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Morir matando

Un libro que cuestiona los lugares comunes de la historia de la Independencia en Cochabamba y estudia las continuidades entre la rebelión indígena de 1781 y la batalla de la Coronilla de 1812

Colonia

Colonia

La Razón / Gustavo Rodríguez Ostria - historiador

00:00 / 29 de julio de 2012

La colina de San Sebastián en Cochabamba, más conocida como La Coronilla, luce en su cumbre un monumento inaugurado en 1926 por el presidente Hernando Siles y construido por presión de un grupo de mujeres de clase alta. Altamente simbólico, conmemora la presencia y muerte de las mujeres en la confrontación contra las tropas de Juan Manuel de Goyeneche el 27 de mayo de 1812. Coronado por la figura de Cristo, presenta altorrelieves de bronce confeccionados en 1922 en Italia por Pietro Pierini que representan pasajes de la toma de la ciudad y exhibe más abajo un conjunto en actitud desafiante, encabezado por una mujer de rasgos y vestimenta mestiza, típica de las cholas del valle de Cochabamba. El modelo está extraído y dramatizado de la novela Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, cuya primera edición data de 1885.

SEPTIEMBRE. Un kilómetro más adentro, sobre la misma serranía, pervive a duras penas otro memorial, que fue establecido para recordar el primer centenario de la revuelta del 14 de septiembre de 1810 en Cochabamba. Originalmente estuvo emplazado en el mismo lugar que ahora ocupan las “Heroínas”, pero cedió su lugar, en medio de fuertes polémicas. El ahora abandonado conjunto, que no atrae la atención pública y cuyo significado se ha perdido en el tiempo, es mucho más sobrio que el que lo reemplazó. Forjado en rocas de la cantera de Ticti, labrada por manos de picapedreros locales, presenta un obelisco, que alguna vez estuvo coronado y circundado por cañones, para simbolizar lo marcial y militar del acontecimiento heroico que buscaba rememorar.

En el lado norte, mirando al centro urbano, se encuentran los nombres de los partícipes y caídos en la insurgencia cochabambina desde 1810. La encabeza Esteban Arze, considerado su máximo artífice. En la cara oeste, figuran las batallas libradas por las tropas cochabambinas. Sugestivamente, la primera línea alude a Alejo Calatayud, un platero mestizo que hizo de la colina su cuartel en noviembre de 1730, cuando protagonizó una disputa antifiscal contra los españoles. De este modo se logra incorporar en la memoria regional, una fecha memorable que le permite adelantarse a Chuquisaca y La Paz en la disputa por quién y dónde se inició la Guerra de la Independencia. No por casualidad, el himno de Cochabamba, que también es de la misma fecha de la columna, alude a esta lección cívica al señalar que el departamento “fue el primero en la lucha marcial”. El lateral sur registra los nombres de una docena de mujeres muertas en 1812 y de otras anónimas, pero martirizadas durante la rebelión indígena de 1781 en Cochabamba; corta pero intensa. No lo señala, y salvo que sea un lapsus histórico se refiere a la violenta sublevación indígena de ese año, donde varias damas de alcurnia fueron secuestradas y algunas muertas en Arque y Tapacarí. Pero ¿por qué colocar en el mismo horizonte histórico a mujeres de diversas procedencias sociales y colocadas en distinta coyuntura histórica en 1781 y 1812? (…)

¿Estamos obligados a escribir otra historia, diferente a la imaginería historiográfica decimonónica y sus narradores que escribían como dueños del pasado? ¿Cómo? ¿Cuál? ¿Otra nación en ciernes; necesita otra historia y otro pasado? En Cochabamba, más que en ninguna otra región del país, la celebración del pasado es y debe ser objeto de controversia, entre quienes dicen que no hay nada que celebrar y quienes afirman que es lo único que debemos alabar, porque allí están “nuestras raíces”. Las razones saltan a la vista. Los acontecimientos de hace doscientos años dieron pie a la irrupción del pensamiento liberal, de la democracia, del constitucionalismo, del sujeto individual; en suma, la modernidad política hoy cuestionada.

MEMORIA. El pasado no puede cambiarse, aunque sí es posible dar un uso político al recuerdo y la memoria. Conmemorar significa recordar grupalmente; aprender en conjunto. En una sociedad dividida como la nuestra, ¿es posible recordar colectivamente? ¿Qué es posible y necesario recordar? ¿Es sólo posible una conmemoración heroica y unilineal en un país que camina hacia otras experiencias y lenguajes políticos? Así lo fueron al menos los fastos de 1910 y 1912 organizados por las élites aristocráticas, bajo la sombra de la sublevación indígena de 1899 y la entronización del social darwinismo a principios del siglo XX. Fue el momento para recordar que Willka Zárate y la red de caciques apoderados, que también abarcó Cochabamba, formaban parte de un pasado amenazante que no debía retornar ni podía ingresar tal cual a la modernidad deseada y redentora de luz, ferrocarril y cerveza. Suprimidos de la historia, anulados de la vida, de la cultura y de las instituciones, los indígenas y plebeyos no fueron convidados a las “Fiestas del Progreso” de 1910, en Cochabamba, y a la construcción de una nación aristocrática prescrita a costa de su y sus derechos.

BICENTENARIO. Cien años más tarde ya no es posible mirar los mismos acontecimientos de la misma manera. No es posible ignorar que la crisis y colapso del sistema español fue precedida y acompañada de dos propuestas independentistas divergentes, una la indígena que se frustró en 1781 y la otra criolla que se alzó victoriosa en 1825 tanto en el proyecto político como en la posterior construcción de la memoria histórica; tampoco que estas visiones polares del y en el pasado, se conviertan en posturas irreconciliables hacia el futuro, sirviendo de base y pretexto para negar el diálogo y la construcción de un espacio común. Una condición, claro, es una relectura de los sucesos de 1809 y 1810, en la búsqueda de la presencia contradictoria de indígenas y plebeyos/as silenciada por la historiografía y la épica oficial. La fase guerrillera, como la acaecida en la región de Independencia (Cochabamba), los “ejércitos de indios”, las mujeres amotinadas en La Coronilla de mayo de 1812 nos permitirá reconciliarnos con un pasado que luce más diverso que en los textos tradicionales de historia escolar, permitiendo tender puentes hacia un diálogo cultural e historiográfico.

Hasta 1781, el mayor miedo social de sus habitantes provenía de las sequías y las oleadas de pestes. Pero a partir de ese año y hasta 1825, con intermitencias, se apoderó de ellos y ellas, aquel que provenía de la confrontación y la guerra interna, tan devastadora y tan prolongada como en ninguna otra región en el pasado del Alto Perú. Dedicaremos este trabajo a cuestionar lugares comunes y examinar los nexos y continuidades entre la rebelión indígena de 1781 y los proyectos de las Juntas y acciones militares criollas que estallaron desde el 14 de septiembre de 1810 y que, en su primera fase se desarrollaron hasta la batalla de la Colina de San Sebastián el 27 de mayo de 1812.

UNA HISTORIA REVISIONISTA

El bicentenario de los levantamientos que dieron inicio a la lucha por la Independencia entre 1809 y 1812 brindó la oportunidad de revisar el inicio de la historia nacional. Gustavo Rodríguez Ostria emprendió esa labor revisionista con relación a Cochabamba.

El libro Morir matando. Poder, guerra e insurrección en Cochabamba, 1781-1812 es el resultado de los afanes revisionistas de Rodríguez. Fue publicado por Editorial El País y estará en la Feria del Libro. 

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