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Mogro y Quino, poéticas de exterminio y muerte

2011 ha dejado dos notables, y muy diferentes, libros de poesía

Selkman. Así pintaban sus cuerpos en lentos atardeceres.

Selkman. Así pintaban sus cuerpos en lentos atardeceres. Foto: internet

La Razón / Rubén Vargas

00:00 / 15 de enero de 2012

Los Selknam y los Kawéskar eran los pueblos indígenas más australes del planeta. Fueron exterminados por los sucesivos invasores de sus territorios: los alucinantes fiordos de la Tierra del Fuego, en el extremo sur de Chile. Desde que Magallanes los vio por primea vez y Pigaffeta, su escriba, dio testimonio de ese poco feliz encuentro, fueron considerados los seres en el límite de lo humano. Como su paisaje: más allá de la blancura austral sólo puede estar la nada.  Pues bien, el exterminio de los Selkman y los Kawéskar es el punto de partida y el punto de llegada del más reciente libro de Marcia Mogro: Restos de un cielo. Partes, vestigios, fragmentos, rastros.

Es el punto de partida y el punto de llegada porque el exterminio de los Selkman y los Kawéskar no es el tema del único y extenso poema que constituye el libro. No es un tema porque Marcia Mogro (La Paz, 1956) no quiere narrar ese escandaloso episodio de la civilización, menos aún denunciar la barbarie de los civilizados. En verdad, esa historia es irrecuperable. (¿Cómo navegaban los hábiles canoeros Kawéskar por los canales del fin del mundo? ¿Cómo pintaban sus desnudos cuerpos los Selkman? ¿Cómo arrojaban sus cuerpos masacrados día y noche al mar?) De ese mundo, que un día fue pleno, sólo quedan restos de un cielo, partes, vestigios, fragmentos, rastros. La escritura de Mogro, de una manera ejemplar, dispone esos pedazos en la página. Y esos restos dicen todo lo que se tiene que decir.

Desde su ya lejano Semíramis, 16 (MG) (1988), Marcia Mogro ha construido casi silenciosamente una de las poéticas más originales de la poesía boliviana actual. Es una escritura que libro con libro ha ganado, por paradoja, despojándose. Y en este último volumen, frente a una materia poética de tanta complejidad, se ha despojado de todo rastro de subjetividad. Esto le ha permitido adquirir la distancia precisa para armar un mundo. Para armar un mundo y para participar en él con una voz que no narra, que no juzga, que no dictamina, que en definitiva, como la historia de los seres australes exterminados, no tiene un lugar. Esa voz está constituida también de rasgos, vestigios, fragmentos. Extraño libro y extraña escritura. Más extraña aún, por intensa y dolorosa, esta experiencia poética del exterminio.

Quino. Con Parodias, invenciones y otras blasfemias, Humberto Quino (1950) ha vuelto a las suyas. A mediados de 2011 publicó Ópera parca, una selectísima antología personal, y al borde del fin de año regresó con este extenso libro que tiene todas las marcas o manías del autor: la edición semiartesanal, las notas de presentación y cierre que más parecen manifiestos, la biografía inventada, los copiosos epígrafes (señas de sus eruditas lecturas pero también de su diálogo con otros poetas).

Este último rasgo es llevado a su límite en la primera parte del libro (¿Parodias?), en la que reescribe poemas de algunos autores de su santoral: Leopoldo María Panero, Luis Antonio de Villena, Jaime Saenz, Raúl Zurita… Este arriesgado ejercicio (que él mismo se encarga de teorizar en términos de “homenaje” pero también de “mordisco”) recrea los originales y los empuja a veces sutil a veces brutalmente al territorio que ahora parece ser la preocupación dominante de Quino: la muerte.

Las otras dos partes del libro (Invenciones y Otras blasfemias) despliegan un único tema (en rigor, la última parte es una serie de epitafios): la muerte. Para Quino no hay en la muerte ninguna trascendencia, sino la evidencia del desgaste, del sinsentido, de la ruina de la vida. Pero la muerte, y esto es lo que libera de fatalismo a esta visión, se relaciona de manera muy cercana con la escritura. Para el Quino de este libro, la poesía es, se diría, la escritura de la muerte. Y esto es notable, porque para Quino el rigor de la escritura, el ejercicio del poema como un acto de lucidez, lo libera felizmente de esa subjetividad sufriente que tanto abunda en la poesía boliviana, especialmente cuando la muerte o el desamor andan de por medio. El poema nombra a la muerte, la anuncia, la presiente, pero también, al escribirla, la distrae, la posterga: “Se apaga el último ser / y la muerte es pronunciada / letra a letra / y el hedor delata a Dios”.

La vieja rebeldía de Quino (el anarquismo del que siempre ha hecho gala) ha vuelto por sus fueros. Descreído, blasfemo, sarcástico, no deja títere con cabeza. Sólo el amor (en Quino es difícil hablar de erotismo) parecería en muy escasos momentos un bálsamo frente al sinsentido de la vida y de la muerte. Por esa puerta, sin embargo, se cuela aquí y allá un rasgo anacrónico: Quino insiste en que el amor o más simplemente el placer carnal es siempre una transgresión. (Le gusta repetir con Luis Antonio de Villena que toda vida auténtica es una vida de escándalo). La elegía al amor mercenario como afrenta al orden burgués nació y se acabó con Baudelaire. En este orden, al maestro Quino sólo le queda la parodia, la invención y la blasfemia.

Como en este abundante y bien logrado regreso.

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