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Milan Kundera: el humor contra la represión

El escritor checo, que se mantiene alejado de la mirada pública, regresa con la novela ‘La fiesta de  la insignifi-cancia’

La Razón (Edición Impresa) / Guillermo Altares - El País

00:00 / 28 de septiembre de 2014

La primera novela de Milan Kundera, La broma, es la historia de cómo una ironía —como escribir en una postal “el optimismo es el opio del pueblo”— leída por quien no debiera, arruina la vida del protagonista en la Checoslovaquia comunista. La última, La fiesta de la insignificancia —que Tusquets acaba de publicar—, relata en uno de sus capítulos cómo Stalin cuenta una historia que puede ser, o no, un chiste. Descubrirlo no es sencillo y si, por casualidad, no es un chiste sino un delirio de dictador, puede costar la vida al que se ría a destiempo. En medio, transcurre la vida de uno de los escritores europeos más importantes del siglo XX, cuya existencia podría ser definida como una gran lucha contra un mundo que ha perdido el sentido del humor.

Los chistes son un ángulo magnífico para contar la historia del comunismo en Europa oriental y la URSS: “¿Qué hay más frío que el agua fría en Rumania? El agua caliente”; “¿se puede envolver un elefante con un diario? Solo si recoge íntegro un discurso de Kruschev”; “¿cómo visitan los rusos a sus amigos? En tanque” (este último es un chiste checoslovaco de 1968). El periodista Ben Lewis escribió un ensayo delicioso sobre el tema, Hammer & Tickle, en el que recoge la historia del checoslovaco Jan Kalina, autor del primer estudio sobre el humor bajo el comunismo, 1.001 chistes. Kalina escribió su libro aprovechando la apertura que antecedió a la Primavera de Praga y lo envió a imprenta, pero en ese momento no había papel. Cuando por fin llegó, los tanques soviéticos ya habían arrasado el estallido de libertad checoslovaco, y los impresores se pusieron a trabajar en los libros que tenían en lista de espera. El ensayo salió a la calle en 1969, vendió 25.000 ejemplares en dos semanas —el tiempo que tardaron en darse cuenta las autoridades de que no les hacía ninguna gracia— y su autor fue detenido y condenado a dos años de trabajos forzados por “publicar un libro satírico que insulta con crudeza al Estado y a la sociedad de la república checoslovaca y su solidaridad con la Unión Soviética”. En esa época, Kundera se convirtió en un gran escritor y sus libros en el símbolo de la Primavera de Praga en ese país absurdo que había perdido la batalla del sentido del humor ante los tanques. “El humor es esencial para él”, explica el escritor y periodista francés Jean Daniel, de 94 años, uno de los grandes amigos parisienses de Kundera, que escribió el prefacio de su autobiografía literaria, Los míos (Galaxia Gutenberg). “La ironía está en el centro de su vida, la idea de que uno no se puede tomar el mundo en serio”.

La vida y la obra del narrador, de 85 años, han estado marcadas por aquella represión, que le llevó al exilio, a cambiar de país, de nacionalidad (Mitterrand le concedió la ciudadanía francesa en 1981, después de dos años como apátrida) y, finalmente, de lengua: sus últimas cuatro novelas están escritas en francés. El autor se fue recluyendo poco a poco desde mediados de los años 80, cuando el éxito de La insoportable levedad del ser le hizo mundialmente famoso, apartándose de la mirada pública y de la prensa, de lo que llama los “estragos de la sociedad de la transparencia”, un proceso que se ha profundizado desde que fue acusado en 2008 de haber sido un delator bajo la dictadura comunista, un cargo que rechazó rotundamente en su primera declaración pública en 30 años (un párrafo dictado por teléfono a la agencia checa de noticias). Pero, como demuestra La fiesta de la insignificancia, hay algo de lo que Kundera nunca se ha olvidado: ni de la literatura, ni de los buenos chistes. “Aprendí a valorar el humor durante la época del terror estalinista”, aseguró en 1980 en una entrevista con el novelista Philip Roth, una de las últimas que concedió. “Tenía 20 años. Para identificar a alguien que no fuera estalinista, al que no hubiera que tener miedo, bastaba con fijarse en su sonrisa. El sentido del humor era una señal de identificación muy fiable. Desde aquella época, me aterroriza la idea de que el mundo está perdiendo el sentido del humor”.

Los amigos cercanos del escritor respetan el muro de silencio con el que ha decidido protegerse y evitan contar cualquier detalle sobre su vida. “Es un hombre muy secreto”, asegura Jean Daniel. “Mi amistad con ellos viene del hecho de que soy una tumba, es un pacto de amistad y un pacto de editora”, explica Beatriz de Moura, su editora española en Tusquets y traductora de sus libros del francés. “Los periodistas se convirtieron casi en una obsesión, pensaba que siempre iban a la noticia fácil, tenía mucho miedo a ser malentendido, también por los traductores. Pensaba que los medios tenían muchísimo poder, su postura fue que se hablara de su obra”, señala la traductora y escritora checa Monika Zgustova, que también trató mucho al autor de El libro de los amores ridículos. “Su vida es perfectamente normal, pero tiene que defenderse de la sociedad del entretenimiento”, asegura Fernando de Valenzuela, periodista, traductor al español de la obra en checo de Kundera y gran amigo del novelista.

Hace décadas que no concede una entrevista y es una pena porque la conversación con Roth, publicada en El oficio. Un escritor, sus colegas y sus obras (Seix Barral), es una auténtica joya: “El totalitarismo no es solo el infierno, sino también el sueño del paraíso”; “una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes”. En marzo de 1982, viajó a Madrid para presentar El libro de la risa y el olvido y concedió una entrevista en la que también se muestra como un interlocutor lúcido pese a que arrastra una gripe tremenda. “No me siento cómodo en el papel de disidente”, aseguró entonces, cuando la caída del muro de Berlín y el final del mundo comunista parecían una quimera. “Me veo a mí mismo como uno de los últimos artistas de la gran cultura centroeuropea, que está a punto de ser masacrada”.

En 1983 concedió una serie de entrevistas a Christian Salmon, que publicaría en The Paris Review y que se ha convertido en un clásico de los estudios literarios. En 1985 The New York Times publicó una larga conversación con la escritora experta en el mundo soviético Olga Carlisle, que describía su domicilio “como un pequeño apartamento con vistas a los tejados de Montparnasse”. “Lo que da personalidad a su salón son las pinturas modernas, surrealistas, que cuelgan de sus paredes. Algunas son de artistas checos, otras del propio Kundera”. Describe a Vera, su esposa, música y compositora, como “una guapa morena con el pelo corto”, y asegura que la fama ha irrumpido en su vida en forma de constantes llamadas y peticiones de “televisiones europeas, directores de teatro y de cine”. Es Vera quien atiende el teléfono. “Alto y delgado, vestido con un viejo jersey azul, Kundera parece un hombre que se siente a gusto consigo mismo”, prosigue la periodista, que relata cómo el propio novelista la acompaña caminando al hotel, “un corto paseo en medio de la ruidosa noche parisiense”. Dos días después los Kundera la invitaron a comer codorniz en salsa de enebro al estilo checo. El matrimonio no se muestra huraño en ningún momento, más bien todo lo contrario. “La vida, cuando uno no puede esconderse de los demás, eso es el infierno y lo sabe cualquiera que haya vivido en un país totalitario”, confesó entonces en una frase que, desde su refugio, tiene mucho sentido. Aquella entrevista, junto a unas preciosas imágenes de Milan y Vera Kundera en ese mismo salón tomadas por el fotógrafo siciliano Ferdinando Scianna, miembro de la Agencia Magnum, fueron los últimos momentos públicos del escritor. Le Monde cuenta que todavía es posible verle pasear por el Barrio Latino, donde vive, por el Jardín de Luxemburgo —donde transcurre una escena crucial de su última novela— o tomando un vodka en el bar del mítico hotel Lutetia. Pasa también temporadas en una casa de las afueras de París.

Kundera, nacido en 1929 en Brno, llegó a Francia en 1975 como profesor invitado a la Universidad de Rennes, en Bretaña, y se quedó. En 1979, el año en que se convirtió en apátrida, se trasladó a París y allí escribió La insoportable levedad del ser. En aquellos años hizo un descubrimiento extraordinario, cuando Alain Finkielkraut le preguntó durante una entrevista por qué el estilo de algunas de sus novelas en francés parecía tan barroco: se enteró así de que sus libros no habían sido traducidos sino reescritos. “Es muy minucioso con las traducciones”, señala De Moura, quien explica que hizo retraducir todas sus obras al francés, un proceso que le llevó dos años de trabajo y en el que él mismo participó. Finalizado, sus obras recuperaron en su lengua de acogida el estilo directo, claro, sin adjetivos, que caracteriza su literatura. “Querer tener una versión definitiva de sus libros es uno de los privilegios a los que tiene derecho un autor”, asegura De Valenzuela, quien explica que revisó sus traducciones del checo introduciendo todas las frases y matices de las diferentes versiones francesas. Cuando volvió a publicar en checo La insoportable levedad del ser en 2008 se convirtió en un éxito de ventas. La edición iba acompañada de una nota del autor que refleja muy bien su forma de enfrentarse a los textos: “Fue necesario reconstruir el manuscrito, perdido parcialmente, compararlo con ediciones anteriores y, por encima de todo, con la traducción francesa en la que introduje muchos cambios pequeños a lo largo de 20 años”.

El éxito de la edición checa de La insoportable levedad del ser parece contradictorio con la frialdad, incluso hostilidad, con la que muchos intelectuales acogieron la acusación, basada en un presunto documento de la policía secreta, de que en 1950, cuando tenía 20 años, había denunciado a un hombre que pasó 14 en un campo de trabajos forzados. Kundera lo negó rotundamente y recibió el apoyo público de autores de la talla de Philip Roth, Salman Rushdie, Nadine Gordimer o Gabriel García Márquez. Los responsables de la revelación, en cambio, han mantenido siempre su veracidad. “Le afectó muchísimo la historia de la denuncia, se sintió traicionado por los checos y creo que fue así realmente. Muy poca gente intentó comprender lo que había ocurrido”, apunta Zgustova. “La acusación destila el rechazo que todos los países del mundo muestran por sus exiliados”, asegura De Valenzuela, quien cree que todo fue una burda manipulación. Sin embargo, su traductor asegura que el cambio de lengua, similar al que experimentaron Nabokov, Beckett o Cioran, no se debe a una buena o mala relación con su país. “Es lógico. Si estás fuera del lugar donde vive tu lengua, acabas por escribir un checo de hace 40 años. Kundera no solo reflejaba el idioma que se hablaba en la calle, sino que, durante la Primavera de Praga, la calle hablaba como Kundera”. Sus últimas cuatro novelas, La lentitud, La identidad, La ignorancia y La fiesta de la insignificancia, están escritas en francés, al igual que la obra de teatro Jacques y su amo; y cuatro ensayos: El arte de la novela, Los testamentos traicionados, El telón y Un encuentro. No ha recibido el Nobel, pero en 2011 se le concedió un honor igual de importante (o más): se convirtió en el duodécimo escritor que entra en vida en la colección de la editorial Gallimard que marca el canon de la literatura mundial: La Pléiade. “Es curioso que después de haber sido alzado a los altares de La Pléiade se descuelgue con un libro tan particular, tan pequeño. Demuestra que está muy joven”, opina De Moura. François Ricard, el profesor de la Universidad McGill de Montreal que se ocupó de la edición definitiva en La Pléiade, aseguró en una entrevista: “Kundera puede ser de origen checo y puede haber adoptado la nacionalidad francesa, pero su obra no es ni francesa ni checa. Pertenece a otro territorio, a otra historia, a otro corpus que el de las lenguas en la que ha sido escrita: el espacio transnacional y translingüístico de la novela. Y hay muy pocos escritores contemporáneos de los que se puede decir esto”.

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