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Misión Imposible: Repercusión

La sexta entrega parecería vislumbrar el fin de las aventuras del agente Ethan Hunt

Poster de Misión 'Imposible: Repercusión'

Poster de Misión 'Imposible: Repercusión'

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz - crítico de cine

07:00 / 08 de agosto de 2018

A diferencia de otras sagas, la del agente Ethan Hunt, invariablemente personificado por Tom Cruise, asimismo productor de la media docena de entregas subidas a la pantalla hasta la fecha, optó criteriosamente por hacer de cada una de ellas una historia en gran medida autónoma, sin bien los ingredientes tienden a repetirse de una a otra: acción a raudales, intenso despliegue físico —Cruise asume personalmente el desafío aun en las escenas más arriesgadas, renunciando a los extras, lo cual en este caso le costó la fractura de un tobillo— y desde luego la impronta egomaníaca de quienes se sienten predestinados a salvar a la humanidad bajo un autoasumido destino manifiesto, imperturbable no obstante las derivas de la historia.

La referida decisión de autonomizar lo más posible cada episodio, distanciándose, se dijo, del modo usual de las franquicias, responde, tengo la impresión, a una estrategia de captura de audiencias apuntada por igual a quienes han tenido la oportunidad de seguir las andanzas de Hunt, como a los espectadores que van engrosando las filas de eventuales clientes interesados en el cine que mixtura la política con la aventura, los cuales pueden sumergirse sin mayores dificultades en la trama sin necesidad de estar en autos acerca de los antecedentes.

En este sexto episodio vuelve a encontrarse al timón Christopher McQuarrie, responsable también de la entrega precedente, rompiendo con otra de las características de la franquicia que en sus primeras cuatro producciones recurrió a otros tantos directores: Brian De Palma (1966), John Woo (2000), J.J. Abrahams (2006), Brad Bird (2011). Tal recambio contribuía por supuesto a imprimir un cierto acento estilístico diferenciado en cada una de aquellas, la menos redonda de las cuales pareciera haber sido la segunda, lastrada por la sobrecarga de cámara lenta e hipérboles.

En cambio, en la oportunidad McQuarrie entra en competencia consigo mismo tentando superarse en el despliegue coreográfico plagado de cabriolas y efectismos en una apuesta jugada por entero a cortarle el aliento a la platea y a mantenerla en vilo a fuerza de un despliegue de movimiento que a momentos rozaba el empacho en Nación secreta (2015). Esto y una inevitable tentación referencial al episodio anterior rompen de alguna manera con la impronta de otra saga que daría la impresión de estar ya al borde de un recomendable punto final.

Claro que el movimiento en sí mismo, que ha sido la marca transversal a todos los episodios, con alguna salvedad en el caso de la primera entrega manejada por De Palma con un tratamiento si se quiere más atenido a los cánones del relato cinematográfico clásico, el movimiento decía puede seguir siendo por tiempo ilimitado un recurso siempre propicio para cualquier fábula apuntada sin rubores al puro entretenimiento y la evasión, si bien hay en esta un subtexto atenido, igualmente sin disimulo, a la vocación imperial norteamericana.

El guion de Repercusión intenta densificar el personaje protagónico buscando elevarlo desde su tradicional figuración como diligente y eficaz ejecutor de operaciones diseñadas por superiores más bien incompetentes. En cierto modo ello hacía de Hunt una suerte de antihéroe, un perdedor resignado en buena medida a cumplir sin tener arte ni parte en las decisiones, ni en las consecuencias de las tareas que se veía obligado a llevar a cabo. Ese rol de peón desechable —está advertido de que en caso de ser atrapado por los antagonistas el gobierno deslindará cualquier vínculo—, en una partida jugada desde las alturas del poder en el contencioso geopolítico se le antoja ya un tanto incómodo. De tal suerte el lado con anterioridad levemente oscuro del personaje queda un tanto más oscurecido, enfrentándolo a los fantasmas de su pasado y acentuando de igual manera el lado paródico de una historia que se burla a momentos abiertamente de sus propias claves.

Luego del extravío en Berlín por el equipo de la Fuerza de Operaciones Imposibles comandado por Hunt de un importante cargamento de plutonio destinado a producir tres bombas nucleares, la CIA resuelve tomar cartas en el asunto adscribiendo un asesor-control responsable de velar por la seriedad en la ejecución de las futuras misiones. La primera de las cuales consiste justamente en intentar recuperar dicho cargamento del químico radiactivo perdido. Empresa sembrada de escollos en apariencia insalvables. Pero, se sabe, no existe obstáculo insuperable para la fuerza en cuestión, menos aún si por añadidura interviene la propia Central de Inteligencia. El antagonista vuelve a ser, como en alguna entrega precedente, Salomón Lane, un anarquista ofuscado en desestabilizar a los gobiernos del Primer Mundo provocando una catástrofe inocultable con el bombardeo atómico a los sitios sagrados de algunas de las religiones más profesadas: Roma, Jerusalén y La Meca.

Londres, París, Cachemira son los escenarios elegidos para cobijar la aventura. En los dos primeros casos podría aventurarse que se trata de homenajes a James Bond y al “polar”, versión francesa del género de películas de espías. Es indudable empero que tal elección está pensada para sacar el mejor partido de las callejuelas en las persecuciones a pie o en motorizados que ocupan un porcentaje significativo del metraje. Se trata, por decirlo de alguna manera, de una decisión estéticamente motivada.

A momentos la anécdota, sobre guion del propio McQuarrie, daría la impresión de lanzar uno que otro dardo crítico al accionar de las agencias de inteligencia —al uso intensivo de los dispositivos digitales como instrumento de espionaje también—, y su detestable papel en las guerras soterradas escenificadas a diario en todos los jirones del planeta. Es empero mera apariencia, lo cual no quita que el espectador interesado tan solo por un pasatiempo acorde al precio oblado en la taquilla quede probablemente satisfecho al cabo de los 147 minutos, cuyo agitado transcurrir puede dejar la sensación de haber asistido a una película de menor metraje.

Queda empero flotando una pregunta: ¿cuánto espectáculo es demasiado espectáculo? O ¿cuándo el exceso de agitación coquetea con la monotonía? El riesgo de incurrir en la demasía ronda a cada instante del relato cuando Hunt/Cruise emerge impertérrito de las situaciones más comprometidas, no sin dejar de mirar a cámara, es cierto, como si alguna duda sobre el sentido de semejante corre-corre lo asaltara en el instante final, guiño de humanización que pretende volver a bajarlo desde el olimpo de los superhéroes a la tierra, como si esas instantáneas alcanzaran para desencasillarlo del esquemático arquetipo de justiciero omnipotente al cual ha quedado en última instancia relegado.

Ficha técnica

Título Original: Mission Impossible: Fallout

- Dirección: Christopher McQuarrie

-Guion: Christopher McQuarrie, Bruce Geller

- Fotografía: Rob Hardy

- Montaje: Eddie Hamilton

- Diseño: Peter Wenham

- Arte:  Matthew Gray, Gary Jopling,

Steven Lawrence, Agata Maliauka

- Música: Lorne Balfe

- Efectos: Caimin Bourne, David Brighton,

Raytheon Buna, Guillaume Chevalier, Max Connolly

- Producción:  J.J. Abrams, Raphaël Benoliel,

Per Henry Borch, Tom Cruise,  David Ellison

- Intérpretes: Tom Cruise, Henry Cavill, Ving Rhames,

Simon Pegg, Rebecca Ferguson, Sean Harris, Angela Bassett, 

Vanessa Kirby, Michelle Monaghan, Wes Bentley,

Frederick Schmidt, Alec Baldwin, Liang Yang –USA/2018

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