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‘Muchas bandas fueron injustamente olvidadas’

El periodista Marco Basualdo presenta una bien documentada historia de cinco décadas del rock boliviano

impulso. Lou Kass en una de sus presentaciones en el Socavón, la taberna del arte, lugar donde nacieron las mejores bandas de los 90. Abajo, Marco Basualdo, autor del libro y cantante de la banda El último cocalero. Foto: lou kass

impulso. Lou Kass en una de sus presentaciones en el Socavón, la taberna del arte, lugar donde nacieron las mejores bandas de los 90. Abajo, Marco Basualdo, autor del libro y cantante de la banda El último cocalero. Foto: lou kass

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro Cueto - diseñador gráfico

00:00 / 09 de agosto de 2015

Ha pasado más de una década desde que Marco Basualdo comenzó a describir cuarenta años del rock boliviano. Inició su recorrido con bandas de los años sesenta casi desconocidas para nuestros oídos, y continuó con otras un poco más notables en los 70: Climax, Luz de América y la popular Wara, llegando a la década de los 90, que se considera el big bang de las grandes bandas nacionales... y así, hasta nuestros días. El viernes Basualdo, periodista de La Razón, presentó en la FIL la segunda edición de su obra actualizada y titulada: Rock boliviano. Medio siglo.

— En 2003 publicaste la primera edición de este libro. ¿Cómo ha cambiado el panorama rockero en estos 12 años?

— No mucho, lamentablemente. El panorama rockero en La Paz no se ha renovado, el under casi ha desaparecido. Suenan los mismos de hace casi 20 años y su propuesta empieza a ser recurrente. Santa Cruz muestra algunos proyectos interesantes, pero aún le falta promocionarse en el resto del país. Las bandas han olvidado la denuncia y no describen los profundos cambios sociales que hemos vivido en los últimos tiempos. Siguen pensando que componen para públicos foráneos, e incluso de habla inglesa.

— En Buenos Aires conociste a grupos como Soda Stereo, SUMO y los Ratones Paranoicos; al llegar a Bolivia, ¿qué impresión te dejó la movida del rock nacional?

— Yo llegué en el 91 y desde entonces no dejé de seguir de cerca la movida rockera paceña y en la medida de lo que se podía, del resto del país. Me sorprendieron bandas como Georgina Camacho y Lua Nova, Drago Blues Band, Subvertor y obviamente Wara, a la que soñaba con ver desde mis años de adolescencia fuera del país. Fui testigo de la llegada de TRACK a La Paz, una banda que me partió la cabeza por su propuesta metalera y un guitarrista fenomenal. No me interné mucho en la propuesta de Lou Kass y el resto de bandas paceñas sureñas, que si bien no eran de mi gusto, pues yo soy más de hard-rock y de blues, reconozco que estaban empezando a cambiar el espectro local con un aire más pop, reggae y funk, además de influencias de bandas como Soda. Fuimos testigos de una década prodigiosa para el rock boliviano.

— ¿Qué es lo que te motivó a escribir este libro?

— Mi fanatismo por el rock en principio; en segundo lugar, mi amor por este país en el que había vivido de niño y, finalmente, la falta de documentación sobre la música contemporánea en general. Llegué ávido por conocer e investigar y me fui informando. Siento que, pese a la poca trascendencia de muchas bandas nacionales, la historia era injusta con ellas porque las echaba al olvido. En un país carente de industrias culturales es muy difícil embarcarse en un proyecto rockero con el cual pretendas hacer carrera. Pero algunos lo hicieron, pese a las adversidades, y éste es mi pequeño homenaje a ellos.

— Tu libro es el resultado de un trabajo arduo de investigación. Al empezarlo, ¿sabías de la existencia de todos estos grupos, algunos con alcance internacional?

— No los conocía por los nombres e ignoraba por completo sus formaciones, lanzamientos... yo ni había nacido cuando ellos ya tocaban. Pero cuando me puse a investigar y escuchar su música, me acordé de algunos de ellos que todavía sonaban en mi niñez, cuando vivía en la zona norte paceña, donde era muy popular la música de los “nuevaoleros”. La memoria es prodigiosa: no me acuerdo de la regla de tres que por años estudié en la escuela, pero sí de canciones de aquellos tiempos. Vivía acompañado de la radio, y volver a escuchar a esos grupos era viajar a la niñez. Fue un verdadero placer investigar sobre aquellos primeros pasos del rock en Bolivia.

— ¿Qué década y qué grupos consideras fundamental para el rock nacional?

— Los 60 fueron muy importantes, el germen de lo que se vendría después. Bolivia no estaba aislada del fenómeno que movía masas en el mundo y, si bien no lograban la trascendencia de otros países, rockeros locales empezaron a hacer carrera sin un norte asegurado. Entre ellos Bonny Boys Hot’s, Loving Dark’s, Black Birds, 606. Los 90 también fueron importantes. Considero que esta es la segunda gran ola del rock nacional, y en su surgimiento tuvo que ver la globalización que empezamos a vivir: comenzábamos a estar más conectados. Las nuevas tecnologías también ayudaron a producir y difundir, pues abarataron los costos. Las bandas más importantes fueron sin dudas Dies Irae, Lou Kass, Subvertor, ANNADA, Ragga Ki, WAPB’S, Atajo, Maldita Jakeca, TRACK, Coda 3 - Octavia...

— ¿Qué grupos destacarías en toda esta historia?

Tal vez sea cruel pero creo que a todos nos alcanza con los dedos de las manos: Climax, Wara, Luz de América, OM, Georgina Camacho y Lua Nova, Drago Blues Band, Lou Kass, WAPB’S, TRACK y Llegas.

— Estos últimos años parece que se estancó la movida nocturna y rockera. ¿Por qué no surgieron otros grupos? ¿Otro tipo de música está tomando este terreno?

— Se apoderaron de la noche porque no hubo una propuesta que las desplace, lo cual no habla bien del movimiento rockero nacional. El rock boliviano ha perdido, si es que alguna vez la tuvo, su actitud crítica y beligerante en un país que da siempre de qué hablar. Pocos grupos bolivianos provocan y transgreden, no se comprometen ni transmiten el sentir del hombre común. Y es la gran mayoría que anda muy desconectada. No lo descubro yo, pero el rock boliviano, en su generalidad, estuvo siempre en manos de una élite que narra desde donde les toca vivir. No sucede lo que en países industrializados, donde el rock describe las vivencias de sus hacedores, gente proletaria, de clase media.

— ¿Cómo afecta la disolución de Llegas a la movida rockera?

— No demasiado, porque el ambiente rockero es paupérrimo. Para él y otros será imposible llenar por sí solos un Teatro al Aire Libre, porque la supuesta aceptación masiva no es tal, más receptividad tiene un festival de cumbia que sí te agota las entradas de escenarios como ese. Y eso te habla de cómo estamos, en realidad no sé si alguna vez estuvimos bien en esa materia, hay documentos de los 60 donde se ve festivales repletos de gente y que duraban todo un día. Pero la historia demuestra que nunca se les ha rendido culto, eran más bien espectáculos de entretenimiento. Por otro lado, y sin querer caer en el pesimismo, me parece que el rock en Bolivia llega a una élite y poco más, no es de consumo masivo como otras corrientes con las que el ciudadano de a pie sí se identifica, caso de la cumbia o el folklore. Y pongo como ejemplo la morenada, que narra verdaderas secuencias de vida rockera con todos sus excesos y sinceridades. Pero esto no quiere decir que no haya una historia del rock boliviano detrás, que aunque ligera, se ha ido forjando pese a los muchos obstáculos. Una historia que ya va por el medio siglo.

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