lengua alemana como cauce de la mayoría de sus escritos. Borges, admirador y en alta medida émulo del autor checo, alaba su alemán “sencillo y delicado” y liga su universalidad a su concisión, virtud tan extraña a escritores coetáneos al checo, como James Joyce. Borges comparte con Kafka la pasión por la metáfora y la maestría en el relato corto. Sin conocerse jamás, ambos gestaron mundos descabellados que contrastan con sus vidas despojadas de aventura.

Si Borges señaló La biblioteca de Babel como su relato más kafkiano, podríamos distinguir La metamorfosis como el más borgiano de los escritos de Kafka, por su híbrido de tragedia y fantasía. Sin embargo, la peripecia del hombre que “tras despertar de un sueño intranquilo” amanece transformado en un insecto, trasciende a la pura ficción. Resulta significativa la renuencia de Kafka a que las ediciones de La metamorfosis incluyeran ilustraciones del insecto en que se convierte el desdichado protagonista: lo importante no es la fisonomía del monstruo, cada lector convive con el suyo, intransferible y a la medida de sus temores.

Y los temores y fobias de Kafka son los que forman a Gregor Samsa, el trasunto invertebrado del autor. El carácter frágil y obsesivo, la profunda sensibilidad y la psicología lacerada de Kafka está marcada por un padre hostil. Una figura amenazadora que es ubicua en su obra. A veces, tan explícitamente como en la Carta al padre, escrita con la negra tinta de la decepción. En el resto de su obra, retrata al padre a través de la acción despiadada del poder: el Estado implacable, la burocracia de plomo, el orden que apabulla y que arrincona.

En La metamorfosis, la tiranía se encarna en el padre que ataca moral y físicamente al hijo empequeñecido, en el núcleo familiar que va abandonando a Samsa en su desgracia, en el jefe que le abronca y en los huéspedes que le desprecian. Son los resortes de una sociedad opaca en la que la transformación o metamorfosis es el último estadio de un proceso de deshumanización o el primer hito de una rebeldía sin precedentes.

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