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Mujer libre y reina del aire

Muere Maya Plisétskaya, una de las representantes de la generación de oro de la danza clásica

traslado.  El cuerpo de la bailarina será incinerado y sus cenizas llevadas a Rusia, su país natal. Foto: russia-insider.com

traslado. El cuerpo de la bailarina será incinerado y sus cenizas llevadas a Rusia, su país natal. Foto: russia-insider.com

La Razón (Edición Impresa) / Tania Delgadillo Rivera - crítica de danza

00:00 / 10 de mayo de 2015

Maya Plisétskaya ha dejado su ropaje corporal y ha vuelto a volar, esta vez para llegar al territorio de lo insondable. El mundo de la danza lloró su muerte el 2 de mayo en Múnich, la ciudad alemana donde residía. Falleció a sus 89 años, a consecuencia de un paro cardiaco. Nacida en Moscú en 1925 y nacionalizada española en 1993, fue sin duda una de las artistas de la danza más importantes del siglo XX, destacándose no solo por su virtuosismo técnico y su calidad artística, sino por su espíritu libre y por su capacidad para leer el signo de los tiempos.

Perteneció a la generación de oro de la danza clásica, junto a otras dos referencias absolutas: la británica Margot Fontaine (1919-1991) y la cubana Alicia Alonzo (1921). Con 18 años se convirtió en una de las más jóvenes artistas a las que el Ballet Bolshoi nombró Primera bailarina. Posteriormente llegó a la cumbre de la danza soviética al ser nombrada Prima ballerina assoluta de esta misma afamada compañía, puesto que hasta entonces había ocupado la también mítica Galina Ulánova. El director del Bolshói, Vladímir Urin, la definió como “una gran mujer, una gran bailarina, un extraordinario individuo. Eso lo sabían en Rusia y en todo el mundo: Plisétskaya era el símbolo del ballet ruso del siglo XX”.

Su impronta fue siempre el desafío, y se enfrentó no solo a la fuerza de la gravedad, sino también a los convencionalismos, a las costumbres, y al paso del tiempo. Rompió esquemas, bailó hasta muy entrada edad, y aun fuera de los escenarios se mantuvo activa y vigente hasta sus últimos días. Una de sus más memorables actuaciones fue la que realizó en el Kremlin el año 2005, en una gala organizada para celebrar sus 80 años. Actuó junto a bailarines clásicos llegados del mundo entero para rendirle un merecido tributo. En esta ocasión Plisétskaya bailó Ave Maya, que el coreógrafo francés Maurice Béjart creó para ella, y a quien ella dedicó la función.

ESTALINISMO. La combinación entre las dotes que la naturaleza le otorgara, el trabajo denodado, el sacrificio que implica la profesión de bailarina y su aguda inteligencia permitieron que esta artista llegara hasta la cumbre más alta, a pesar de las vicisitudes y dramas familiares que le tocó vivir durante el régimen de Stalin. Fue víctima de persecuciones racistas, al ser hija de judíos. Su padre, Mikhail Plisetsky, a pesar de ser un comunista acérrimo, fue ejecutado y su madre, Rakhil Messerer, actriz de cine proveniente de una familia de artistas, fue deportada a un campo de trabajo junto a su hijo menor, y marcada como “esposa de un enemigo del pueblo”.

Plisétskaya también sufrió en su vida profesional los embates de la estrechez de la Unión Soviética, y los superó con perseverancia y valentía. Luchó en contra de todas las ataduras con las herramientas de su arte, e hizo frente a la dictadura, como cuando firmó una protesta contra la invasión de Checoslovaquia en 1968. También pidió a Leonid Brezhnev que no permitiera la rehabilitación de Stalin.

Plisétskaya, a pesar de haber sido una de las máximas exponentes de la época clásica del ballet, logró trascender e ingresar en la nueva era del neoclasicismo, y transitó esta etapa siendo también protagonista e inspirando a grandes coreógrafos del siglo XX, como Roland Petit o Maurice Béjart. Este último compuso para ella algunas de sus más sobresalientes obras: Leda, Bolero e Isadora, entre otras.

La Prima Ballerina Assoluta, la “reina del aire” como le decían, dejó otro legado para la historia de la danza con su autobiografía Yo, Maya Plisétskaya, editada en español en 2006, en la que relata de manera sincera y valiente, episodios de su vida artística, marcada por los complejos acontecimientos de la historia de su país natal.

BOLIVIA. Para María José Rivera, directora del Ballet Oficial de Bolivia, Plisétskaya “fue un referente artístico fundamental, porque tuvo la capacidad de romper mitos y de iniciar una nueva era. Fue un ejemplo también por su vida misma y su pensamiento, ya que ella reflexionaba permanentemente sobre los roles que bailaba, sobre su cuerpo, sobre la técnica…”.

En ese mismo sentido, Noreen Guzmán de Rojas, coreógrafa que desarrolló parte de su carrera en Alemania, dice: “Plisétskaya ha sido parte de una época del ballet clásico europeo que ella ha sido capaz de trascender, partiendo de la pureza del clásico, para ingresar a la era neoclásica. Representa un legado, un símbolo máximo”.

Norma Quintana, coreógrafa y exprimera bailarina del Ballet Oficial de Bolivia, rememora sus primeras impresiones sobre la artista, a quien admiró siempre por su enorme energía y expresividad: “Antes de estudiar ballet, vi una película en donde ella bailaba Don Quijote y Raymonda. Hasta ahora recuerdo la fascinación que me provocó. Muchos años después, ya bailarina profesional, me fascinó otra vez con Muerte del cisne, por su técnica exquisita, la suavidad de sus brazos y, más allá de esto, por la capacidad de transmitir la emoción del drama romántico de la muerte. ¡Sin dudas, la mejor!”.

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