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Migrantes: la literatura de los que se fueron

La FIL dedica un espacio de charlas y debates a seis autores bolivianos que viven y crean más allá de nuestras fronteras. Dos de ellos reflexionan sobre la partida, la lejanía, la adaptación, y sus consecuencias a la hora de crear

retorno. La FIL ha hecho este año un esfuerzo especial para “repatriar” a Giovanna Rivero, Rodrigo Hasbún, Emma Villazón, Sebastián Antezana, Liliana Colanzi y Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Foto: home-disigning.com

retorno. La FIL ha hecho este año un esfuerzo especial para “repatriar” a Giovanna Rivero, Rodrigo Hasbún, Emma Villazón, Sebastián Antezana, Liliana Colanzi y Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Foto: home-disigning.com

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 09 de agosto de 2015

Nómadas que escriben

La literatura nos convierte en habitantes de un trayecto y no de un territorio, en  unos Ulises que encuentran en el viaje a Ítaca, y no en Ítaca, su razón de ser

Sebastián Antezana - escritor

La vinculación entre las figuras del viaje y la literatura, siempre del tipo retórico, hace mucho que se ha vuelto un tópico. La ficción como una forma de migración, un alejamiento, una peregrinación que nos separa de la propia orilla, del entorno, de la realidad que conocemos, marca algunas de las líneas críticas más tradicionales y ha sido amplio objeto de estudio y trabajo desde hace décadas.

Sobre ella valdría la pena hacer un par más de consideraciones. La primera tendría que ver con marcar cierta diferencia entre los conceptos de migración y de viaje. Pues entre las diferentes formas que el viaje adquiere a partir de la posmodernidad —turismo, trabajo, refugio, exilio...— la migración es una específica, una variante particular del desplazamiento no tan fugaz, ni tan violenta, ni tan dependiente del retorno. Así, una literatura que se ocupe de la migración —o una literatura migrante, o una literatura escrita por migrantes— será necesariamente una variante específica de la literatura de viajes: una de sus aristas, un destello del haz que representa no una estadía al exterior del territorio conocido, sino una vida o un modo de vida en él. Y también una escisión que empieza a presentar el mundo en, por lo menos, dos ámbitos: el adentro y el afuera.

Más allá de la narrativa de viajes, la idea de una literatura migrante nos remite de inmediato al concepto, bastante cuestionado, de literaturas nacionales, y frente al corpus que constituyen se presenta como una suerte de suplemento, un añadido que funciona en paralelo y es, al mismo tiempo, interior y exterior a él. Porque la literatura de la migración se comunica con las literaturas nacionales desde un lugar donde la Otredad no es total, sino parcial. Desde allí, desde ese vaso comunicante y ese hueco que configura la escritura migrante, desde ese lugar de “adentro-pero-afuera”, es posible comenzar a confeccionar un gesto literario que integre sin borrar las diferencias que mantiene con los corpus nacionales.

Pero hay más. Sobrepasando el concepto puro del viaje, el vínculo entre migración y literatura no encuentra su núcleo en la figura del desplazamiento sino en la del desplazamiento continuo. Porque la literatura, cuando es bien trabajada, marca una trayectoria similar.

En las antípodas del asentamiento, del plantado de cimientos, del sedentarismo, la ficción bien concebida es una maquinaria de crisis y movimiento constante, una permanente lucha interna, casi un autosabotaje que se expresa en un gesto que para el género resulta paradójicamente fundacional: el negarnos la propia casa, un hogar, un sitio seguro. Frente a cualquier idea de refugio, la literatura, cuando vale la pena, nos expulsa siempre al espacio exterior —tan desafiante como el espacio interior— y nos convierte en nómadas, habitantes de un trayecto y no de un territorio, criaturas de un recorrido y no de su inicio o su meta, Ulises constantes que encuentran en el viaje a Ítaca, y no en Ítaca, su razón de ser. O, por lo menos, el motor que los impulsa.

La migración literaria es tanto externa como interna, apunta hacia fuera de las fronteras —urbanas, nacionales, familiares— y hacia dentro de los vericuetos de personalidad y la memoria, hacia el individuo y la comunidad, hacia la rebelión y la tregua —una imaginación colectiva, después de todo, es siempre una lucha de significados—. En esta migración literaria, en este traslado con múltiples direcciones, los mapas de que nos valemos son necesariamente un lenguaje —un instrumento ideológico— pero además son un objeto estético, un símbolo de poder o de impotencia, y un signo, como todo signo lingüístico, capaz de presentar instancias de silencio o de redefinición.

La literatura, así, incluso cuando es migratoria, no es solo recorrido. También ofrece momentos de pausa, instancias que obligan a una parada. Hay autores, libros, personajes y pasajes de historias que merecen un alto en el camino. Hay páginas y párrafos gracias a los que la migración se detiene y en su lugar empieza algo parecido a un afán civilizatorio, incluso si es solo momentáneo. Y entonces, llega el momento de edificar. Quizás podría vérselo así. Pero con la buena literatura el trance suele ser breve.

La literatura, también, en este recorrer y parar en el camino, podría entenderse como el minucioso ejercicio de construir una casa, levantarla poco a poco desde los cimientos hasta las tejas del techo, perfeccionar los cuartos y las salas, pintarlos, dejarlos listos y habitables y, al último momento, cuando lo que queda por hacer es enfrentarse a la puerta principal y abrir la cerradura, dejarlo todo, marcharse, abandonar la casa, como un patológico Wakefield, e irse sin más, incluso sin rumbo, simplemente moverse, migrar, visitar lugares exteriores e interiores, construir allí otras casas, nuevas casas, con paciencia, apasionadamente… y el instante antes de habitarlas dejarlas otra vez, abandonarlas, y así seguir migrando.

El alejamiento: catalizador o detonante

Más que la falta de la madre, que el recuerdo del olor, el sabor, el placer y el dolor, está la sensación de ausencia

Claudio Ferrufino-Coqueugniot  - escritor

Pienso en dos nombres: Józef Korzeniowski, el gran Conrad, y Nina Berberova. Exilios voluntarios y obligatorios. Conrad escondió su origen y embrumó a propósito el pasado para quizá cortar su ligazón con una Polonia que no era libre entonces y con una tierra que cambiaba de manos en la historia demasiadas veces como para convertirse en referencial. En Polonia el concepto de patria es a la vez muy aferrado y muy difuso, filial y huérfano al mismo tiempo. El polaco se convirtió así en inglés, una de las glorias de la literatura inglesa, incluso, y dejó de ser polaco para siempre. Lo suponemos.

El caso de Berberova es distinto. Obligada a dejar Rusia el año 1922 junto a su esposo, el poeta Jodásevich, huyendo del hambre y de la imposición, deambuló por Alemania e Italia para quedarse en París, donde escribió para publicaciones breves del exilio ruso. Siguió escribiendo en su idioma y luego de décadas de anonimato fue descubierta por los editores franceses para resucitar del silencio la gran literatura rusa. Compartió con Vladímir Nabokov aquellos años difíciles, siendo este último también un notable espécimen de escritor alejado de su lugar de origen.

Por cierto, que no es ese alejamiento, en cualquiera de sus vértices, quien produce al escritor, pero puede ser tanto catalizador como detonante. En Conrad, la afición marina inglesa, abierta a los océanos y no encasillada como la polaca al mar Báltico, o al Negro en su momento histórico, fue determinante. Berberova se enfrasca en las minucias dramáticas del exilio, la pobreza, la soledad impuesta: lo que Francia ofrecía a la emigración rusa huida de la revolución. En Conrad el horizonte se amplía mientras que en Berberova se reduce. El panorama de uno tiene longitud de mar y en la otra, pesadez de encierro. En cuanto a lo literario, magníficos, ya sea con visión de futuro y dinámica de aventura o con nostalgia. Ambos de sus universos originales han desaparecido; los huesos para Conrad se han hundido y para Berberova flotan. Solos, sí, mucho; los dos.

Narrar acerca de estos paradigmáticos escritores sirve para ejemplificar al resto de quienes deciden, por las razones que fuesen, dejar la tierra de origen y afincarse en otro lado, o en ninguno, pero cortar el trazo umbilical con la memoria, en un corte preciso y seco que al menos en apariencia la condene al olvido, u otro delicado, no solicitado y que preserva vívido el pasado y pone al osado y/o desgraciado personaje en la senda de lo que es tal vez el mayor peso del alejamiento: solitud. Más que la ausencia de la madre, que el recuerdo de la tierra, el olor, el sabor, el placer y el dolor de ayer, está la sensación indefinida de ausencia. Hablo en términos ochocentistas o novocentistas porque abunda hoy una camada de escritores que trashuma la academia y se agita en el frenesí tecnológico que carece de ese casi poético/dramático/suicida impulso del exilio y sus desaires. Hoy, observándolos, no hablaríamos de Joseph Kessel o de Blaise Cendrars; mucho menos de la angustia centroeuropea de tipos como Joseph Roth; ni siquiera de algo más cercano a nosotros como son los exilios de Cortázar y García Márquez.

De si viajar sirve para escribir… Por supuesto. Como cualquier experiencia. La diversidad cultural es instrumento vital de conocimiento y de, aunque detesto usar la palabra, inspiración —tan venida a menos—. Siempre que me preguntan si irme me sirvió, contesto que sí. No en crear el impulso inicial, aunque no desdeño que exista tal posibilidad en otros casos, pero para enriquecer un bastante limitado espacio como el que tenía en el país. Henry Miller sirve como ejemplo. Ya escribía, pero es en París en donde se abren sus trópicos. No se necesita decir qué significaron esos libros para la literatura y no sabemos si existirían o no como están sin la experiencia francesa.

Emigrar no viene a ser un juego de niños. Es algo muy serio para cualquier ser humano, incluido el escritor. No implica, como ha sido en muchos casos, que se deba sufrir para escribir bien, pero sin el dolor no estarían con nosotros Dostoievski ni Petrus Borel. Es algo…

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