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Modiano y el París ocupado

El último Nobel de Literatura retrata la tragedia de la comunidad judía a través de calles y edificios que aún existen

HOMENAJE. Modiano (a la derecha de la placa, con lentes y mirando a la cámara) inaugura junto a la alcaldesa de París la calle en memoria de la protagonista de su novela. Foto: leparisien.fr

HOMENAJE. Modiano (a la derecha de la placa, con lentes y mirando a la cámara) inaugura junto a la alcaldesa de París la calle en memoria de la protagonista de su novela. Foto: leparisien.fr

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco - escritor

00:00 / 28 de junio de 2015

Solamente cuando se anunció que Patrick Modiano había obtenido el premio Nobel de Literatura comencé a releerlo con mayor atención y a descubrir en sus escritos cualidades que antes me pasaron desapercibidas. Por ejemplo, mis dedos trajinaron velozmente las páginas de una edición pirata de sus primeras narraciones insertas en la Trilogía de la Ocupación, en una pésima traducción de María Teresa Gallego Urrutia que, sin embargo, me permitió apuntar pacientemente la ubicación de las casas de tortura que los nazis requisicionaron en París. En ellas, junto a los colaboracionistas de la Gestapo francesa, instalaron sus centros de detención clandestina y sus templos de diversión y esparcimiento en aquel París donde los sicofantas no faltaban y donde los usureros, traficantes, proxenetas, contrabandistas y chantajistas sobraban.

En mis ratos de ocio parisino —que son los más del año— me dediqué a identificar los palacetes que, con calle y número, registra Modiano en su obra. Y contemplando las celosías cerradas, sus atrios de entrada con puertas de hierro macizo, sus ventanales amplios ora clausurados, ora ventilados, recordé los retratos que el joven narrador judío hace de los momentos más tétricos de la dominación nazi. Los personajes descritos —copiados de la realidad o de la chismografía entre la comunidad judía de la posguerra— están pintados en cuerpo y alma y corresponden a la recolección de los pensamientos y conjeturas que los hebreos perseguidos solían confiar a gentiles hospitalarios.

CALLE. Releyendo Dora Bruder, aquel relato de la adolescente que descubre tardíamente su condición de judía, me conmoví vivamente. Ese personaje de novela cuenta ahora con una calle en homenaje a su memoria, inaugurada en el romántico barrio de Montmartre por Ana Hidalgo, emigrante española y socialista que ganó holgadamente la Alcaldía de París. Con ese motivo, los literati volvieron a escarbar los orígenes de esa obra, y ahora se confirma lo que Modiano confiesa: que aquel escrito nació motivado por un aviso que leyó inadvertidamente en el vespertino Paris soir del 31 de Diciembre de 1941. Decía así: “Paris: se busca: a la muchacha Dora Bruder, 15 años, 1m. 55, rostro oval, ojos grises-marrones, abrigo sport gris, pull-over carmesí, falda y sombrero azul marino, zapatos deportivos marrones. Referencias de cualquier novedad al Sr. y la Sra. Bruder, 41, boulevar Ornano, Paris”.

Esos datos fueron suficientes para que el novelista comenzara a imaginar la muchacha judía quizá asesinada por los SS, como una prima suya de igual nombre. Más aún, la desaparecida vivía en el boulevard Ornano, una arteria concurrida que el escritor frecuentaba de niño. Entonces se apresuró a consultar el Memorial de la deportación recopilado por Serge Klarsfeld (cuya esposa Beate estuvo en Bolivia persiguiendo a Klaus Barbie) y logró identificar plenamente a Dora Bruder, que fue confinada al campo de concentración de Auschwitz el 18 de septiembre de 1942. La febril creatividad del escritor teje tramas familiares acerca de Dora en cuatro novelas en las que sus padres aparecen y desaparecen. Modiano, gracias a Klarsfeld —incansable cazador de nazis—, se hace con un expediente completo con mementos y fotos de la verdadera Dora, y así se le facilita la tarea de reconstituir y novelar la trágica existencia de la adolescente perdida. No es sino en 1997 que publica Dora Bruder, quizá su obra mejor lograda, que lo conduciría más tarde hasta el premio Nobel.

REALIDAD. Esa es la mecánica que Modiano emplea para dar vida a sus relatos en casi todas sus obras, retratando la cruel realidad de la comunidad judía atropellada por la intolerancia hitleriana. Pero el mérito del escritor radica en no victimizar a sus congéneres hebreos hasta la cúspide del heroísmo o los extremos del martirio, como por ejemplo lo hace Eli Wiessel. Entre los personajes judíos de Modiano hay de todo, como en cualquier colectividad humana. Un infame proxeneta como Raphael Schlemilovitch, cuya astucia judía figura en El lugar de la estrella. O el inescrupuloso doble agente Lamballe, que en La ronda nocturna roba, miente, mata y disfruta por igual con agentes de la Gestapo o entre militantes de la Resistencia sin remordimiento alguno, porque a unos y otros —alemanes, franceses o judíos— solo les interesaba sacar tajada del mercado negro imperante durante la Ocupación.

Gracias a Modiano, vagando por las calles de París, pude realizar mis propias investigaciones acerca de la vida cotidiana en la capital durante la guerra, para así almacenar en mi imaginación los datos recolectados de los recuerdos de los ancianos y de las viejas matronas que aún pueden abordarse. Los palacetes todavía están ahí, mudos y erectos. Algunos fueron confiscados por la Alcaldía; otros, vendidos a embajadas extranjeras o a ricos oligarcas surgidos en la era posbélica. Ciertamente, el nobel Modiano hizo un prolijo trabajo informativo al señalar tantas viviendas que quedaron abandonas por sus dueños, que huían en estampida de la barbarie nazi dejando atrás sus tesoros y sus esperanzas. Pocos volvieron y menos aún recuperaron sus bienes. Por ello, narrar las andanzas del espía bilateral Lamballe, que solía penetrar en aposentos desguarnecidos para hurgar escondrijos donde los apresurados fugitivos habrían escondido joyas, dinero o valores, es retratar situaciones que efectivamente sucedieron en esas aciagas jornadas.

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